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Con la aceleración y pensando que se tiene que marchar enseguida y que tiene que ser uno y rápido para poder cumplir con lo previsto y llegar a casa sin levantar sospechas, y que su marido no esté cuando ella llegue, no cumplo como quisiera. Estas prisas me zozobran, y la verga no se enaltece ni se muestra vigorosa como necesitamos para un acto completo, para hacerle y hacerme gozar y derramarme dentro. Yo insisto en que no importa y busco su boca con mi boca, mi lengua penetrando en busca de la suya que se enreda con la mía y pulsean allá dentro ávidos de deseo. Mis manos surcan su espalda, palpando y acariciando la montonera de huesos que percibo allí por su extrema delgadez, y bajo por esa línea de montículos que se me muestran y veo, aún cegado por su cuerpo, sólo con mis manos que me hacen atisbar y sentir el contorno de un dragón o un animal prehistórico al que le imagino devorador. Busco su sexo para con la mano suplir las carencias del falo casi exánime que ni sus labios consiguieron enderezar después de que sus manos hicieran que con él aún flácido rápido me corriese, sin quererlo, y eso le pareció el fin. Esperar tiempo a la recuperación sería imposible, no hay tanto espacio en el reloj para una segunda oportunidad, y ella decide que no quiere sucedáneos que llegó con el deseo de penetración y mis dedos no son lo esperado, que debemos dejarlo que ya no es propicia la ocasión.

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.     *Canta Vetusta Morla; habrá que inventarse una guarida… habrá que inventarse una salida. Cuando se va a la deriva la ocasión se vuelve esquiva, y ellos crecieron y avanzan sin timón.

La Deriva

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