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Aquel verano me lo pasé leyendo, todas las mañanas cogía un libro y cruzaba mi calle, luego cuesta abajo descendía unos metros para sentarme en el escalón del portal de Pedrito, el único piso del barrio, lo demás eran casas bajas, tipo pueblo. Ese verano leí “El lobo estepario” y “La insoportable levedad del ser”, todo su existencialismo me acompañó durante esos días, y creo que para el resto de mis días. En aquel verano creía estar enamorado de mi vecina, había pasado todo el invierno junto a ella bajo el frío de las tardes sentados en mi puerta y al anochecer ella hacía que metiese mis manos en sus bolsillos traseros para evitar el frío en ellas, mis manos, y supongo por su placer de sentir unas manos en esas partes prohibidas  en esa época, aquello para mí era el mayor síntoma que había algo más entre los dos, aunque yo realmente me alejase de esa idea porque ella no me terminaba de gustar, siempre hay otras antes que las que nos muestran su interés, además yo era quizás muy infantil todavía, y de repente al finalizar ese invierno el que a mí me parecía patito feo, se había convertido en un cisne, de una niña con incipiente cuerpo de mujer pasó a ser una mujer rotunda, y yo seguía con mi cuerpo de niño que no acababa de crecer. Acabó el invierno y empezó la primavera y dejó de venir a pasar las tardes conmigo y empecé a echarla en falta y llegó el verano y comencé a hacer guardia sentado en un escalón, cerca de su puerta, que ya nunca se abrió para mí, y yo seguí leyendo.

 

 

.     *Amaral nos trae ese verano que ya no volverá…

Días de verano

.     **NA: Publicado originalmente el 18 de Enero de 2012. Hoy recibe una segunda oportunidad.

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