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Suena el teléfono y oigo tu voz, que noto fría, distante, sin la calidez de antes, de hace un día. No siento ese terciopelo suave y confortante que siempre fue. Escucho, y lo que intuyo vendrá, ensombrece mi día. Te siento dubitativa, con frases entrecortadas, frases que no terminan de expresar a donde quieres llegar, y yo mudo. Me da miedo seguir la conversación, no quiero articular palabra, no quiero que esto continúe, veo que me va a doler, y mi silencio te empieza a desesperar, llevas hablando unos minutos y me has repetido varias veces, si sigo ahí. Y sí que sigo, pero no lo quisiera, estoy pero intento no estar, intento pensar que lo que me llega a través del teléfono es un mal sueño, una pesadilla, de la que si sigo callado me despertaré y no habrá sido. Mi mente vaga con tu voz de fondo, voz amada, voz primaveral, voz que hace florecer lo mejor en mi, voz que como agua sacia mi sed, y cala mi interior, dándole frescor y humedad. Humedad que ahora se me desborda por la mirada. Vuelo lejos con tus palabras que me mecen, me llevan lejos, muy lejos, porque no hago caso a lo que significan, sin embargo noto que esas palabras me zarandean cuando entiendo su sentido, pero rápido lo eludo, prefiero no saber lo que me dices, pero no me dejas seguir extasiado y ausente, me repites qué si estoy ahí. Y ya bajo a la tierra y contesto que acabo de llegar, de aterrizar, que tus palabras me hicieron dejar de estar en el cielo, que me has devuelto a una realidad no esperada, en la que me dices que todo se acaba. Y vuelvo a callarme, para escucharte decir que no lo tome a mal, que seguiremos siendo amigos, que nada ha de cambiar. Pero yo no lo concibo sin algo más, y vuelvo a no querer escuchar, intento que el silencio solucione lo que no tiene solución. La angustia llega a mi garganta y ya el silencio no es elegido, es provocado por la imposibilidad de hablar, no me salen las palabras, solo emito un leve sonido, breve. Aspiro y trago saliva, y sorbiendo ligeramente por la nariz, evito romper a llorar. Empiezo a sentir en todo el cuerpo lo que la mente ya no puede soportar en soledad, y empiezo a temblar.

Tiemblo yo y tiembla mi voz, que se vuelve trémula y vibrante, que se escapa de mi boca con temor, con miedo a que mis palabras me lleven a un punto de no retorno, me lleven a decir cosas que no quiero decir, que me hagan daño o te hagan daño a ti. No quiero que las palabras que oigo venir de ti, se transformen en mi boca y las asuma, diciendo sí, lo comprendo, está bien así. No deseo asumir todos tus argumentos, ni entenderlos. No quiero preguntar, el cuándo y el porqué. Saber me puede doler, vuelvo a pensar que callado todo se va a resolver, no quiero que me cuentes como fue, si te besaste con él, si el adiós que me dices no es de hoy, ni de ayer, si es venidero de más atrás y que lo dilataste hasta cambiarme por completo por otro. Y ni siquiera quiero suplicarte, ni hacerte recordar lo que hubo hasta ayer, hasta hace unos minutos. Y sigo aquí parado, de pie con el teléfono en la mano, ya no escucho tu voz, solo silencio, que acompaña a mi silencio, hace rato que me has dicho; -“Voy a colgar”-.

 

 

.     *Los míticos Hombres G, nos prestan su música, y su temblor por la ruptura, al igual que el protagonista del texto.

Temblando

 

.     **NA: Publicado originalmente el 22 de Marzo de 2012. Hoy recibe una segunda oportunidad.

 

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