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Siempre me gustaron las fotografías, mirarlas y coleccionarlas, sobre todo esas que el objetivo descubrió a alguien absorto en algo que queda fuera de la visión del que observa la fotografía. Me gusta vagar con la imaginación intentado saber que era aquello que yo no alcanzo a ver y que deja al protagonista de la foto obnubilado o sorprendido o afligido, me dejo ir intentando saber qué pensaba el que allí observa, especulando si yo pensaría lo mismo, si me hubiese quedado también así, pasmado o extrañado o entristecido como el que allí se muestra, con una mirada fija, turbada en unos casos o de desconcierto en otros, y siempre con total abstracción de lo que le rodea en ese instante. A veces he apreciado admiración en el protagonista, esa admiración que no suelo sentir por nada y en cierta manera me genera algo de envidia cuando veo ese halo de fascinación en el rostro del protagonista central de la imagen, aunque realmente el protagonismo central lo tiene lo que sucede al margen de lo que vemos, y que solo el que mira disfruta o sufre o queda fascinado por ello. Quizá lo que está fuera del foco de atención del fotógrafo sea lo importante pero para el fotógrafo en ese instante lo importante es la reacción de los asistentes, lo que crea interés pierde interés para el que está detrás de la cámara tornándose interesante lo que a otros les pasa desapercibido o no les interesa o les importa poco, como puede ser la reacción de los correligionarios ante lo que acontece, el fotógrafo se centra en el público intentando captar el alma de lo que sucede en ese momento, y en ocasiones lo logra sin ser del todo consciente de ello, y como un ladrón se agazapa y se embosca, para ser testigo sin ser visto o delatado para que no se finja entusiasmo o pena o alegría desmesurada, como a veces pasa cuando uno es consciente que se le graba o se le capta con una cámara, apartando la naturalidad del momento y forzando la pose, dejando que la situación pierda espontaneidad y credibilidad. Son esas contadas ocasiones en las que el fotógrafo se quedó con el alma de esa mirada en las que la fotografía que se observa transmite todo lo que allí sucedía, las que siempre busco para mí colección. En ellas se percibe toda la tragedia o celebración o asombro y podemos fantasear con suma facilidad sobre lo que sentía la persona fotografiada e incluso sin ningún dato que nos lo descifre nos podemos aventurar a crear argumentos alrededor de ese personaje central; qué hacía allí, porqué esa mirada limpia o sucia, porqué esa mueca en su cara, y a su vez fantaseando el motivo de su asombro u horror, o si esa cara de admiración era debido a un truco de magia o a estar frente a una celebridad del momento. Me gusta incluir en la colección algunas fotos familiares que tengan esa magia que me atrae, incluidas unas pocas en las que yo he sido protagonista, de muy niño, de cuando no tenemos recuerdos y la mirada a la fotografía nos evoca un supuesto de lo que fue o sucedió más que una realidad recordada y traída al presente por lo que vemos. Sobre todo aquellas en las que no se posa, en las que se capta el momento un poco al margen de la conciencia del grupo familiar y de los que viven ese instante, en la que yo no miro a la cámara, e intento recordar que evento fue aquel y vislumbrar en mí lo que miro y busco otras veces en otros extraños, saber que sentí, porqué de ese gesto o esa sonrisa, o esas lágrimas o ese estado taciturno, porqué estoy allí apartado a un lado en algunas ocasiones alejado del grupo y que quién hizo la foto quiso dejar constancia apartando el objetivo del centro de la celebración en la que probablemente estuviésemos inmersos, y me veo como otro que no soy yo o al menos ahora no me siento aquel, lógico al no haber recuerdos, saber que hubo alrededor de aquel instante y bucear por tu infancia es un juego a veces duro. Igual, dentro de la colección hay cabida para algunas, muy pocas, de amigos, unos que aún lo son y otros que fueron intensos en un periodo de tiempo y luego pasajeros y se difuminaron en el contacto y la memoria como esas fotos muy antiguas que van palideciendo. Cómo no, inevitable que entre la colección persistan las de ellas, también escasas, las que tocaron el corazón, siempre en foto robada en donde siempre se es sincero en el gesto y la pose y la mirada, aunque luego con los años mirando esas fotografías ya no nos reconozcamos ni las reconozcamos en ese gesto y esa pose y ese sentimiento.

 

 

 

.     *Aute nos pone la música al relato, a ese instante que dejó la fotografía y en el que ya no nos reconocemos.

Queda la música

 

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