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Lo pensado con entusiasmo nos genera perspectivas placenteras, ideadas con exaltación que nos proponen un escenario idílico, paradisíaco, donde todo es luminoso y nada sombrío, ese apasionamiento nos insufla un estado que nos eleva y aleja de la realidad, que nos inocula una visión creada por la fantasía deseada. Entonces, resulta más doloroso y frustrante cuando se tuerce y desvía, y no llegan al término proyectado e implantado en nuestra cabeza, al argumento concebido con final feliz. Estas figuraciones que nos hacemos, pasan de lo cerebral a lo físico, nos pone los nervios a flor de piel, nos da taquicardia y sudoración, y a la cara nos suben los colores y nos dan luz. Irradiamos júbilo, nos sentimos a gusto aunque turbados, pero afortunados de lo que es o vendrá. Una frase, una respuesta, una pregunta puede retorcerlo todo y rebajar nuestra abstracción a un estadio de recelos y malicias no esperadas, y encontrarnos envueltos por lo que nunca habíamos meditado podría cubrirnos, y las palabras dichas nos mudan lo pensado, ensombreciendo aquel sol que era hasta ese momento la conversación, nuestro eterno verano desaparece de pronto, instigado por unas sílabas unidas unas a otras que van entrando en nuestra cabeza, oídas con cierto estupor, dichas sin acritud, solo por el hecho de decir o responder o saber, o dichas con mordacidad, en busca de expresar o contestar o averiguar, esta vez sin ánimo limpio, con propósito turbio por penetrar en el otro e interpretarle las acciones y hechos y voces manifestadas con intención de sonsacar y dilucidar los actos, y enjuiciarlos, en sumario casi indefenso. Y cuando sucede esto y no estamos alerta nos quedamos al desamparo, con las defensas bajas y sin capacidad de argüir algo que no nos traicione y nos deje en peor posición, y sí encontrar un lugar donde podamos refugiarnos, en busca de un calor que nos temple tras el frío recibido por medio de los sonidos, que han ido haciéndose verbo en nosotros. Algo así pasó en ese instante, allí sentados uno al lado del otro, cuando sacaste a la luz a tu hermana, hasta ese instante desaparecida, no invitada a nuestra reunión, o eso pensaba yo, hasta que tú me lanzaste la fatídica cuestión, – “¿te enrollaste con mi hermana?” – y colapsado tardé en contestar, esa verdad, que tú ya sabías pero querías constatar, esa verdad que tú habías escuchado en boca de otros, sin que ellos supieran que tus oídos estaban presentes y atentos. Querías hacerme ver que lo sabías, que ese suceso estaba en tu conocimiento y que ahora me pedías cerciorarlo, no sé si como castigo o como último recurso de que fuese una mentira y bravuconada compartida con amigos, y que todo se extinguiese como un leve susurro, que no fuese un eco que se repite y se propaga sin cesar, que mancillaba la honra de tu hermana. Confuso, no sabía por dónde salir, que decir, mentir o afrontar la verdad, en cualquier caso estaba perdido, la mentira siempre se descubre al final, y más cuando hay testigos, varios, no solo uno, a uno se le puede acallar pero a muchos es imposible, antes o después te abandonan a la verdad que ellos saben y comparten contigo.

 

 

(Continúa…)

.     *La Frontera nos habla de las palabras que queman y nos traicionan, como en el texto al que acompañan hoy.

.        Palabras de fuego”                          “La traición

 

.      **Publicado originalmente el 17 de Febrero de 2012. Hoy recibe una segunda oportunidad.

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