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Gira su cabeza, y mira de nuevo por la ventana, parece que mira en lontananza, como si el edificio que se nos aparece frente a nuestro ventanal, próximo, muy próximo en esta calle estrecha y peatonal del barrio viejo, no estuviese y pudiese mirar a lo lejos. Cómo hace un rato yo me sentí transparente ante su mirada, esta vez intuyo que ese viejo edificio no está allí para él, esta vez es el edificio el que ha desaparecido de su vista. Él allí ve, quizás cerca o quizás alejado, ese mar en el que acaba de contar que se sumerge y que no es un mar, ya es su mar. El silencio nos envuelve. No digo nada, no dice nada. Yo acompaño su mirada y veo también ese edificio, que me evoca otro edificio, un edificio transitado en mi juventud. Traspaso sus paredes y lo que me encuentro no es el interior de este si no de aquel rememorado. De pronto ya no estoy en este lugar, sino en otro, horas antes de llegar a este edificio que tengo en frente pero que es otro. Veo el patio empedrado, patio amplio como corresponde a esos lugares, rodeado por los diferentes edificios de oficinas y dormitorios. Es un día señalado.

Aquel día, en mitad del patio, todo sucede como siempre que debemos desplazarnos fuera de nuestro emplazamiento; se forma, se pasa lista, hay lectura de efemérides y seguidamente se sube a los camiones. Son dos vehículos en los que nos trasladamos todo el grupo en dirección al Cuartel General para hacer el cambio de guardia, y estar allí durante veinticuatro horas hasta el relevo siguiente. Salvo los suboficiales que van en cabina, el resto de la soldadesca, van sentados en la parte posterior. Hace frío, está despuntando el día, ya no hay oscuridad, pero aún el sol tímidamente alumbra y calienta poco. Los camiones arrancan, pero todavía no se mueven. Nos apretamos unos junto a otros según hemos ido subiendo, yo de los últimos, hasta completar todos los lugares disponibles. Cierran la trampilla y enseguida se oyen voces desde el final de la caja del camión, desde la parte más cercana a la cabina, conminando con rudeza a que se baje la lona y dé la intimidad necesaria, alejada de la posible vista de los mandos, para los negocios que se van a llevar a cabo. Rápido empieza el trasiego de sustancias y de dinero de unas manos a otras. El hachís y las pastillas anfetaminas, van de las manos de los vendedores a las manos de los compradores, el mercado está muy activo, un tercio de los que allí nos encontramos mercadean raudos, incluso algunos de los que no creía que entrasen en ese juego hacen buen acopio para que las próximas horas se les pase lo mejor y lo antes posible. Todo tiene que hacerse muy deprisa, puede que algún suboficial tenga que subir a la caja por falta de espacio en la cabina, y para ese momento todo tiene que estar en orden y parecer normal. En mayor o menor medida conozco a todos los que están en el asunto, comprando y vendiendo, a unos más por ser de mi compañía, a otros menos por no serlo y solo coincidir en servicios, y a unos pocos únicamente de vista, es la primera vez que voy con ellos de retén. Con algunos de los que no son de mi compañía he coincidido bastante, pareciera que estamos en la misma página del furriel y nos hacen coincidir en las mismas labores; cocina, limpieza, guardias. Sentimos como el camión se pone en marcha, ya cada uno vuelve a su lugar después de las compras, es más seguro sentarse por los vaivenes. Durante el trayecto, empieza la labor de liar los “porros”, es más cómodo tener varios liados que tener que hacerlo en “el cuerpo de guardia”. Incluso alguno se atreve a encender uno yéndose a fumarlo al final del camión, abriendo la lona para que el olor no delate. Hay voces tímidas que piden que lo apague, protestas por el miedo a que el suboficial al mando advierta que se ha fumado “chocolate” en el camión y nos veamos arrestados todos. Pero el que fuma tiene fama de pendenciero y nadie insiste demasiado cuando el tipo hace oídos sordos a las protestas, ni siquiera hace caso a sus amigos que se lo piden.

 

Más tarde, horas más tarde, terminada mi guardia, tumbado en la cama baja de la litera, en aquella habitación mal ventilada y poco iluminada, con ese olor a manta polvorienta y “a cerrado” que lo envuelve todo y hace el ambiente algo pesado e irrespirable, repaso lo sucedido en el camión, -aún hoy, ahora, dentro de ese edificio que no es el edificio que mis ojos ven, lo hago- y si ha tenido algo que ver con lo sucedido después. Pienso qué puede llevar a un individuo a ese acto, cuando horas antes se comportaba con normalidad dentro del camión, como uno más, qué pasaría por su cabeza en su puesto de guardia en esos minutos previos. Sería premeditado o un impulso descontrolado, lo que le llevo a ese fin. También me pregunto, si será que se ha pasado con las “anfetas” y los porros y sufrió un delirio que le llevó a un final fatal. Él era de ese grupo que sin ser de mi compañía coincidía a menudo en los servicios asignados, ya fuese en cocina o de guardia, y aunque era algo raro, no se le veía especialmente depresivo, digo lo de especialmente puesto que aquel lugar sí que invitaba a la depresión y había bastante gente que de una u otra forma lo estaba; por la excesiva juventud o por la lejanía a su hogar, o por la dureza de los ejercicios físicos y del orden cerrado, o el trato de los mandos o con los demás quintos, -no siempre de trato amable, en muchos casos todo lo contrario, amenazante y belicoso-, pero nada delataba que en el caso de él algo así estuviese sucediendo, es más, él no estaba lejos de su casa, puesto que era de esta misma ciudad, todas las tardes aprovechando su pase “Pernocta” volvía con su familia o quizás no, eso no lo sé con certeza. Quién sabe si el problema estaba ahí, en el seno familiar. La noticia fue como una sacudida. Yo me había pasado el día, desde la mañana hasta entrada la tarde, en mi posición a las puertas de las oficinas del JEME. Al llegar al cuerpo de guardia algún compañero me lo dijo: -¿Sabes lo de “M”?-. Y no, no sabía lo de “M”. Aunque no daba crédito, me lo aseguraron con tal insistencia que terminé por creerlo; había sucedido pasadas las cinco de la tarde, cuando fueron a relevarle de su puesto en el acuartelamiento, se lo encontraron tirado en el suelo con un disparo en la “barriga”, realizado por el mismo con su “subfusil ametrallador” y que cuando se lo llevaron en la ambulancia ya iba muerto. Como  la noticia de su muerte no estaba confirmada, yo quería pensar que había sido un accidente o que aun intencionadamente sólo habría quedado herido, una herida superficial, no excesivamente grave. No pensaba que alguien tuviese el valor de quitarse de en medio tan joven, -yo al menos no lo tenía-, sí que pensé que podría haber intentado herirse para salir antes libre del “Servicio Militar”, diagnosticado con problemas psiquiátricos, ya algún caso de ese tipo había llegado a mis oídos. Ante mi pregunta de si nadie oyó el disparo, ninguno de los preguntados me supo responder. Parecía que la gente no quería hablar demasiado de lo sucedido, probablemente incluso por orden de los mandos. Era un tema tabú o como de mal fario. Pronto cayó la noche, y tras una frugal cena, me fui a dormir, algo que creí me sería difícil, pero no lo fue tanto. Aunque antes de poder conciliar el sueño me vinieron a la cabeza los últimos momentos que le vi en el camión, su ir y venir “trapicheando”, y vi con nitidez su palidez, era muy pálido, y delgado, bastante delgado, y pensé que en la muerte, esa palidez y delgadez suya harían que ya desde un inicio pareciese antes cadáver que otros cadáveres. Esas ojeras marcadas también se me mostraron claras, esas que delataban su consumo, aun para cualquiera que no supiese de éste. Con esa imagen de fondo aparecieron las preguntas, y las sombras que hay detrás de las preguntas que no tienen respuesta. Y me cuestionaba si sería finalmente alguna vez capaz de ese acto. Yo que no hacía mucho, en la nocturnidad y el frío invernal, con la vergüenza y el miedo de no tener un horizonte claro, ni siquiera un camino elegido, pasó por mi mente la posibilidad de acabar con todo allí en una garita alejada, por el mero desfallecimiento de vivir, por la falta de ganas de seguir antes de iniciar ningún camino, y no tuve el aplomo de hacerlo en esa deprimente y triste noche, en la que las lágrimas cayeron sobre la braga que cubría todo mi rostro salvo los ojos, convenciéndome de que eran producto del gélido invierno. Y me dormí, la muerte cercana no me quitó el sueño, contrariamente a lo que siempre pensé. Dormí bien, y de ese sueño voy despertando y como de una nebulosa voy saliendo de ese edificio que no es aquel edificio y desando mis pasos dados antes hacia esa fachada, y vuelvo a mi café, y busco su rostro; no sé cuánto tiempo llevamos así callados mirando sin ver afuera, viendo otra realidad más allá de la mirada. Él aún sigue en otro lugar. Tenía escondido o puede que dormido desde aquella noche ese suicida pensamiento. Quizás por ello este día ni siquiera al inicio de la conversación caí en ello, quizás no he querido volver a pensar nunca en ese deseo de cese que él me ha vuelto a poner hoy junto al café, para no saberme incapaz de ese acto. Veo su perfil, bien marcado con los surcos del tiempo, sus ojos cada vez más pequeños, e intento mentalmente unirme a su causa. Aunque me aclaró que no me pedía nada. Quisiera ayudarle a dar el paso y estar con él en esos últimos momentos deseados, pero creo que no tengo valor tampoco para ello, me faltan las fuerzas para decir esas palabras que quizás a él le gustarían oír; – No te preocupes, yo te acompaño-. Y poner un cartel que diga no molestar. Me siento algo angustiado y confuso. Le quiero, y por ello quisiera tenerlo el máximo de tiempo conmigo pero también quisiera que él no sufriese, que no fuese infeliz en el final de su vida y me da la sensación que si no con un gran trauma sí con el dolor de la apatía ha perdido la felicidad. Bajo la vista. Muevo la taza y tomo un último sorbo de café, no me sabe bien. Miró en su interior y veo posos. Hay momentos en que la vida son esos posos que al removerlos salen a flote y dejan un sabor amargo. Hoy es un día de posos.

 

 

 

*Ante la falta de valor esperaré a que el tiempo me venga a buscar… como nos cantan Los Rodriguez.

La puerta de al lado

Los Rodriguez - palabras-mas-palabras-menos

 

**NA: Si quieres conocer como hemos llegado hasta aquí, te invito a que vayas a leer la primera parte; “Deseo suicida“.

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