Etiquetas

, , , , , , , , , , ,

Allá en el abandono de la noche, en la soledad no elegida, cuando los ruidos y sonidos acuciaban y aparecían para evitar el sosiego y el descanso, cuando los temores se agigantaban y tomaban el mando y el pensamiento se ofuscaba, el futbol me salvaba. Era el bálsamo elegido para ahuyentar los miedos. Siempre me gustó practicar fútbol; ya fuera en la calle como juego de niños, -mucho esto desde muy chico-, o después poco más crecido de forma más organizada en equipos de barrio en campeonatos municipales, y pensar en ello me ofrecía un efecto sedante y apaciguador como ningún otro, alejándome de una realidad que me llevaba al miedo.

En esas noches en las que el invierno cernía la oscuridad de manera pronta pero el cansancio no era suficiente para caer rendido y entrar rápidamente en el sueño, era cuando en un intento de tranquilizarme, yo comenzaba a buscar algo en lo que asirme y no pensar en mi abandono, lejos de los otros, a merced de las sombras que en el patio aparecían mutantes tras la ventana, con la luz de la luna cuando la había y con mi negra imaginación cuando no; azuzadas esas sombras por el viento invernal y el chisporrotear de la lluvia en la uralita y la teja, con el bamboleo de las ramas rozando el muro y el tejado haciendo el resto para que todos los miedos se aunaran en aquella habitación, y yo poniendo todas mis fuerzas en dominar y aplacar ese desbocado latir de corazón infantil que pugnaba por salirse de mi pecho, pensando en sucesos agradables que mitigasen esos oscuros pensamientos que intentaban atraparme por completo. Era en esas ocasiones cuando lanzaba a volar la parte más blanca de mi cándida imaginación, y qué mejor que dejar que mi mente se deslizase en fantasear sobre lo que más me gustaba, que no era otra cosa que jugar a Fútbol, recordando alguna de las últimas acciones sucedidas; como ese gol conseguido; y otras mejoradas, como ese otro que podía haberlo sido si hubiese hecho un recorte antes de chutar; y me veía allí haciendo aquella acción genial que no hice pero que hubiese sido el movimiento definitivo para la consecución del tanto, o esa asistencia que no llegó a su fin pero que allí en la negrura de la noche conseguía realizarla perfectamente con gran maestría, para que el compañero lograra marcar para júbilo de todos. También, a veces, me venía a la cabeza ese pequeño enfado por ser sustituido, pensando en esta revisión de lo acontecido que estaba haciendo un buen partido; pocas veces uno en la vida reconoce que lo está haciendo mal o entiende que el cambio es para mejorar al grupo.

En mi infancia no era de fabular historias fantásticas ni tampoco sobre cosas reales, ninguna inventaba, de ningún tipo. En verdad no tuve deseos de ser una cosa u otra para el futuro que vendría. A la típica pregunta que se hace a los niños de qué quieren ser de mayores, yo no encontraba respuesta. Nunca tuve unas expectativas que con el tiempo llevar a cabo o traicionar, ni siquiera relacionadas con el fútbol, mi gran pasión en esa infancia; jamás me imaginé siendo un profesional de ello, quizás porque nunca me creí tan buen jugador como me decían que era. Pero ahora que lo pienso, eso de imaginar situaciones relacionadas con un partido de fútbol sí que era como contar y fabular historias, y es algo parecido a lo que a ratos en la actualidad hago, a veces de manera afortunada y otras muchas no tanto, pero que nunca creí haber hecho antes y no entendía muy bien este impulso de hacerlo en estos tiempos, y ahora caigo que no es de ahora si no que me viene de lejos. Y digo que sí que es parecido a lo que hago ahora, porque lo imaginado en aquellas noches, no era sólo rememorar algunas jugadas ya vividas en un partido o soñar con la jugada genial y de finalización ganadora, si no que en muchas de las ocasiones el desenlace no era de final feliz como en bastantes de mis relatos actuales, tiznados con un cierto poso amargo. A veces acechaba la posibilidad del error garrafal, del fallo incomprensible y la ocasión marrada que avergonzaría por completo, como en esos casos en los que tras fintar al portero el chut fácil a puerta vacía no encuentra su deseado destino, y todo se transforma en desolación para unos y regocijo para otros. Desde entonces, he pensado que los jugadores profesionales de Fútbol soñarán con el gran gol, con hacer el gran partido que les vuelva decisivos, o imaginarán marcar el tanto de la victoria o hacer esa jugada fantástica que dejar para la historia. Y con mayor intensidad les sucederá a las puertas de un partido decisivo para llegar a una final o en la misma final si es que están en esa opción de disputar el título. Se tenga la oportunidad de jugarlas o sólo como entelequia futura, siempre, las finales de un campeonato son donde uno sueña con dejar esa impronta inolvidable y por eso la noche anterior a ese día marcado en los calendarios de tantos seguidores y aficionados, quizá sea una noche difícil para conciliar el sueño, por las ganas de victoria, y la responsabilidad y el deseo de hacerlo bien para no defraudar ni defraudarse. Tampoco tengo dudas de que también en esas noches aparecerán terrores nocturnos, pesadillas del gran error; el pavor a fallar esa jugada decisiva o errar ese penalti salvador, y como colofón un miedo angustioso a la derrota dolorosa que se muestra como oportunidad única perdida, ya inalcanzable para el resto de su vida. Quizás hasta se vean con lágrimas brotando, con mueca triste en el rostro sintiéndose el más desvalido por más que a uno lo consuelen todos los compañeros, y en vez de aflorar el optimismo en esas noches de vísperas del gran acontecimiento aparecerá el luctuoso pensamiento por el carácter fatalista que se apodera de la oscuridad cuando menos lo esperamos. Pero hasta esta negrura que podía aparecer algunas veces en mi fantasear, era tersura y suavidad frente a las otras sombras que atraía la oscuridad en aquella habitación asomada al patio. Ni el peor de los presagios sobre un partido de fútbol podría ser malo, y aunque esa noche me hubiese dormido con el fatal desenlace de la derrota, siempre habría otro partido otra oportunidad que rememorar en el que todo saliese bien, y que ese último regate al portero fuese el correcto, y tras él, ese último golpeo al balón terminase en el fondo de la portería descansando en las redes, como yo quería descansar en el lecho. Entonces el fútbol era mi aliado y me acunaba, y sentía que siempre podría contar con él, que vendría en mi auxilio, sentía que con él estaba a salvo. En ese momento de la infancia en la que nos sentimos tan desvalidos, el fútbol me salvaba.

.

.

.

.     *En esa infancia en la que se aprendía a jugar en la calle y algunos lo ponían en práctica en el campo de juego el mayor sueño que se tenía era ser los reyes del barrio en cada partido, como nos canta Jauregui.

Los reyes del barrio

Jauregui - Los reyes del barrio

Anuncios