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Por la luz de tus ojos me podría ir muriendo, luz que emanaba secretos, dulces miradas que detenían el tiempo. Y es morir recordar tus labios que fueron promesas de lascivias y besos mundanos, y sentir tu cuerpo apretado al mío, cálido y tibio, y tu piel sensible a mi tacto, que se estremecía y me hacía estremecer. Abrazos en la desnudez de los sentidos, no nos movíamos por no romper el hechizo. Tras el tiempo amándonos y libándonos mutuamente, nos llegaba el silencio y el sosiego, y el orgasmo quedaba parado, allá, mítico, y nuestra memoria y nuestros cuerpos entrelazados, morían a cada segundo por haberse encontrado. Y el brillo de tu mirada, me hacía temblar, mirada intensa que deslizabas sobre mí. Y el vello se erizaba con tu simple mirar, anticipándose al placer venidero, goces traídos de otro tiempo.

Fingir que aquello no existió es hacernos un flaco favor, sobre todo, es arrancarnos parte de nuestra vida, extirpar lo bueno y bello que nos sucedió. Aquellas tardes, horas en la cama, infinitas, descanso al desenfreno para volver a iniciarlo, una y otra vez, hasta que el atardecer se convertía en noche y la noche en amanecer, y seguíamos allí, encerrados en las sombras del placer. En la penumbra, tus ojos resplandecían aún más, iluminando toda la estancia, y entonces tu sonrisa plena de felicidad se veía clara y diáfana, entregada a mí para que me perdiera por ella. Y yo lo hacía, me iba tras los dientes blancos, perfectos, tras la boca carnosa, presagio de húmedos besos, y por allí me deshacía en ti. No nos queríamos ir, no salir, estar siempre así, uno al lado del otro con la vida alejada, en el lugar que habíamos decidido para que nadie encontrara nuestra fragilidad, que compartíamos y alimentábamos uno del otro, cada vez más quebradizos y sensibles a un mundo hostil.

Y los ojos por los que se me iba acabando la vida, me susurraban esos días que no acabaría nunca ese sentir, y yo lo creí. Y fuimos avanzando, reconociéndonos y explorando los deseos, y los cuerpos indefensos recibieron unos cuantos arañazos, que se profundizaron, y fueron heridas,  que hoy convertidas en cicatrices no se olvidan. Nuestras manos y dedos ansiosos por tener al otro amarrado, nos fueron marcando, y poco a poco asfixiando. Apretando y apretando sin medir el daño, pero cada vez que nos mirábamos, tus ojos me curaban del espanto, en el fondo de ellos yo me diluía y no sentía el daño.

Hoy por aquellos ojos seguiría muriendo, en la distancia lo hago, con el recuerdo, luz que emanabas y te guardaste secretos, y no los compartirás si no con otro, no yo desde aquellos tiempos. De tanto amarnos nos dábamos sufrimiento, de tanto querernos, los afectos se convirtieron en puñales, dagas que se nos clavaron profundas, o peor aún fueron saetas que son difíciles de sacar, más complicadas de extraer, con su punta de garfio. El filo frío, cortante del acero entra y sale, rápido y limpio, sólo manchado de sangre, raudo y mortífero al instante, pero los arpones te desangran poco a poco y la herida que dejan al sacarlos es grande.

Y por los tajos y picas recibidas, nos fuimos vaciando y no quedó nada dentro, quedamos débiles y flojos y sin fuerzas para avanzar, secos los sentimientos, de tanto amar dejamos de amarnos, y el cariño se transformó en cansancio y hastío, que minó lo más profundo, lo de adentro, lo que no se ve y nos mueve, el deseo.

Deseo del otro, deseo de fundirnos en uno, sentirnos inmunes al mundo. Pero no lo fuimos, no fuimos inmunes a lo de alrededor, a la vida, y la burbuja estalló y la eclosión nos lanzó lejos, uno del otro, volvíamos a ser dos. Nuestro estado delicado, nos hizo buscar otros de quién tomar fuerzas, que nos diese lo que nos dejamos atrás, succionado por el otro. Y creíamos que ya no podríamos sentir igual, pero al poco, supimos que no era así, que hay más, y buscaste a quién dar secretos que se quedaron allí dentro de tus ojos, y lo encontraste y me dejaste atrás y yo busqué y encontré, pero nunca secretos como los de tus ojos, por los que aún en este tiempo, por ellos me podría ir muriendo.

 

 

 

.     *Los Rodríguez y Ariel Rot, nos dejan sus miradas para acompañar otra mirada, otros ojos, los del texto.

La mirada del adiós”               “Dulce mirada

 

.     **NA: Publicado originalmente el 2 de Marzo de 2012. Hoy recibe una segunda oportunidad.

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