Los libros hermanan, aunque suene cursi o hiperbólico o incluso anacrónico, hermanan. Quienes han leído los mismos libros sienten que tienen algo en común, un nexo umbilical, algo fuera de lo racional que les une de alguna manera. Sobre todo, si hablamos de libros al margen de los clásicos reconocidos o fuera de los grandes ventas del momento o que ya lo dejaron de ser, y sí de los que siempre estuvieron en un segundo plano o han pasado a él hace tiempo o a un tercero o aún más atrás, casi en el olvido.

Los que estáis leyendo esto seguro que estáis de acuerdo conmigo. Cuando veis a alguien en algún lugar leyendo un libro que os ha gustado mucho o, os ha dejado huella por algún motivo, esbozáis una media sonrisa incluso tenéis el impulso de compartir con esa persona que lo leíste y que lo viviste como una bonita experiencia y que te divirtió, o como lectura dura por la historia relatada o incluso yendo más allá como una experiencia por la que todo el mundo debería pasar. Y estoy tan seguro de esto que digo del hermanamiento por los libros, por qué me ha pasado en algunas ocasiones que personas totalmente desconocidas, al verme el título del libro que tenía entre manos no se han resistido a hacerme comentarios al respecto; “¡qué buen libro!” o “me gustó mucho” o “tendría que ser obligatorio leerlo”, cumpliendo con esa necesidad surgida de compartir, en este caso conmigo, esa experiencia vivida con la lectura del libro.

La última experiencia de este tipo ha sido muy reciente con el libro de la foto “Vida y destino” de Vasilli Grossman, libro imprescindible para toparse cara a cara con la barbarie de los totalitarismos de siglo XX, con la batalla de Stalingrado como telón de fondo. Si ya es llamativo que alguien que no conoces se dirija a ti para hacerte saber que también lo leyó, todo ello con una flamante sonrisa de complicidad contigo por ambos formar parte de una especie de secta secreta de lectores que tienen en común entre sus lecturas ese título, lo es más cuando alguien que entra a la par en un ascensor hablando por teléfono y al darse cuenta del libro que llevo en las manos me mira con unos ojos chispeantes y cierta cara de alegre sorpresa a la vez que dice a su interlocutora; “M, espera, ahora te llamo”. Y todo, para hablar el brevísimo tiempo que duró la subida de los cuatro pisos que la llevaban a su destino, de lo bueno que le pareció el libro, llegando a decir que le cambió la vida y asintiendo cuando yo le dije que era bastante triste y duro lo relatado. Y así, al llegar a su planta nos despedimos, y ella cogió de nuevo su teléfono para continuar con su llamada interrumpida por la necesidad de mostrar ese hermanamiento conmigo.

Esto de interrumpir una llamada, dejar al margen a otro, sin duda, conocido y cercano para entablar una breve conversación o ni siquiera eso, un simple cruce de palabras admirativas hacia un libro con un extraño me pareció llamativo e inverosímil, teniendo en cuenta que todo era por un libro.

Empecé a pensar que estaba leyendo una obra que verdaderamente era algo especial, cuando días después en el andén de una estación de metro, mientras yo leía de pie a la espera del convoy, un chico se paró ante mi llamando mi atención al verle algo inclinado para ver la portada del libro, ante mi asombro, él rápidamente me dijo; “es muy bueno, te vi el otro día leyendo pero no pude ver bien la portada y no estaba seguro de si era el libro que creía y por eso me he parado a mirar así”, yo lo giré para que se cerciorase del título, aunque después de decirme el parabién hacía el libro, ya supuse que sí, que lo había conseguido leer y era lo que esperaba. Continuó diciéndome que no me dijo nada el día anterior al no estar seguro de que fuese el libro que a él le había parecido inconmensurable. Cruzamos dos o tres rápidos comentarios sobre el libro, y continuó su camino por el andén con una sonrisa en la cara y un chispear en los ojos, diría que satisfecho y feliz, había encontrado un hermano.

 

 

 

.     *Para poner música al relato qué mejor que una canción relacionada con los libros, como ésta canción de Radio Futura que homenajea un poema de Poe.

Annabel Lee