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Llego a casa cansado físicamente, pero sobre todo mentalmente, bregar a diario con las palabras es agotador, todo el día decidiendo e interpretando y gestionando las expresiones de otros; que hablan, escriben y cuentan cada vez peor o de manera más críptica, no ya con su intencionalidad si no por la falta de destreza con el idioma, con el lenguaje, y no hablo de hacerlo con errores gramaticales o sintácticos, si no por la elección de conceptos y palabras equivocadas en un intento de mostrar nítidas sus opiniones, pero no consiguiéndolo, y contrariamente creando una nebulosa por la que adentrarse en busca de algo que aprovechar, algo con sentido lógico, es toda una aventura. Hay gente que cuando se comunica con nosotros debería darnos un anexo explicativo para que su mensaje lo podamos entender. Muy alejados ellos del dardo en la palabra que decía Lázaro Carreter. Y el cansancio se hace mayor cuando has de convencer a un tercero de que lo que está leyendo no es con el sentido que a él le llega o él interpreta, si no con otro que no se ajusta a lo que se ha preguntado o de lo que se está hablando, o que lo dicho va en otra dirección a la que esos vocablos nos podrían llevar en una primera impresión por su falaz utilización y que tan lejanas quedan de su finalidad real. También he de reconocer que a veces nuestras preguntas son demasiado ambiguas o no están del todo bien redactadas.

Me descalzo, es una delicia liberar los pies de la opresión sufrida todo el día, me pongo ropa cómoda de la que tengo para estar por casa, sólo con estos dos gestos parece que uno ya empieza a revitalizarse, a tomar fuerzas, el proceso físico de recuperación ya está en marcha, ahora queda el dejarse caer en el sillón y que la mente se una a ese proceso de relajación. Antes, cojo una cerveza del frigorífico y la vierto en un vaso que también mantengo dentro de la nevera. Según la estoy echando ya casi la saboreo, como en esos anuncios que al caer la cerveza se forma la espuma y se te hace la boca agua deseando tener una cerca para beberla; en este caso ese sueño se va a cumplir ya mismo, y además sin la necesidad de irme a una isla o una cala y pasármelo “superdivertido” ligando o quizás en un concierto, todo muy hípster.  Se dará cuenta esa gente que esta idea publicitaria ya está agotada.

Me siento en mi sillón preferido, es preferido por que no hay otro, pero me gusta darle ese protagonismo, “Mi sillón”, una tonta extravagancia. Me quedo ahí unos segundos callado escuchando el silencio, respiro hondo, doy un sorbo de mi cerveza y abro un libro, aunque esto parezca contrario al descanso necesario, si llego como he dicho, con la cabeza atiborrada de palabras-; pero éstas lúcidas, por una vez en el día, me ayudan a desintoxicarme. Pero hay días, en los que esas palabras escritas no entran en mi cabeza ocupada sin darme cuenta en buscarte, buscar alrededor de la estancia entre los muebles que los dos decidimos colocar en ese o aquel rincón, buscarte en las paredes en donde aún cuelgan los cuadros que elegimos en nuestros viajes. Es imposible encontrarte pero es difícil no verte en cada mirada a mí alrededor, todo eres tú, todo es tuyo y mío, aunque ahora sólo es mío. Quizás yo tan embebido en mis palabras laborales no dejaba ninguna para las cuestiones domésticas, quizás llegaba tan desgastado que no me salían las necesarias para poder comunicarme, quizás como esos textos que leo en el trabajo y no dicen lo que deberían decir, yo tampoco supe expresarme ante tus interrogantes, ante las preguntas de tus ojos que quizás no miraba tanto como hubiese sido necesario. No supe interpretar tus gestos, ni interpretar tus frases, ni ese; – no pasa nada, y mis palabras ante ello no eran réplica coherente para discernir que algo nos pasabas, por supuesto no supe darme cuenta de que mi discurso era una entelequia indescifrable para ti y para lo nuestro y quizás te cansaste como yo de darle vueltas y sentido a mi decir fuera y alejado de lo que tú querías y necesitabas oír. Me fijo en la pantalla bien grande de la nueva televisión, aquella que compramos no hace tanto en la que queríamos ver películas de amor, bien pegados los dos en el sofá. Y recuerdo cómo te reías de mi cuando veías que las lágrimas humedecían mis ojos y tragaba saliva cuando la peli era sensiblera o con un duro embate para el devenir de los personajes, y cómo en esos casos me abrazabas y me decías; – Amor, si es que eres muy sensible. Veo mi propio reflejo en la negra pantalla que se me ofrece como un oscuro espejo, hago una mueca y me digo que la sensibilidad no es un aval para que te quieran por siempre.

Necesito seguir sacudiéndome el cansancio y ahora también tu imagen, y enciendo el televisor. Me dejo llevar sin mucha atención por los programas y publicidades que les acompañan y les dan de comer.  Y es ahí donde vuelvo a sufrir otro revolcón comunicativo de los que estaba consiguiendo desembarazarme con metódica dedicación. Ante mí, una batería de anuncios, intentando seducirme para que sea un consumidor de su producto o marca, o al menos que lo tenga en cuenta si surge la necesidad de ello o más aún, algunos osados intentan que sin esa necesidad en mi vida yo me la cree bajo el influjo de su sugestión, y he de reconocer que algunos lo consiguen.  Lo hacen de mil maneras diferentes, de lo racional a lo irracional, de lo tradicional a lo más vanguardista, del reclamo con aires del pasado que ahora dicen “Vintage” a la utilización de la tecnología más futurista. Y en esa amalgama de imágenes e ideas y formas de comunicar, surgen los que nos dan un bofetón, y te quedas noqueado, pero no por lo positivo, sino porque dos segundos después de acabar el anuncio dices:

-¿Qué me han querido decir? ¿Qué se ha fumado el creativo? ¿Cómo ha conseguido colar este anuncio a esa empresa?

En otros casos dices; -Qué bonito, pero no me he enterado de nada. Estos son resultado de muchos artificios visuales, llamativos la mayoría de ellos, pero que no llegas a entender que han querido decir. Por ejemplo; una especie de náufrago recorriendo un trasatlántico. Todo muy visual y con ritmo siguiendo la línea de sus buenas campañas anteriores, pero, esta vez  ¿qué me han querido contar? ¿Qué me haga un crucero? Normalmente sus anuncios aunque algo surrealistas contaban una historia más o menos “seguible” o entendible, pero en esta ocasión me perdí.

Y pienso otra vez, como antes con la gente que se expresa mal, que algunos anuncios nos deberían llegar con un anexo explicativo para poder entender esa deriva creativa.

La intención de diferenciarse llega a hacer que algunos anuncios sean descabellados y que en vez de beneficiar a la marca sólo se convierta en un absurdo despilfarro, que si bien no llega perjudicar a la marca sí posiciona mentalmente a la marca en un área del cerebro del usuario que quizás no sea el idóneo, y sin duda sí que es un derroche de dinero sin retorno. Aunque es evidente que en algunos casos lo que se intenta solamente es notoriedad, llamar la atención, buscar esa “viralidad” tan de moda, que es tan fugaz como intrascendente la mayoría de las veces, que convierte ciertas campañas publicitarias en algo ridículo. Esto como en todo va por modas; recuerdo la moda de las canciones y bailes en los anuncios como si fuesen musicales, y como a una marca le dio resultado, muchas se lanzaron en busca del mismo maná, fracasando o cansando al personal por insistentes y pesados con una fórmula que ya no resultaba original. Algo parecido pasó en la época de los anuncios surrealistas de los Hipermercados que también la alargaron en el tiempo en exceso siendo unos cansinos y perdiendo toda la gracia inicial. Muchas veces los publicistas se ahogan en su propio éxito intentando agotar hasta la saciedad una línea publicitaria o peor aún trasladar una idea que tuvo éxito con un producto a otros muy diferentes como si lo que funciona para un mercado pudiese hacerlo para cualquier otro. Y ya no hablemos del responsable de la publicidad de una compañía que llama a la empresa del creativo de turno y les dice; – Quiero que me hagáis lo que habéis hecho para esa marca.

Y en estas estoy medio aturullado otra vez como en el trabajo con mensajes absurdos y confusos; viendo perros que rastrean, gente que es golpeada por una mano gigante, un tipo recibiendo bofetadas en la cara, mensajes poco cívicos, como el de llevar un perro suelto en el asiento delantero del coche, y los que más me asquean de responsabilidad social corporativa. Cuando llega el unicornio rosa ya no me queda otra que apagar el televisor si no quiero caer otra vez en el agotamiento y perder el poco equilibrio mental que me queda. Todo queda en silencio, muy en silencio, ya no estas para enredarnos con las palabras y hablar de la mala publicidad, no estas para que compartamos esas dudas sobre lo que nos han querido decir esos anuncios tan raros y absurdos, ni alabar en algunos pocos casos los buenos que a veces nos hacían reír.

 

 

 

*Como en la publicidad que no da bien su mensaje evitando con ello la fidelización del cliente, en cualquier campo de la vida, una mala comunicación nos lleva a que no nos entendamos por exceso de palabras o por defecto de ellas, y en la pareja esto se acentúa y todo acaba por lo mal que nos comunicamos. Al final todo son palabras más, palabras menos, como nos cantan Los Rodríguez.

Palabras más, palabras menos

Los Rodriguez - palabras-mas-palabras-menos

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