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Mi marido ya no me folla, ya sé que es una frase malsonante, y en boca de una mujer quizás suena aún más chabacana la palabra “folla”; -la sociedad tan machista nos encorseta hasta en la forma de expresarnos y se ve feo y sucio en labios de una mujer lo que en el hombre se atribuye como directo o sin matices o sin pelos en la lengua-, pero es lo que mejor describe mis deseos, mis necesidades; -sí coño, mis necesidades, una tiene necesidades-. Podría haber dicho que ya no me hace el amor, pero follar describe mejor lo que anhelo. El amor me lo hace de otras maneras, en el día a día, compartiendo y dándome todo el cariño, comprensión y apoyo que siempre me ha dado, y últimamente la parte más afectiva se está quedando sólo en eso, en cariño. Pero yo no quiero solo eso, yo quiero que me folle, que me deje agotada y sin resuello, totalmente sudorosa como antes pasaba, cuando en los inicios hacíamos maratones sexuales y nos pasábamos el domingo entero encamados follando y durmiendo a ratos, y salíamos al llegar la tarde-noche a comer algo, hambrientos y sin fuerzas de tanto desgaste. O cuando tiempo después a la hora de la siestas después de un breve sueño mío, -no de él que quedaba leyendo allí en la cama junto a mí esperando mi despertar-, nos enlazábamos fundiéndonos en uno. Comenzando con pequeños besos, íbamos avanzando en las caricias, él con su manos exploradoras en busca de mis pechos y después bajando por mi vientre en un viaje hacía mi sexo, que lo esperaba ansioso, pero que él demoraba con caricias suaves entre los muslos, en una ida y venida de sus dedos rozando aquí y allá, que me excitaba más y más, acelerando mi deseo e impaciente de que dejase allí su mano y tensase todos mis músculos internos, con sus fantásticos dedos. Yo ya tenía mi mano acariciando y palpando con suavidad sus testículos, que se contraían, y percibía como su piel se volvía más dura y gruesa, y entonces deslizaba la mano hacía esa virilidad que se erguía, sintiendo como se ensangrentaba por dentro y sin remedio iba creciendo venosamente. En ese momento no podía evitar desasirme de sus manos para ir deslizándome al encuentro de su miembro, mis labios primero con dulces besos y mi lengua después recorriendo esa verga que cada vez más inhiesta se ofrecía y a cada roce de mi boca más dura se ponía, y las venas remarcaban su tensión. Subía hacia su vientre besándolo y besando su pecho para más arriba encontrarme con su rostro y sus labios que me esperaban ávidos de besos, pero paraba a medio camino para con mis pechos abrigar su polla… y sentir su lubricidad en mí pecho y sobre mis pezones que juguetones rozaban su glande ya con pegajosa humedad. Esa que yo también le dejaba sobre su rodilla y su muslo con mi coño que en ese transitar había aprovechado para ir masturbándome con su pierna en un roce estimulante. Me llegaba hasta su boca con mi boca y las lenguas se enredaban y nos besábamos con procacidad y cierta violencia largo rato mientras mi cuerpo desnudo sentía toda su piel bajo mi piel y su falo se abría paso entre mis piernas que se vencían y se entregaban con facilidad apartándose y dejando el camino más libre para que el ariete no encontrase resistencia, deslizándose con suave violencia por mi vulva que tan húmeda venía. Allí dentro, él, quieto se deja hacer, y con mis vaivenes gozaba yo y gozaba él, y yo buscaba los movimientos y rincones más placenteros para mí, hasta que él sentía que yo estaba cerca del orgasmo y que él no aguantaría más, entonces paraba mi bamboleo para envestirme con fuerza y rapidez, una, dos tres, cuatro, cinco veces, no más, que él se corría y yo después que él, aprovechando su última dureza, quedándonos exhaustos y  agónicos de placer. Esa pequeña muerte que dicen los franceses, la echo tanto de menos, qué no puedo evitar excitarme al recordar los buenos momentos añorando sus caricias, sus besos, y su sexo, y dejó que mi mano se convierta en su mano y me consuelo cada vez más a menudo en la ducha, en el sofá o como ahora en la cama, y aunque disfruto, no es lo mismo. No sé si ya no le atraigo y no le excito, podría pensar que estamos en un mala racha, que estamos cansados por la vida tan veloz que llevamos sin tiempo para nada, con unos trabajos que nos absorben toda la energía y que la poca que queda se diluye en las labores hogareñas de las que nos ocupamos. Ciertamente no veo rechazo, pero si apatía y desinterés. Podría pensar que tiene un lío por ahí, pero sé que no, y eso es peor; no saber quién es tu enemiga o ni siquiera tener enemiga me genera más angustia y rabia, esa rabia que podría descargar hacía esa otra persona. Nunca pensé en serle infiel, pero últimamente se me van los ojos detrás de alguno que otro con la fantasía de desfogarme, sólo para eso, apagar este fuego, de manera casual y algo brusca y sin miramientos, algo visceral y poco racional. Pero me preocupa haber llegado a pensar en ello, yo le quieres y aun le deseo; si me hubiese preguntado si sería capaz de hacerlo, hace unos años habría salido un rotundo no, bueno y si me lo pregunta alguien también saldría un no, pero interiormente ya ese no se resquebraja cada día más. Lo que más me enfada es que follar con mi marido es buen sexo, incluso diría que muy bueno, al menos cuando lo hacíamos. Si hubiese dejado de serlo entendería porque no lo repetimos más a menudo, por qué mi marido ya no me folla, por qué no araña mí piel.

 

 

.     *Todo lo daría nuestra protagonista porque su amor le volviese arañar la piel, como nos cantan Los Romeos.

Arañas mi piel

Los Romeos - Sangre caliente

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