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Nunca había cocinado cuando vivía con sus padres, no era necesario, me dijo; -Mamá siempre hacía la comida, no le gustaba demasiado cocinar pero lo hacía bien, comida fácil y sencilla pero que estaba muy buena. Luego, cuando se independizó, comenzó a hacer los platos que toda la vida había comido en casa y otros nuevos, a él mismo le sorprendía la soltura con la que empezó a cocinar y lo bien que se le daba, le gustaban los programas televisivos dedicados a la cocina, empezando desde joven con aquel primero que recuerda con cariño de Elena Santonja “Con la manos en la masa”, pero nunca se había puesto a los fogones ni solo ni para ayudar a su madre mientras estuvo en el hogar familiar.

Era cierto que cocinaba bien, lo pude comprobar desde el inicio de vivir solo en las ocasiones que nos invitaba a su casa para compartir mesa, mantel y buena sobremesa. No eran platos de vanguardia quizás, pero estaban muy ricos, como el típico Cocido madrileño o  Judiones con codorniz, en algún caso los platos que servía tenían reminiscencias de sus viajes, algo que le hubiese gustado y que decía que era fácil llevar a cabo, como la Musaka o las Berenjenas rellenas que probó en Grecia, o algunos platos al estilo asiático con el Wok que se había comprado, o aquella ensalada con salmón templado y mango que tomó en Oaxaca, y que verdaderamente cuando la replicó estuvo muy buena. Pero los platos que más le gustaban y mejor hacía eran los tradicionales por los que se había interesado desde que los vio cocinar en aquel primer programa de televisión. Decía que utilizaba la cocina para relajarse, no le importaba estar un par de horas cocinando para luego disfrutarlo con los amigos, no le pesaba tener que estar pendiente y vigilante del guiso durante toda la mañana, como cuando hacía pollo asado.

La primera vez que me invitó a comerlo hacía tiempo que no nos veíamos. – Será pollo asado-, me dijo. Normalmente no nos avisaba de lo que se comería, por lo que pensé que esta vez no cocinaría, casi nadie asa el pollo en casa, sabía que llevaba algún tiempo mal de ánimo, había dejado la relación que los últimos meses mantenía e imaginé que no estaría con ganas de cocinar y que traería algún pollo de esos bares o tiendas en los que los asan dando vueltas y te dan la salsa y en algunos casos algo de guarnición, normalmente unas patatas fritas frías y resecas. Reconozco que cuando me dijo de comer en su casa con un par de amigos más, salivaba pensando en lo rico que comeríamos con alguno de sus guisos, con buen vino y buenas copas de sobremesa charlando algo de lo divino y mucho de lo humano, pero al nombrar el pollo asado se me derrumbó una parte de aquella imagen idílica, si bien me gusta el pollo asado, normalmente los de esas tiendas suelen darme malas digestiones y no hablemos de tarde de sed que suelo pasar, aunque en este caso no me importaría tanto, seguro que de beber no íbamos a parar hasta bien entrada la noche, esperaba que al menos la charla y las copas estuviesen bien, aunque me puse en lo peor, supuse que lo encontraríamos deprimido y descuidado, sin ganas de cocinar y que nos reunía por algún motivo oscuro.

Luego de la comida le conté mi frustración cuando me dijo lo que habría de comer, y la grata sorpresa que había sido ver que era un asado casero el que nos había recibido y que él se encontraba bien. Nada más entrar en la casa se percibía el olor que emanaba de la cocina, un olor que por sí sólo habría el apetito. No me digas que tienes horno para asar pollos trinchados dando vueltas como en los bares. Se río y me dijo que no; – Tengo horno normal y corriente, nada parecido al cacharro que da vueltas… lo voy dando vueltas yo… la verdad es que lo empecé a hacer en casa porque me gusta mucho y los que me traía de esas pollerías o bares que los hacen ricos me daban ardor de estómago y mucha-mucha sed el resto del día… quizás se pasen de salarlos o que las aderezos no sean muy naturales -. Le comenté que esos mismos motivos me movían a mí para no apreciarlos demasiado en los últimos tiempos.

Le felicitamos todos por el resultado de la comida que nos había preparado, especialmente delicioso el pollo tan blandito y jugoso que se deshacía en la boca, una comida sencillísima pero de gran gusto.

Le preguntamos por la receta, si era posible conocerla, si no era un secreto familiar. Se río abiertamente, nada de secretos ni siquiera era receta familiar, nos dijo, la tomó de algún libro de cocina que ni siquiera recordaba.

-La receta es muy fácil. El pollo en cuestión, sal, pimienta, tomillo, romero, chorro de aceite, medio vaso de vino oloroso, y patatas para guarnición. Pongo sal (al gusto mucha o poca), pimienta recién molida, tomillo y romero, en un cuenco, lo mezclo y embadurno el pollo por fuera y por dentro. Lo relleno con una manzana cortada en dados no muy pequeños, y un limón en rodajas, más el juguillo que haya soltado al cortarlo y que haya quedado en el cuenco en el que ha estado a la espera de ser introducidos. Cierro el culillo con un par de palillos para que no se salga nada. Lo pongo en la fuente de cristal en la que va a estar en el horno. Le echo el chorro de aceite por encima, no demasiado para que no quede muy graso, ya el pollo en sí nos aporta mucha grasa. Se precalienta el horno a 180º unos minutos antes de poner el pollo en él. Lo meto en la bandeja del horno, un poco más debajo de la mitad. Dependiendo del horno y del tamaño del pollo la duración del asado puede ser entre dos horas y media a tres. Cada media hora se va dando la vuelta al pollo, (lo de abajo arriba como cuando damos la vuelta al colchón de la cama), cuando lleva hora y media se echa el vaso de vino oloroso por encima del pollo, y dependiendo de cómo veas que va de avanzado el tostado decides si ya pones las patatas que has pelado y cortado en dados medianos; entre el vino y la grasa del pollo va quedando una salsa rica en la que las patatas se harán perfectamente. Las patatas tardan más o menos una hora en hacerse bien, con lo que se debe evaluar cuando es el momento ideal para que queden con el punto deseado; blanditas pero que no se deshagan del todo. Puede parecer un coñazo estar dándole vueltas, pero si estás haciendo otras cosas en casa no es ningún problema a cada rato pasar un minuto por la cocina sacar la bandeja darle la vuelta al pollo y meterlo otra vez-. Le escuchamos con interés aunque sabíamos que ninguno de los tres lo pondríamos en práctica.

Lo comí otras veces en su casa y espero volver a probarlo de nuevo cuando mejore, creo que sin darme cuenta evito comerlo si no es allí, quizás lo he idealizado. Aquella primera vez del pollo no me equivoqué respecto a su depresión, la primera de otras muchas, aunque no le encontramos descuidado en su aspecto sí que se veía en su rostro que no lo estaba pasando bien. Decía encontrarse perfectamente aunque sus ojos delataban el fraude. Le costó salir de ese primer confinamiento en el que él mismo se apresó, no le apetecía salir de casa, no quedaba con nosotros ni con nadie aunque se le insistiese con planes muy diversos, tuvieron que pasar varios meses para que comenzase a hacer vida social, a relacionarse  y alternar en momentos de ocio. Luego vinieron más crisis, y más profundas.

En una ocasión me hizo unos sencillos duelos y quebrantos como cena durante el descanso de un partido de fútbol que estábamos viendo para comerlo durante la segunda parte, me contó que era un plato que aparecía en el Quijote. – Siento, que mi vida es algo quijotesca, siempre quimérico, y como el nombre de este plato me la paso siempre con duelos y quebrantos, cuando creo que todo va bien algo se tuerce y todo se me derrumba, sin motivo aparente todo se me ensombrece, cualquier cosa puede ser el detonante; una relación fallida, la rutina demasiado rutinaria, la sensación de vació vital, la negrura de pensamiento existencial que constantemente me persigue, cualquier cosa sirve para un nuevo duelo, cualquier causa me hunde en un nuevo quebranto. Entiendo que no soy grata compañía, por ello intento apartarme, recluirme y no molestar con este abatimiento y sentimiento de aflicción que siempre está latente y que no puedo esconder; quizá, también por eso ellas se van, salen de puntillas a veces, y otras descarnadamente, sin tapujos-.

Bromeando, decía que en esos días de encierro y soledad mejoraba su forma de cocinar, la casa vacía se convertía en refugio en el que estar a salvo de todo y de todos, sin ganas de relacionarse, ausente de la vida social buscaba estar al margen deseando que pasasen rápido las horas y los días que se le hacían tan pesados, la lectura y la música no le distraían de lo que le hacía daño; los recuerdos, el horizonte difuso, la vida. Sin embargo en aquel primer encierro ya se dio cuenta que trasteando en la cocina todas las sombras se le disipaban, conseguía un punto de fuga que le hacía bien. Quizás por eso, esta última vez buscó esa fuga con el cuchillo cebollero.

 

.     *Para amenizar su convalecencia le traigo al personaje aquella canción “con las manos en la masa” cantada por Vainica Doble y Joaquín Sabina sintonía de aquel programa del mismo nombre que veía en su juventud.

Con las manos en la masa

Con las manos en la masaSabina en Con las manos en la masa

 

.     **NA: A By, que con la petición de la receta me dio la idea.

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