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Te escribo y me recreo en contarte toda mi vida, en decirte que todo va bien, y sé que ya no es lo que era, que ya no esperas mis cartas, que esporádicas te llegan y las lees con desidia y pocas ganas, que mis recuerdos, no ocupan un lugar en tu cama. Sé que lo escrito está transmutado, no consigo llevar a tu lado todo el sentimiento que sale de mis manos, y de mi cabeza, que rehace un pasado ya lejano. Todo fue quedando en el olvido, allá en el desván que fuimos llenando con momentos y días, uno tras otro, amontonados ahora como bártulos y muebles viejos, sin orden, y enmarañados no nos dejan movernos libres por aquel espacio diáfano que era nuestra vida. Y al moverlos para intentar hacer hueco para otros nuevos se nos vienen encima, y nos caen y aplastan, y de repente todo se transforma en aquellos días, vemos aparecer nítidos esos momentos que antes apilados y hacinados no veíamos o no queríamos ver. Los teníamos tapados para no mirarlos o los creíamos perdidos y nos sobresalta encontrarlos, algunos con muchos arañazos y roídos por el uso que los dejó mal trechos, otros tan nuevos y conservados por el tiempo, que duele haberlos apartado y no entender lo que hicimos con ellos. Incluso con esos rallados y dañados nos confraternizamos, esos que fueron puestos allí por deseo y con cariño, o con imposición y rencor, o por despecho, detestados o amados todos están mezclados. Y cuando te escribo sacudo los trapos que tapan tus recuerdos y la polvareda me confunde, creo que lo que te cuento no fue, tengo la sensación de cambiar aquel tiempo. Si lo que ahora veo de aquello, fue lo que veo, por qué estamos separados y estoy aquí, en otro lado y rememorando otros momentos, no sé en qué me equivoqué. Y al pasar otra vez por ellos, un halo nos nubla la vista, y creemos tener ante nosotros lo acontecido, pero tamizado por un recuerdo matizado, queriendo, inconscientemente encontrar lo bueno de ellos, sólo lo bueno. Te lo digo todo desde la palabra, que se convierte en voz, en grito desesperado, por la necesidad de contarte que sigues aquí, que formas parte de mí, que sin yo saberlo lo has sido siempre, y hoy vuelvo a escribir, consciente que ya nada significa, que no es lo de antes, y no hay hueco. Pero yo lo necesito, no quiero respuesta, simplemente que sepas. Es mi terapia para no perder la razón, es una manera de ahuyentar los espíritus de mi corazón, la cabeza recrea lo que quiere y como quiere, y eso deja la mente dolida, por dudar del recorrido elegido. Siempre la duda, dudas de cómo pudo haber sido, si lo dicho no hubiese sido dicho, si lo no dicho se hubiese dicho, si las llamadas esperadas hubiesen sonado o si se hubiesen marcado los teléfonos, si las llamadas recibidas hubiesen sido contestadas y no esquivadas y falsamente evitadas, con excusas interpuestas por terceros, que se hacen cómplices.

Con la distancia se ve todo con extrañeza, decisiones tomadas con la mente joven y desligada del futuro, futuro que vemos lejano, y pensamos que no estará afectado por intrigas juveniles o no tan juveniles, con determinaciones poco meditadas o nada caviladas, y ensombreciendo estos días de hoy por la presunción de equivocados caminos, y hoy te vuelvo a escribir relatando este “no olvido”, desdeñando tu rechazo, y esperando tu sorpresa al recibir unas palabras escritas, que no te hablan, si no que susurran, y tú las verbalizas y repites cuando lees, y tu espalda se encrespa, y aunque tú lo quieras eludir, mi imagen se hará en ti.

 

 

.     *Hoy completando el texto La Quinta Estación, nos dicen que aunque las nubes se marchen el sol no regresa, que algunos recuerdos ensombrecen el mejor de los días, y entonces cuesta decir adiós o entender porque se dijo adiós.

El sol no regresa”                                                  “Cosa de dos

 

.     **NA: Publicado originalmente el de 24 de Febrero de 2012. Hoy recibe una segunda oportunidad.

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