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En el blog “el bic naranja”, su autor Fernando Vicente, los viernes propone un ejercicio de creatividad, mostrando un vídeo o una foto para que cada uno desarrolle y cuente la historia que le sugiera ese elemento; catalizador y detonante. Aquel día, la foto era la que nos acompaña. (Desconozco su autor).

Esta vez no me traigo sólo la aportación que hice allí, breve y concisa, y que sería la parte inicial del relato de hoy y que resultó ser germen propicio para el resto del texto. Cuando volví a leer aquello se me antojaba que en esa imagen veía más de lo que escribí como simple fogonazo. Aquí está el resultado final o quizás, -no podría asegurarlo-, primera parte del resultado final.

A Perdición

Encuentro para la perdición.

El susto fue mayúsculo cuando al salir del baño me encontré con aquella chica tumbada en la cama; desnuda, con los pezones de sus pechos púberes todavía, excitados y erectos, y con su mano alargada hacia mí como una invitación al acercamiento. Ser amable y complaciente con la hija de la dueña de la casa rural me había metido en un buen problema. Allí estaba, ofreciendo su cuerpo con un brillo en sus ojos entre la travesura y el deseo, entre la provocación y la imprudencia, sabiendo que lo que estaba haciendo no era correcto y que era una gamberrada, consciente de que yo no podría armar demasiado jaleo sin que la situación se me volviese en mi contra o al menos me generase un conflicto difícil de explicar. Ella era extremadamente guapa. Sus quince años, despertaban y desperezaban todavía en su cuerpo la mujer que será, pero que aún deja vislumbrar la niña que fue, aquel cuerpo que me mostraba como ya había imaginado casi sin querer, cuando con las camisetas de tirantes y sin sujetador intuía unos breves pechos que con facilidad marcaban en la camiseta su pezones por cualquier aire fresco que corriese al atardecer, allí en el porche de la casa mientras charlábamos. La madre, de unos cuarenta años se parecía mucho a ella, tenía un cuerpo delgado, sin mucho pecho, pero algo más que la hija, algo normal por otro lado, la adolescente estaba aún en proceso de acabar de madurar su cuerpo, pero si se las observaba con cierta atención se las veía muy parecidas. La madre con las caderas más anchas y con más curvas, era muy atractiva, no era de extrañar que la hija fuese tan bonita superando en belleza a la madre, aunque para mi gusto el cuerpo de la madre aún ganaba a la hija. Quizás el padre también fuese un hombre guapo y entre ambos hubiesen engendrado este ángel caído en mi cama. Del padre no había rastro en la casa, quiero decir alguna foto o retrato que pudiese darme una visión de cómo era. Estaban separados desde hace seis años y él residía fuera de España, según me contaron en una tarde de confidencias, tomándonos una cerveza, disfrutando del atardecer y la llegada del frescor nocturno tras regar el patio donde estábamos sentados, que tenía una buenas vistas, dejándonos ver cada tarde una puesta de sol entre montañas y árboles. Esto fue al cuarto día de mi hospedaje en la casa. Estaban haciéndome una estancia muy agradable en aquel lugar al que había llegado tras reservar por Internet, sin demasiado conocimiento de la zona, salvo un reportaje que había visto en la televisión. La casa solo tenía cuatro habitaciones para clientes, el resto de la misma conformaba su propia vivienda, es decir que el salón y cuarto de estar y la cocina y el patio con su porche era compartido por ellas y los visitantes. La que me tocó en suerte era  una habitación con decoración agradable y elegante, como toda la casa, todo decidido por la dueña del negocio que además se encargaba, con la ayuda de la hija, de todas las labores de cambio de toallas y sábanas de las habitaciones.  Para la limpieza tenía contratada a una mujer del pueblo más cercano, a menos de dos kilómetros. Además, en el alojamiento estaba incluido el desayuno que se podía tomar en las mesas habilitadas en el patio o en la misma cocina, amplia y agradable. Suculento desayuno con zumo, fruta y yogur, pan tostado con mantequilla y mermelada,  o si se prefería, con tomate rallado y aceite, y un buen café.

Había decidido tomarme quince días para estar solo, dedicarme a mí mismo, a visitar la zona pero sin rutina marcada, es decir, cuando me apeteciese haría turismo por los pueblos y parajes cercanos, otras veces me quedaría en la casa, tenía muy buenas vistas y caminos por los que pasear y hacer alguna de las rutas pedestres que salían desde el pueblo. Rutas fáciles y sencillas, más como paseo campestre que ruta propiamente dicha para la caminata larga y alejada. Mi otra idea era la de descansar y leer, dejar pasar el tiempo acompañado de la lectura de los libros que me había llevado. Y así había transcurrido la primera semana. La lectura siempre me acompañaba por la tarde, y fue por lo que empecé a intimar más con ellas, al sentarse en el porche a pasar la tarde al igual que yo, me resultaba extraño estar tres personas en el mismo lugar, solos, y cada una a lo suyo, la muchacha escuchando música con cascos puestos, yo leyendo y la madre unas veces leyendo, otras solo escudriñando el paisaje, otras escuchando música también con cascos, incluso a veces éramos los tres que cada uno estaba con los oídos tapados para escuchar las músicas elegidas y no compartidas. Como fuere, yo veía que la adolescente me miraba con ojos más libidinosos que curiosos. Aunque había levantado la curiosidad de las dos; un hombre de treintaicinco años que aparenta menos de treinta, -no guapo pero lo suficientemente atractivo para interesar a las mujeres sin demasiado esfuerzo-, buscando la soledad, no pasa fácilmente sin llamar la atención. La joven, con ese descaro que da la edad, no escondía su mirada, y era franca y directa. La madre también algo atraída, pero mucho más batallada, intentaba guardar mejor que la hija su posible interés, pero no lo conseguía del todo, – cuando gustas a una mujer se nota, y yo era consciente de que esto estaba pasando, de que les gustaba a las dos-. No he de negar que hasta fantaseé la primera noche cuando llegué por la tarde y vi que estábamos sólo los tres y que a priori no había ninguna reserva más para los próximos días.

Le dije que debería marcharse, que lo que estaba haciendo era una locura, que por favor se vistiese. Todo esto, medio paralizado entre la sorpresa y el azoramiento por la situación pero sin poder dejar de mirar su cuerpo desnudo. Ella, con media sonrisa, dijo que no tuviese miedo, que no iba a pasar nada malo, que nadie había en la casa, sólo ella y yo. – Tú tranquilo, Mamá, no volverá hasta la noche-.

No podía creer que esas palabras saliesen de la boca de ella, se supone que debería ser al contrario, yo, el que tranquilizase y animase a la calma, yo, el que se colase en su habitación si fuese un depravado, yo, si fuese emboscado para conseguir un fruto prohibido, y ella debería ser la asustada y turbada y mis palabras saldrían en busca de alentar su sosiego y calmar el desorden mental que le supondría mi irrupción en su cuarto o donde la abordase; en el jardín al ir desapareciendo la luz, en la escalera de acceso a las habitaciones o en la cocina aprovechando la intimidad de la mañana cuando la madre estuviese en las labores enfrascada. Insinuando con descaro mis intenciones seductoras y lascivas, intentándolo con delicadeza, con el mayor mimo que mis palabras consiguiesen trasmitir, pero a la vez con el nervio y el miedo de que mis pensamientos me hubiesen traicionado y que las señales que yo había percibido claras y nítidas, no lo fuesen tanto, y que más por mi deseo de que fuesen ciertas yo las creyera certeras, y con tal anhelo, que hubiese apartado de mi cabeza las voces que me animaban a dejarlo, a disuadirme de un acto de éxito tan poco probable.

Pero no era el caso, era ella, la que me engatusaba con palabras que me llevasen a la serenidad, a dar tregua a mis nervios por una situación no buscada y que podía ponerme hasta en dificultades legales si su madre aparecía, o si ella misma me denunciase por estupro. Mis palabras eran balbuceantes, y repetitivas, vacías de argumentos que no fuesen los esperados por la sensatez, mi boca seca soltaba una tras otras frases para que la muchacha entrase en razón, frases que llevaban dentro las palabras; confusa, locura, equivocación, confusión, diferencia de edad, muy joven, no era mi intención o madre. Ella no atendía a mis razonamientos ni se movía ni apartaba su vista de mi ni dejaba esa pose que me instigaba, esa desnudez de ninfa marmórea que mis ojos no podían dejar de mirar, me estaba turbando, mi mente y mis labios decían una cosa pero mi cuerpo aun pétreo e inmóvil por el shock decía otra muy diferente. Notaba que se estaba despertando en mí una fuerte atracción sexual un instinto animal que pugnaba con el raciocinio que me esmeraba que fuese el dominante de la situación. Dejarme llevar por el instinto y el deseo podría traerme problemas, podría llevarme a hacer algo de lo que luego me arrepentiría.

Con su voz insistía; lánguida, suave y susurrante, deliberadamente sensual, – No seas tonto, no va a pasar nada que yo no quiera, ni que tú tampoco quieras, ya soy mayor para saber qué me gusta y qué no-. Con su cuerpo reiteraba más cada una de las palabras que decía, seguía tumbada y con su brazo volvía a ese primer gesto invitador, gesto de atracción hacia ella, gesto que tengo grabado, gesto como imán humano que me hizo salir de mi cuerpo estatuario dando unos pasos hacia ella, hacia la posible perdición.

 

 

*Hay tentaciones que vemos que nos llevarán a la ruina si no somos capaces de controlarlas, tentaciones que nos arrancarán la piel, como nos canta M Clan.

Carolina

M clan - Sin enchufe

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