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Uno sabe cuándo no es bienvenido y aceptado en una familia cuando su imagen no es añadida como una más, cuando se busca entre tantos retratos repartidos por la casa y no aparece su rostro en lugar alguno ni en solitario ni acompañando a otras caras más o menos familiares o cercanas, cuando no hay rastro de algún momento compartido, cuando quedas en los cajones a cubierto de los ojos de los visitantes y de uno mismo al llegar de visita efímera por unas horas o para estar varios días compartiendo convivencias allí, como también en esos otros momentos vacacionales alejados de la casa. Cuando tu rostro no lo ves al menos junto a la hija el día de la boda o al nieto que ya sí está presente enmarcado, ya sea encima de una mesa o colgando de alguna pared. Si ya uno lo intuía antes, cuando observando las habitaciones y salones era imposible adivinar su estancia o su paso por la casa, se evidencia aún más cuando ya pasados bastantes años de su llegada sigue como ausente, y sin embargo se acomoda con facilidad entre las fotos al nuevo ser recién llegado, al venido de la unión de la hija y del “extraño”, del forastero. Entonces, queda claro y evidente que solo eres alguien que llegó con la puerta entornada y se ha colado por un tiempo y están a la espera de tu marcha para cerrarla. Marcha que no sería traumática ni dolorosa para ellos aunque sí lo fuese y mucho para la hija y el nieto, ellos le quitarían hierro al asunto de la pérdida o desaparición si fuese con carácter abrupto e inesperado y traumático, y más si la partida fuese elegida por uno, en tal caso se cargarían de razones para evidenciar y decir; que ya se lo imaginaban que no era buena elección, que desde el inicio se veía venir que ahora todo sería mejor. Se podría entender esa actitud si uno se mostrase esquivo en la relación, si no hubiese contacto más o menos cercano en el tiempo, en esos casos uno puede conceder que se le margine y quede a un lado, el contacto hace el cariño y estar alejado y mostrarse reacio a compartir momentos con la familia política lleva a una relación fría y distante, pero si no es el caso y no hay ese cese en la relación, ni bruma ni disputa que haya dado pie a la desconfianza hacia el emparentado es más difícil aceptar el rechazo velado, la insidia latente. Empatizando y poniéndose en su piel se llega a entender aunque no compartir esa duda y esa sombra negra hacia el advenedizo cuando hay bienes o riqueza de por medio, ese pensamiento de “no es uno de los nuestros” o es un “arrimado”, como se piensa en muchas familias con dinero y el allegado no tiene el dinero la posición o la alcurnia que estiman necesario para estar a su altura.

Pero cuando no hay reflejo ni de esto último, uno estima que el desencuentro es infundado que si bien uno no pretende ser agasajado y querido igual que a los hijos, ni mucho menos que al nieto, sí al menos desea ser aceptado e integrado, sin rechazo ni traba cuando no hay objeto para el recelo o la desconfianza y por tanto no se entiende la vacilación y discordia. Y aunque en las fechas navideñas, todo parezca tregua y beneplácito, no ha de llevar a engaño, es aceptación algo ficticia y pautada, es asunción y obligación inevitable en momentos de unión familiar por empuje de la tradición y los convencionalismos. No es que se tenga por obligación que estar y ser mostrado en los altares familiares, en muchos hogares no predominan las fotos ni de los propios habitantes, quizás unas pocas del hijo o hija preferidos, sí siempre de los nietos si los hay, pero en las casas que sí son dados a tener retratos de los miembros, la ausencia de uno en ellas, que en cierta forma debería tener relevancia al fin y al cabo es el padre del nieto y elección de la hija, se conforma como delación de que no se le siente así con esa relevancia y sí como un elemento simplemente necesario, al menos a priori, o accesorio que bien podría ya dejar de serlo en cualquier momento. Si cuando lo hay, atisbas ese pequeño altar familiar y vislumbras a otros y no tu presencia, puedes mirar hacia la puerta y la verás que siempre está y la mantienen entornada o entreabierta, invitadora.

 

 

.     *Tras mucho buscar para acompañar la entrada encontré este “Señora” de un joven Serrat, que de algún modo enlaza algo con el texto. Y si alguien la quiere escuchar más cañera dejo también la versión que “Los Enemigos” hicieron para el álbum tributo “Serrat… eres único!”.

Señora

 

 

 

 

 

 

 

Señora

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