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Los abrazos del deseo son esos expeditivos surgidos del impulso por una atracción corporal, muchos de ellos rápidamente cercenados por la fría razón o por la boca traicionera, quizá porque nunca fueron verdaderos o porque en el mismo momento de ser conseguidos dejaron de ser deseo.

Hubo algún abrazo de rellano de escalera, allí en donde cacé y cometí el atropello de buscar sus pechos bajo su blusa, con la torpeza de la adolescencia. Aunque realmente ni yo le gustaba ni ella me gustaba, sólo era manoseo y deseo, descubrimiento y procacidad. Aquellos años exploratorios en los que todo era válido para dar salida al ansia sexual, daba igual si sólo era un juego de provocación para experimentar y llegado el momento y el lugar todo era desbaratado por esa pregunta atronando por encima de las respiraciones agitadas por la huida y la persecución y la captura o la entrega, y todo junto, todo real y todo falso; – ¿y ahora qué?-. -Y ahora-, era nada, era falsa lucha y breve beso con abrazo mal resuelto, y algo de vergüenza cuando el juego caía en la realidad de un acto no acompañado de la atracción y sí de un falso y equivoco deseo, barnizado de desenfreno, y todo quedaba en regreso con los otros, algo azorados, ellos pensando que ha pasado más de lo pasado, nosotros tristes por sabernos equivocados, sabiendo que si hubiese sido otro y otra los acompañantes, el juego hubiese sido verdaderamente placentero y entonces sí se habría alargado, y sí que hubiese existido un verdadero abrazo, un verdadero juego del deseo.

Hubo abrazos fajadores, de cuerpo a cuerpo, de ficticia pelea para dar salida a un ávido deseo sexual, con manos que recorren un cuerpo que finge displicencia buscando desasirse de una lucha vacua. Estamos allí forcejeando los dos equivocados, yo intentando rescatar algo mío que ellas me hurtaron en busca de mi reacción de acoso con atropello y jaleo y revolcón corporal buscando recuperar lo arrebatado, ella insistiendo en esconderlo y ponerlo alejado de mis manos que ya no buscan el objeto y si unos pechos que quedaron casi por completo descubiertos fuera de la blusa por la pugna y se me muestran muy grandes, descomunales, y el juego invita a que las manos se olviden del objeto y se pierdan en busca del encaje que cubre los senos, y ella se queda quieta con mi mano en su pecho, que aunque deseado la deja algo sorprendida por cumplirse lo perseguido pero quizás la mojigatería de la edad le hace pararse por la audacia cometida sobre ella, y entonces me paro, ya no hay pugna, ya no hay embrollo ni juego, estoy enredado con su cuerpo y quieto, mirando sus ojos azules, su blanca piel, su pelo rubio, todo en un segundo, y resuena la fatídica pregunta, esta vez mentalmente; -¿y ahora qué?. -Y ahora-, es nada, cuando caemos en que realmente los deseados están afuera, tras la puerta que han cerrado para no dejarme marchar, y un pensamiento de cierta rabia y de falsa fidelidad pasa por mí al no estar con la persona realmente deseada en ese momento y que está tan próxima que quizás un acto imprudente desbarataría el plan futuro, y desenredamos el abrazo y recomponemos las ropas y salimos de la habitación algo aturdidos, con semblante de fracasados.

Hubo abrazo de reencuentro, rememoración y beso en un ascensor que prometía renovar y traer de nuevo la complicidad antigua, aun sabiendo que ella no es libre y que no hay del todo verdad ni futuro pero eso ya importa poco en esos momentos, y se hace inevitable conseguir la ausencia de los otros para rodear su cuerpo con mis brazos nada más cerrarse la puerta para acercar mis labios a sus labios y conseguir ese beso deseado, olvidado desde aquel alejamiento por su parte hace años, y aunque el tiempo rebajó el interés por ella incluso quedando desterrada del anhelo, al coincidir hoy, todo lo apartado y asumido se desmoronó y resurgió el viejo deseo. Ella, oponiendo medida resistencia, desiste rápido y  se deja besar, nos damos un largo beso que trae recuerdos de besos invernales, y de los primeros cálidos días en los que nos conocimos. El beso acaba y nos deja la respiración agitada y el palpitar del corazón algo desbocado, nos miramos con la duda en la mirada, duda sobre si ha sido un error. Reflejados nuestros cuerpos en el espejo me veo triunfante, henchido por la gesta; de nuevo tuve sus labios y ella los míos, de nuevo conquistado lo que dejó de estar a mi alcance cuando optó por el compromiso que yo no daba y veía innecesario, y entonces se percibe en el ambiente del ascensor como flotando una pregunta; -¿y ahora qué?-. La satisfacción y la soberbia por haberlo conseguido, por haberle sacado ese beso y ese abrazo infiel, lo pudo todo, y la boca traicionera musitó a su oído; -lo estabas deseando-.

De golpe; – Y ahora -, se convierte en nada. Esas palabras, voltearon todo, deshicieron el abrazo, separaron los cuerpos, y mis disculpas y mis frases intentando arreglar el descalabro no fueron atendidas, ni decir que yo también lo estaba deseando sirvió para atemperar su enfado. El ascensor bajó volado tras ser pulsado el botón con rabia y enojo, y con aire destemplado me dejó atrás en el portal. Allí plantado tenía un sentimiento contradictorio, por un lado me sentía estúpido por lo dicho y la oportunidad perdida de pasar una tarde aplacando el deseo carnal con este bien merecido desplante, y por otro, me embargaba un ufano desdén por lo sucedido, reviviendo el efímero momento del abrazo y el beso que quizás por ser dado había dejado de ser en el fondo deseado y puede que por ello mismo ese instante de pérdida se tornaba menos traumático, en verdad no me importaba mucho, la antigua atracción ya no existía, y quizás todo lo había forzado para demostrar que aún era capaz de la conquista como un petulante Valmont; somos tan arrogantes y vacuos que sentimos como victoria personal y triunfo nuestras veleidades en los abrazos, un triunfo absurdo que cuando lo creemos conseguido ya deja de interesarnos, y aquella espalda que caminaba alejándose nunca más sería abrazada por mí y nunca más se desplazaría el enfado de aquella cara cuando conmigo se cruzó.

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.     *Los abrazos del deseo se convierten en una inútil ilusión traicionera que nos llevan a vivir en la frontera hasta que unas manos frías recomponen nuestra vida entera, como cantan Diego Vasallo y Quique González.

Donde cruza la frontera

Diego Vasallo - Las huellas borradas

 

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