Los libros hermanan

Los libros hermanan, aunque suene cursi o hiperbólico o incluso anacrónico, hermanan. Quienes han leído los mismos libros sienten que tienen algo en común, un nexo umbilical, algo fuera de lo racional que les une de alguna manera. Sobre todo, si hablamos de libros al margen de los clásicos reconocidos o fuera de los grandes ventas del momento o que ya lo dejaron de ser, y sí de los que siempre estuvieron en un segundo plano o han pasado a él hace tiempo o a un tercero o aún más atrás, casi en el olvido.

Los que estáis leyendo esto seguro que estáis de acuerdo conmigo. Cuando veis a alguien en algún lugar leyendo un libro que os ha gustado mucho o, os ha dejado huella por algún motivo, esbozáis una media sonrisa incluso tenéis el impulso de compartir con esa persona que lo leíste y que lo viviste como una bonita experiencia y que te divirtió, o como lectura dura por la historia relatada o incluso yendo más allá como una experiencia por la que todo el mundo debería pasar. Y estoy tan seguro de esto que digo del hermanamiento por los libros, por qué me ha pasado en algunas ocasiones que personas totalmente desconocidas, al verme el título del libro que tenía entre manos no se han resistido a hacerme comentarios al respecto; “¡qué buen libro!” o “me gustó mucho” o “tendría que ser obligatorio leerlo”, cumpliendo con esa necesidad surgida de compartir, en este caso conmigo, esa experiencia vivida con la lectura del libro.

La última experiencia de este tipo ha sido muy reciente con el libro de la foto “Vida y destino” de Vasilli Grossman, libro imprescindible para toparse cara a cara con la barbarie de los totalitarismos de siglo XX, con la batalla de Stalingrado como telón de fondo. Si ya es llamativo que alguien que no conoces se dirija a ti para hacerte saber que también lo leyó, todo ello con una flamante sonrisa de complicidad contigo por ambos formar parte de una especie de secta secreta de lectores que tienen en común entre sus lecturas ese título, lo es más cuando alguien que entra a la par en un ascensor hablando por teléfono y al darse cuenta del libro que llevo en las manos me mira con unos ojos chispeantes y cierta cara de alegre sorpresa a la vez que dice a su interlocutora; “M, espera, ahora te llamo”. Y todo, para hablar el brevísimo tiempo que duró la subida de los cuatro pisos que la llevaban a su destino, de lo bueno que le pareció el libro, llegando a decir que le cambió la vida y asintiendo cuando yo le dije que era bastante triste y duro lo relatado. Y así, al llegar a su planta nos despedimos, y ella cogió de nuevo su teléfono para continuar con su llamada interrumpida por la necesidad de mostrar ese hermanamiento conmigo.

Esto de interrumpir una llamada, dejar al margen a otro, sin duda, conocido y cercano para entablar una breve conversación o ni siquiera eso, un simple cruce de palabras admirativas hacia un libro con un extraño me pareció llamativo e inverosímil, teniendo en cuenta que todo era por un libro.

Empecé a pensar que estaba leyendo una obra que verdaderamente era algo especial, cuando días después en el andén de una estación de metro, mientras yo leía de pie a la espera del convoy, un chico se paró ante mi llamando mi atención al verle algo inclinado para ver la portada del libro, ante mi asombro, él rápidamente me dijo; “es muy bueno, te vi el otro día leyendo pero no pude ver bien la portada y no estaba seguro de si era el libro que creía y por eso me he parado a mirar así”, yo lo giré para que se cerciorase del título, aunque después de decirme el parabién hacía el libro, ya supuse que sí, que lo había conseguido leer y era lo que esperaba. Continuó diciéndome que no me dijo nada el día anterior al no estar seguro de que fuese el libro que a él le había parecido inconmensurable. Cruzamos dos o tres rápidos comentarios sobre el libro, y continuó su camino por el andén con una sonrisa en la cara y un chispear en los ojos, diría que satisfecho y feliz, había encontrado un hermano.

 

 

 

.     *Para poner música al relato qué mejor que una canción relacionada con los libros, como ésta canción de Radio Futura que homenajea un poema de Poe.

Annabel Lee

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Mortal

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Yo suscribo la deprimente muerte,

la inmortalidad inmoral,

la moralidad mortal.

El delirio de vivir indefinidamente,

de eterno habitar

mundos cambiantes,

agotadores.

 

Yo suscribo la deprimente muerte,

que nos llega para descansar.

Descanso del ser,

inmovilidad, quietud y espera,

fantasiosa espera

de un paraíso mentiroso.

Ilusoria necedad,

proscrita por maestres

de la prestidigitación.

Falsedades etéreas,

creídas por fes

inherentes al miedo.

 

Yo suscribo la deprimente muerte,

si llega con tus ojos

iré dulcemente a ella,

sin promesas eternas,

solo por pensar que allí estarán tus ojos.

 

Yo suscribo la deprimente muerte,

desde que me dejaron tus ojos de mirar

para por otras caras deambular.

Solo sueño con encontrarlos en algún lugar,

y es un lugar seguro aquel que suscribo,

al que ya quiero llegar.

 

 

 

.     *Andrés Calamaro y Los Animalitos cantan a esos ojos que están en todo, hasta en la muerte, donde el protagonista de nuestro poema desea llegar para encontrarlos de nuevo aunque le abandonaron.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

.     **NA: Publicado originalmente el 15 de Octubre de 2012. Hoy recibe una segunda oportunidad

 

Hoy no tengo cuerpo de prosa

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No tengo el cuerpo de prosa

No tengo la mente para muchas palabras

No tengo las manos para regalarte un folio repleto de frases

No tengo el llanto lejos para poder escribir

 

No tengo prosa que darte

Solo verso almidonado de recuerdos

De ausencias dolorosas,

que derribaron mis sentimientos

De dudas volcadas en ti

De verdades usurpadas por ti

 

No tengo cuerpo de prosa

Lo tengo lleno de versos itinerantes

Versos sin sentido,

del ser afligido buscando encontrarte

 

No tengo prosa para la carta

No la encuentro desde que tú marchaste

Secaste el tintero de la elocuencia

Trasmutaste verbo en silencio

El léxico quedó en el olvido

Prosaicas voces que decirte no tengo

 

Tengo la angustia paralizadora

Tengo la fugacidad del deseo

Tengo solo dos palabras

que caben en un solo verso,

Te quiero.

 

 

 

.     *En el poema como en la canción de La habitación roja el protagonista no puede evitar seguir queriendo aún en el abandono y el rechazo.

Te quiero

.     **NA: Publicado originalmente el 10 de Octubre de 2012. Hoy recibe una segunda oportunidad

Angustias heredadas (50 Palabras y una canción)

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La tía Angustias nos transmitía sus miedos y pesares, futuros negros se cernían sobre nosotros, todos los males nos aguardaban y acechaban tras la esquina o camuflados en cualquier lugar. Toda la duda se implantó en mí, y desde entonces creo que nada irá bien, por eso te digo adiós.

 

 

 

.     Love of lesbian y el texto nos hablan de las dificultades para cambiar de actitud por las herencias mentales. (Este es mi texto para el reto de mini-relato de 50 palabras que estaba recopilando Mercedes Molinero)

El hambre invisible

.     **NA: Publicado originalmente el 30 de Agosto de 2012. Hoy recibe una segunda oportunidad

 

Con la mirada de Hopper (8ª parte)

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A veces la cocina le salva de un día depresivo, sin expectativas, de un gris oscuro tirando a plomizo; por ello, quizás con ese matiz del color, le parezca más pesado aún ese horizonte que se le cae encima en esos días. Días en los que la lágrima quiere ser protagonista, húmeda y silente, casi furtiva, tomando con sigilo el mando de la situación. Y para luchar contra ello ocupa su mente en guisar platos con los que deleitarse en la mesa. Mira por la ventana de la cocina mientras prepara los ingredientes y ve la arboleda del pequeño parque que queda a su vista, con los colores ocres otoñales de la foresta, amarillos y naranjas predominantes sobre verdes que pierden su vigor y su brillo, y el marrón gana terreno en ramajes que son abandonados por sus hojas y quedan desnudos en espera de los fríos. Y estos colores la llevan a pensar en sus paseos por París, aquel otro otoño de un pasado que le parece remoto, por donde recorrió esos lugares que Hopper plasmó con esas mismas tonalidades, y visualizar esos cuadros del pintor es llevarla otra vez por esas calles que ella pisó, es revivir aquellos momentos. Paseos por la ribera del Sena, sentarse en las terrazas de los Bistrós, entrar en los cafés, acercarse a Notre Damme desde el barrio Latino, cruzar todos los puentes sobre el río, y pararse delante de “Pont Royal” con el Louvre allá al fondo, para tener la misma perspectiva que tuvo Hopper en su pintura y sentir que el tiempo no ha pasado desde aquel año en el que él lo pintó.

Mira desde la ventana los edificios cercanos tan diferentes de aquellos parisinos coronados por esos tejados negros abuhardillados tan típicos y que son seña de identidad de la ciudad, y recuerda la pensión o pseudo-hotel, donde se alojó, con aquella escalera decrépita, igualita a la trazada por Hopper en “Escalera en el 48 rue de Lille, Paris”. Suspira y sigue con la mirada perdida, mirando sin mirar, viendo sin ver, pero sintiendo el frío del Paris otoñal que se le introduce en el cuerpo, percibe la humedad del río que se mete dentro de los huesos y destempla, siente esa sensación allí vivida, pero que en este instante no debiera, donde está ahora no hay río, y menos aún el abrazo que entonces la calmó y dio calidez, con ese arrullo de brazos estrechando su cuerpo camino de un restaurante en busca de una sopa de cebolla que templase los cuerpos. Y piensa en la gastronomía disfrutada en ese viaje compartido con alguien que ya no está y que prefiere intentar alejar de su mente, y da la espalda a la ventana para borrar su imagen y para terminar de ordenar los utensilios  que va a usar en la preparación del guiso del que quiere hoy servirse como tabla de salvación contra la tristeza. Tenía pensado hacerse una ensalada templada de pasta y pollo, pero este frío de espíritu le pide cambiar y se presta a la sopa que antes recordó del Paris vivido como una fiesta, como diría Hemingway , así cuando corte la cebolla podrá llorar tranquilamente con la excusa de que ese lagrimeo viene dado por la hortaliza y no por su estado de ánimo, o mejor dicho, de desánimo que la acecha, y que con el delantal puesto quiere capear y olvidar la soledad, y solo pensar en la delicia de un plato tan sencillo.

 

 

 

 

.     *Cuando París era una fiesta, lo recuerda nuestra protagonista aunque intentando distanciarse de esa imagen, pero como en la canción de La oreja de Van Gogh es difícil y quisiera en el fondo volver a pasar una tarde más con él.

Paris

.     **NA: Publicado originalmente el 12 de Noviembre de 2012. Hoy recibe una segunda oportunidad.

                                                                                     …Fin

 

Con la mirada de Hopper (7ª parte)

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Siempre soñó con que alguien le pidiese que no se desnudase todavía, como en aquella canción de Aute; Que se detuviese un momento, allí, bajo una luz que la iluminase tenuemente bella y tentadora para esa persona que estuviese a su lado, con una noche por delante prometedora de deseo, amor y sexo. Impacientándose por las caricias venideras, tras ese instante de deleitarse él la vista. Esas caricias, que ya las sentiría recorrer por su cuerpo y su rostro, simplemente con la mirada cómplice y halagadora posada en ella por el amado. Siempre soñó con delicadezas de amantes laboriosos, de amantes sosegados y pacientes, sin prisas. Calmados y tranquilos en el trato, y amadores pertinaces, aplicados en la búsqueda de dar y recibir placer. Conversadores y compartidores de esencias no tangibles, de complicidades etéreas y terrenales. Siempre soñó. Y pasa el tiempo,  y el sueño sigue estando presente como tal, sin materializarse, si no, ya no sería un sueño, estos lo dejan de ser cuando ya un día te levantas y se hace realidad, se plasma a tu lado y lo vives, alejado de la almohada y el ensueño. Siempre soñadora, siempre esperando lo que de su mente salía, de lo leído y escuchado en las músicas que oía, siempre con mente ansiosa de experimentar la alegría y la felicidad. Irreverente con lo coetáneo, siempre esperando lo futuro, estimando que sería mejor que lo tenido, que lo vivido y ofrecido por los que estaban a su lado. Y pasa el tiempo y se vuelve éste asfixiante por lo angustioso de su inexorable paso, sin detalles de lo ansiado y soñado, que no llega y se dilata en el tiempo su presencia. Como esas otras realidades que se le antojan inalcanzables, expectativas de infancias fabuladoras con vida al borde del mar, como al ver esos cuadros de Hopper plagados de faros y pequeños veleros navegando cerca de la costa, con casitas de madera que generan en su espíritu una paz que quisiera tener y que no consigue para su existencia. Ese otro sueño de vivir próxima al mar, en una casa cercana a la playa, y pasear por ella en los días cálidos y en los días de frío y viento, con ese sabor salino del aire procedente del océano rozando su rostro y sus labios. Y a ratos esas mismas pinturas que tanto le gustan, le deprimen, puesto que entiende que esos mismos faros solitarios son una imagen de ella misma. Los faros son lugares habitados por gente apartada del mundo, como ella se siente, y piensa que su existir en esos lugares imaginados y deseados, serían una sucesión de días intolerablemente rutinarios sin nadie a su lado, sin nadie que le pida que no se desnude aún, o que se desnude y se instale frente a la ventana por donde entra un sol matinal para quedar bañada por aquella luz, como en el cuadro de Hopper  “Woman in the sun”,  ese cuadro que a veces ella misma ha representado por decisión propia, sin esa petición que tan agradablemente aceptaría, y con la vista perdida ha dejado que esa calidez del sol temple su desnudez, y seque y evite las lágrimas que quieren brotar mientras piensa a donde van sus sueños de ahora, lejanos de aquellos de su pubertad. Y como cuando era niña, quiere dejarse mecer por ese oleaje suave que envuelve los barcos de Hopper, en mares sosegados e invitadores de recreo compartido, de élites a las que ella nunca pertenecerá. Y abriga en ese posible recuerdo añorado y soñado, aun no existiendo ese paseo por el mar, que alguien la acompañará hasta la casa, hasta la alcoba y después de mirarla detenidamente, con toda su ropa, le quite despacio el vestido para mostrar sin pudor un cuerpo que espera y necesita amor.

 

 

 

.     *Aute nos deja en su canción ese sentir delicado que tanto añora nuestra protagonista.

No te desnudes todavía

.     **NA: Publicado originalmente el 31 de Octubre de 2012. Hoy recibe una segunda oportunidad.

                                …Continúa “Con la mirada de Hopper (8ª parte)

 

Con la mirada de Hopper (6ª parte)

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El teatro es una de sus distracciones preferidas. La capacidad de interpretar personajes por parte de los actores y de hacérselos creíble le parece una de las actividades artísticas más complicadas de llevar a cabo. La dificultad de enfrentarse al público, -con un cara a cara-, sin la posibilidad de rectificación, le merece un respeto hacia los artistas que profesan ese oficio que raya la idolatría, pensamiento del que ella está muy alejada en general. No cree en los ídolos. Pero en este caso su admiración hacia los “cómicos”, está basado en esa capacidad para memorizar y dar vida a lo escrito por otros, que le parece fantástico. Igualmente la labor de los directores le asombra, idear e imaginar toda la escenografía, levantar las palabras escritas del papel y ponerlas en pie, llevarlo todo a la tridimensionalidad y conseguir que los actores recreen el texto como ellos lo han visualizado, lo ve soberbio.

Asiste menos de lo deseado, no pasa apuros económicos, pero las entradas de teatro se han ido encareciendo cada vez más, y muchas veces las obras coinciden en el tiempo y están poco en cartel, con lo que no puede ir a todas las que hubiese querido en ese momento por el coste que le supondría. Otras ocasiones, si se despista con la cartelera, las localidades vuelan de la taquilla y al ir a sacar entradas se queda sin la posibilidad de ver la función por el reducido tiempo que permanece representándose la obra. Suele ir sola, es un acto de introspección, es un momento casi iniciático cada vez que está a las puertas de un teatro. Al traspasar la entrada, se ve en un mundo de murmullos y conversaciones a media voz, un “sotovoce” que le eriza la piel cuando se dispone en el hall a entrar al patio de butacas, en algún caso demora ese paso hacia los asientos y se ve como en aquel cuadro de Hopper “Teatro Sheridan” saboreando ese entorno, respirando la atmósfera de ese lugar mágico, donde para ella el mundo cambia y se transforma un una evasión de la realidad que tanto daño le hace, de la que quiere huir por no encontrar su camino, por creer que la felicidad le es esquiva, aunque no hay motivo para sentirse infeliz. Antes de tomar asiento, siempre se toma un minuto y se la ve ausente y pensativa,  como en aquella pintura de Hopper “Cine en Nueva York”, y se le mueve un gusanillo en el estómago, un tono de sincretismo y comunión lo rodea todo, hay en el ambiente un halo especial, percibe unas sensaciones de que algo extraordinario va a pasar.

Y en algunas ocasiones, cuando se sienta y lee el programa de mano, y observa a su alrededor, ve sentarse a una pareja, y se le aparece en ese instante el reflejo de lo plasmado por Hopper en “Dos en la isla”, ella misma y la pareja allí en el teatro dentro de ese cuadro,  aunque claro, sin ir tan ataviados de gala, y siente un golpe del pasado llegar a sus ojos, y rememora cuando durante un tiempo venía acompañada por él, también amante de las artes escénicas, e igual que la pareja que ahora ve, se despojaban de los abrigos para tomar asiento sin los ropajes contra el frío traídos por ser invierno, y comentaban y miraban alrededor deleitándose con la decoración de la sala. Y se pregunta qué hubo en la relación para deteriorarse, que sucesos se sucedieron uno tras otro para que la euforia inicial se fuese apagando tan rápida como llegó. Ella estaba enamorada, o al menos lo creía, pero quizás lo que pasa es que no sabe realmente lo que es el amor. Siempre se echa la culpa del fracaso como buena depresiva que es, y no encuentra la respuesta a qué hizo erróneamente para llegar a la ruptura, a un adiós, para no verse más.

Pero al fin suena la campanilla y la función comienza y comienza su vuelo a otros lugares, a otras vidas ajenas a su existir. Unas veces al término de la obra se siente satisfecha por lo visto y oído, en otros casos no tanto por su espíritu crítico tan marcado, que hace que no se conforme con cualquier actuación, si bien es una fan del teatro, quizás por ello mismo, tras haber visto tantas obras distingue lo bueno o mejor dicho lo que le gusta y lo que no, con un fuerte acento. Pero de cualquiera de las maneras, siempre que los actores salen a recibir la ovación, no puede por menos que pensar en esa imagen de uno de sus pintores favoritos, y ver allí arriba aquel último cuadro pintado por Hopper, “Dos comediantes”.

Cuando ya todo ha concluido espera a que se vaya todo el mundo, y queda allí sentada, solitaria como en aquellos cuadros de Hopper, en las que queda una figura solitaria en el teatro, dando fuerza a la soledad de ese personaje con los asientos vacios alrededor de la protagonista . Y mientras espera, vuelve a pensar en ella, en su soledad en ese lugar, piensa si siempre será así, si no podrá tener a alguien al lado con quién comentar lo visto, la escenografía, las actuaciones, la dirección; unas veces para congratularse de lo bien que lo hicieron y otras para dejarse llevar por los comentarios de desilusión, por no haber llegado a la cota esperada, por no conseguir cumplir las expectativas. Como su vida, que no cumple lo deseado y esperado.

 

 

 

.     *Nuestra protagonista como en la canción de Héroes del Silencio, siempre se ve en el mismo teatro, solitaria por la herida abierta del abandono y la ruptura.

La herida

.     **NA: Publicado originalmente el 5 de Octubre de 2012. Hoy recibe una segunda oportunidad.

                               …Continúa “Con la mirada de Hopper (7ª parte)

 

Con la mirada de Hopper (5ª parte)

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Cuando viaja en metro se siente como esas mujeres que Hopper sitúa en vagones de trenes como en “Chair Car” o en “Compartimento C”, solitarias lectoras, bajo suave luz, con la diferencia que en su caso muchas veces le toca ir de pie en vez de cómodamente sentada, y con mucha más luz, pero el espíritu es el mismo, una mujer sola, viajando aislada de todo lo que hay a su alrededor, volcada en ella misma, en los papeles y libros que lleva en su viajar, en su avanzar hasta su destino. Igualmente, ella se abstrae de todo leyendo o escuchando música u observando todo lo que le rodea, aunque básicamente lo primero, la lectura, es su mayor refugio. En los libros se mete en los pensamientos y acciones de los protagonistas, se sumerge en lo contado por los escritores, unos recientes, contemporáneos, y otros de tiempos pasados, la mayoría del siglo XX aunque algunos anteriores. Cuando era adolescente su escritor preferido era Miguel Delibes, luego fue explorando otros muchos, un poco de aquí y de allá, saltando de uno a otro sin un especial motivo, casi guiada por la casualidad. Si se echa un ojo a su biblioteca, no muy extensa, podría decirse que sus autores más seguidos son García Márquez, Vargas Llosa y Javier Marías, aunque también tuvo la época de Muñoz Molina, Pérez Reverte y Almudena Grandes o la misma Elvira Lindo y Roberto Bolaño no hace tanto, de todos ellos también ha leído varios libros, y siempre se dice que le queda tanto por leer y tantos autores a los que descubrir. Los libros siempre estuvieron en su vida por eso quizás también se ve reflejada en tantas pinturas de Hopper en los que las protagonistas aparecen con un libro entre las manos.

Pero hay días en los que no puede concentrarse en la lectura mientras viaja, las conversaciones de tono elevado de algunas personas durante el trayecto, rompen esa comunión entre ella y la historia que le mantiene en vilo y de la que quiere saber más, y es en esos momentos en los que mandaría callar a esas “cotorras”, es en esos instantes cuando les preguntaría si no saben hablar en tono más bajo, sin que sea todo el vagón, auditorio de sus parlamentos. Su mal genio quiere aflorar, pero finalmente solo lo piensa y no lo dice, solo alza la vista de la página y mira con ira a los tertulianos que están socavando su interés por lo escrito. Y no le queda otra que dejar de leer y comienza la observación de la “fauna”, como ella dice, que conforman los viajeros. Le divierte mirar, y lo hace con cierto descaro. Imaginando el destino de unos y otros, a donde irán o donde se bajarán. Se fija en sus vestimentas, y complementos, contempla los libros que leen, o el tipo de móvil que llevan, cualquier cosa por hacer más llevadero el recorrido.

En ocasiones, se centra más en los hombres del vagón, observando su aspecto, y cuando encuentra alguno atractivo piensa en si tendrá pareja, o si no la tendrá, incluso si será o no homosexual, ciertamente cada día le parece que hay más o al menos lo ocultan menos, cosa que no le molesta, siempre ha defendido todas las libertades individuales y esta es una de las más importantes para la felicidad. Y hay veces, si hay mucha aglomeración, que se deja llevar por su instinto sexual y al ir a bajar de estación, cerca de algún hombre se aproxima a su espalda y le arrima sus pechos, un roce que parezca fortuito pero que no lo es. Cuando esto sucede con chicos jóvenes, ella no es mayor pero con cuarenta y dos, todos los menores de treintaicinco le parecen jóvenes, estos miran hacia atrás y se violentan un poco al creer que son ellos los que sin querer rozaron con su espalda las tetas de ella. Ese placer leve e infantil, le gusta recordarlo luego en solitario, al ir andando hacía su casa, y se sonríe viendo de nuevo la cara ruborizada del muchacho en su memoria. Otras veces ha detectado que el acosado por ella se ha dado cuenta y se ha mantenido firme aguantando esa presión que ella ejerce en su espalda y se imagina como él estará excitándose y piensa en cómo le estará engordando su pene dentro del pantalón, y ella misma siente como se humedece su vagina, y se le acelera su corazón. Estos juegos de provocación son brevísimos, pero lo suficiente para desatar su deseo de sexo con ese extraño, que luego nunca lleva a buen fin, aunque se hubiese llevado a más de uno desde el metro a su cama, no se atreve a dar ese paso, ni cree que nunca lo hará. Se pregunta qué le mueve a tal deseo sexual, porqué es tan activa, sobre todo con la imaginación y el onanismo, porqué está tan salida, como se decían unas a otras las amigas cuando era pequeña. No tiene respuesta.

Como no tiene a nadie que la espere en casa y nada especial que hacer, salvo leer o escuchar música, la tele le aburre y navegar por Internet tampoco es su pasatiempo ideal, se baja varias estaciones antes de la más próxima a su casa, le gusta pasear, pero además con ello tarda más en llegar al encuentro de la soledad, y así poder tomar aire. Y más en esos días de roces y desafíos corporales, en los que debe tranquilizarse, enfriarse y calmar ese irrefrenable instinto sexual, puesto que si llegase a casa pronto le haría encender el ordenador e ir a una web porno, como otras veces, y masturbarse hasta correrse como un torrente, y luego sentada desnuda y vacía, pegada a la ventana se quedaría mirando por ella como en aquel cuadro de Hopper “Las once de la mañana”, reflexionando que hace con su vida.

 

 

 

.     *Amaral nos refleja el sentimiento de nuestra protagonista en su canción, mirándose a sí misma como niña crecida.

No sé qué hacer con mi vida

.     **NA: Publicado originalmente el 2 de Octubre de 2012. Hoy recibe una segunda oportunidad

                            …Continúa “Con la mirada de Hopper (6ª parte)

Con la mirada de Hopper (4ª parte)

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Su casa, situada frente a un pequeño hotel, le proporciona al caer la noche vistas de la intimidad de los huéspedes, cuando estos no corren las cortinas y con la luz encendida se le muestran en sus acciones sin sentir que son observados por ella. Allí ha visto un poco de todo, desde un jovencito saboreando el miembro viril de un hombre mayor, otro sodomizar a su pareja masculina observando cómo se tensa su espalda en cada envite, unas piernas de mujer bien alzadas hacia el techo para recibir las embestidas del hombre que la acompañaba, hasta otras muchas parejas en pleno acto sexual, culos de hombres moverse con rapidez en el vaivén de la penetración a sus pares, y bastantes desnudos, de hombres con cuerpos fofos, de penes bajo barrigas incipientes y vientres colgantes, y mujeres con pechos caídos al desprenderse de sus sujetadores. Muchas de estas visiones han sido breves, incluso de segundos, pero lo suficiente como para a veces excitarse con lo visto a hurtadillas, pero sin esconderse. Ella está en su casa y no espía,  se dice, solo mira por la ventana y es lo que se encuentra como paisaje. Se sorprende de que la gente no corra las cortinas en esas horas y en esos momentos de desvestirse y fornicar, bueno, algunos sí que lo hacen desde el principio y otros al darse cuenta de la posibilidad de ser vistos al ver luz en las casas de enfrente, igual que ellos ven, pueden ser vistos. Cierto aire de exhibicionismo detecta en esa gente o quizás simplemente que esa desnudez no les importa que sea vista por otros, pensándolo bien, a ella misma, no le importa demasiado ser vista sin ropa, o incluso no le importaría ser observada durante el acto sexual.

Mirar por aquellas ventanas es como ver tantos cuadros de Hopper de mujeres desnudas en habitaciones de hotel o de hogares solitarios. Algunas veces, como hace poco, ve a una mujer desvestirse en la soledad que arropa una habitación de hotel cuando se viaja sola, y allí un tanto ausente de lo que le rodea, con la última prenda quitada entre las manos, como en esa pintura de Hopper  – “Mañana en la ciudad”-, se queda quieta observando algo que ella no ve, pero intuye que es alguna imagen en el televisor que está encendido. Otras veces ve mujeres yendo y viniendo por la estancia, hacia el baño, hacia la cama, al lugar donde dejó la maleta. En busca de ropa, con una toalla envolviendo su cabeza para secar el pelo y otra alrededor de su cuerpo que dejan caer al conseguir la prenda deseada, de la maleta o que ya yacía sobre la cama, y en ese momento compara su cuerpo con el de esa huésped del hotel. Ella tiene un bonito cuerpo, ya no es joven pero está firme, no muy delgada, quizás con algo más de peso del deseado, pero en el fondo se ve mejor así, con curvas. Y al ver el cuerpo desnudo de otras mujeres se congratula de que no está nada mal y en la mayoría de los casos sale airosa e incluso ganadora en la comparativa.

A veces fantasea con los hombres que ve en el hotel, con los que asomados a la ventana al llegar a la habitación parecen agradables a la vista y prometen tener un cuerpo aceptable, o con aquellos otros a los que ve ir en ropa interior por la habitación, viendo ya claramente que sus cuerpos, sin grandes alardes son dignos para disfrutar con ellos. Imagina que le mandan un mensaje, o le hacen una seña invitándola a cruzar la calle e ir a la habitación. Incluso ella ha pensado en hacer esa locura, que fuese a la inversa y ella ser la invitadora, y que subiesen a su piso. Y cuando tiene estos pensamientos, no puede evitar tumbarse en la cama y fantasear, dejando volar su imaginación y sus manos por el cuerpo, deslizándose hasta el breve vello púbico, jugando con él, y rozar la suavidad de la parte interna de sus muslos, que rápidamente hace que tenga la piel erizada, mientras sus dedos avanzan, hacía su vagina, y pasa suavemente los dedos por los labios, para seguir hasta su clítoris, y su mente ya piensa en un “Adonis” que brevemente le acompañe, que le sirva durante unos minutos, que le de el placer de la penetración sin otra atadura, sin otro fin que el del orgasmo, y ya su mano está masajeando todo su sexo, y así ardiente acaba sintiendo en su cuerpo como entra un sexo masculino imaginario que pareciera se hace real cuando ya no aguanta más y se derrama con un leve grito, casi susurro, de placer, y se siente ya vacía y derrotada  como en el cuadro de Hopper “Verano Interior”, ya otra vez con la soledad como única compañera.

 

 

 

.     *Los Romeos nos trasladan a esos momentos en los que en soledad uno se recorre el cuerpo palmo a palmo dejando volar la imaginación, como nuestra protagonista.

Palmo a palmo

.     **NA: Publicado originalmente el 28 de Septiembre de 2012. Hoy recibe una segunda oportunidad.

                               …Continúa “Con la mirada de Hopper (5ª parte)

Con la mirada de Hopper (3ª parte)

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Se zambulle en sus pensamientos. En la cama, incorporada, con las piernas encogidas y rodeadas por sus brazos,  mirando al frente, mirando nada, como en aquel cuadro de Hopper que tanto le gusta, con el sol entrando por la ventana. Igual que aquella chica que parece ensimismada, ella se encuentra hoy. Recordando y recreando su imagen en un aciago día, esperando cruzada de brazos como en aquella pintura de Hopper de una mujer vestida de rojo a la puerta de una casa en actitud de espera, con aire de enfado y desafío a la vez. Y se vuelve a repetir las palabras que se dijo a sí misma como si se las dijese a él, al regreso de aquel instante.

– “Perdí. La apuesta salió mal. Quería evitar que fuese el último día, pero me equivoqué, el último día ya había sido. En la espera crecía el deseo, y el deseo quedó solo en ello, en algo en la mente que nunca produjo un final con coito. Allí oyendo los pasos, que nunca eran los pasos que te acercaban a mí. El corazón latente, cada vez con más fuerza, fue parándose, al ver los minutos avanzar y entender que no habrá más, que todo ha quedado en recuerdo y olvido, que el delirio tuvo su fin, que la angustia vivida, sería ya angustia eterna, deseo que nunca será colmado. Ya no habrá más besos ni más roces hurtados a la casualidad del encuentro, al cruce de caminos que a veces nos llevaban a un destino próximo. Ya no habrá lo esperado y querido, ya todo será tedio y silencio, sin palabras, solo mirada sin futuro concupiscente. El ruido de puertas que se cerraban hacían creer que habías emprendido el camino hacía el encuentro.  La tortura de la espera, autoflagelación, insistente aun habiendo recibido un no. Creí que no me equivocaría, que habría sido lo suficiente persuasiva para volver a estar juntos buscando nuestro camino, una última vez, una última oportunidad de enmendar, que la llamada sería escuchada y atendida y no recibida con pensamiento de huída evitando la venida a mí.

Ya no te espero, sé que ha sido la última espera, y desesperanzada me cayó toda la tristeza de algo desbaratado, de ruptura impensable minutos antes, cuando me dirigía al lugar elegido pensando que sería parte del idilio contraído y no la ausencia de tu cuerpo delicado. No pensé que llegase el momento del retiro, del abandono de la partida a medio jugar, cuando aún no se atisbaba el final, cuando por sorpresa hiciste un aparte donde descansar y ya no quisiste volver a jugar. El cansancio de no ver donde llevaba la situación te hizo despertar de un sueño absurdo según tú y que yo no quiero entender, como tal. No quería creer tu “no”, transformándolo en un “sí”, y falsamente me engañé. Tu dijiste que es mejor hacer las cosas bien, dejarlo a tiempo es mejor que seguir haciéndonos daño, y vernos las caras más tarde, largas por el dolor infligido, por la desdicha de no ser felices separados pero tampoco juntos. Y no lo quise ver. Allí parada oyendo sonidos de la calle, de andares que no avanzaban en la dirección deseada, y que fantaseé eran el preludio al orgasmo venidero, principio de un placer demorado por la tardanza en el viaje, que aún pensaba habías comenzado, y las manecillas del reloj me atestiguaron que no habías iniciado. Y sola, en silencio, salpicada de leves sonoridades que lanceaban mi costado puesto que no eran los sonidos esperados, me fui derrumbando y asimilando que todo era el fin, que no queda nada de las primeras intenciones”.

 

 

 

.     *Ruidoblanco nos canta que ya no queda nada de lo primero que hubo, como recuerda haber vivido en sus carnes nuestra protagonista.

Octubre

.     **NA: Publicado originalmente el 27 de Septiembre de 2012. Hoy recibe una segunda oportunidad.

                        Continúa “Con la mirada de Hopper (4ª parte)