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Aviso:

Llego un poco tarde, aunque no vengo de hacer las Américas, no tuve tiempo para plasmar en escritura la idea que me vino a la cabeza de repente durante el fin de semana, y por tanto no llegué a tiempo a la publicación el día marcado, tampoco había avisado que quizás participase y es que no sabía que lo haría hasta ayer mismo, además como Miguel dijo que no había reglas para seguir su propuesta, pues yo me salto la del día de publicación sin demasiado rubor.

 

Pizarro, un desafecto Imperial.

Mi primer encuentro con Francisco Pizarro fue en la escuela, al lado de otros nombres de conquistadores; Hernán Cortes, Cabeza de Vaca, Núñez de Balboa y algún otro que ahora no me vienen a la cabeza. Nombres que sonaban a descubrimiento de otros “mundos” y otras tierras, a colonización y a sometimiento de los habitantes de otras latitudes. Cierto es que no puse demasiado interés en sus correrías, no fui de esos alumnos que se dejan llevar por el brillo de las armaduras y saca pecho de la hispanidad sembrada por el mundo. Nunca seguí mucho la biografía de estos personajes, pero de Pizarro sí que sé algo más, no porque se me quedase grabado de cuando estudiaba, ni porque me leyese ningún libro histórico, ni al documentarme para saber algo más del destino antes de un viaje, y él apareciese entre lo leído, eso vendría después. Hay dos momentos en mi vida que hacen que me interese un poco más por el personaje, pero reconozco que mi interés en el primer momento no fue demasiado profundo, pero hizo que cuando llegó el segundo ya tuviese una imagen de él, al menos una imagen en bronce. El primer momento fue cuando fui consciente de su lugar de nacimiento, el segundo cuando me topé con el odio que se le tiene. Del primero, se en donde nació, más que nada porque en su pueblo, Trujillo, tienen una estatua ecuestre con su figura en medio de la plaza de la villa, y vi la placa en la que aparecía su nombre como insigne hijo del lugar, y allí sentado, en los escalones de su peana, tomé el sol tras una comilona en el Mesón La Troya, antes de dar un paseo por las bellas calles de la localidad para rebajar la ingesta opípara de buenas viandas, desde entonces para mí es el “tipo” que nació en el mismo pueblo en donde está el restaurante en el que te puedes poner hasta las trancas a comer por un precio muy módico. Si se tercia un viaje a Extremadura y el tiempo me lo permite siempre hago una parada a comer allí. La segunda vez fue en El Perú, allí recibí la inquina de gente que me espetó hasta la saciedad las maldades de “Los españoles” que fueron a aquellas tierras, extendiéndolo hasta nuestros días. Me lo repitieron tanto que de ser mera anécdota inicialmente, después con la insistencia llegó a molestarme, era como si yo fuese culpable de lo acaecido hace quinientos años. Cuando quién me acusaba de haber arrasado las civilizaciones de allí, quizás tenía más sangre conquistadora que la mía, puesto que el que me lo decía era de nacionalidad peruana. Cierto que no todo el mundo fue así de desagradable pero fueron muchos los que sí. No voy ahora a desmarcarme de las barbaries que se hicieron en busca del oro y la riqueza, respaldados, amparados y abrigados por la Iglesia Católica. Pero tampoco hay que idealizar las civilizaciones que habitaban “Las américas”, y algunos de los habitantes de ahora lo hacen. Al igual que ha pasado en el resto del mundo, los que allí vivían pugnaban unos con otros por las tierras y las riquezas y unos sometían a otros y les esclavizaban y les cobraban impuestos, es decir que eran igual de “civilizados” en ese sentido como los que llegaron desde Europa a “civilizarles”. Es más, sin esas luchas internas entre los que ya residían en las tierras a colonizar por los llegados, españoles o de otras nacionalidades, estos no hubiesen conseguido nada, puesto que eran muchos menos los conquistadores que a los que conquistar. En definitiva, ese recibir una tunda verbal sobre la sangre derramada por los “conquistadores” me hizo leer las andanzas de Pizarro por allí, pero no encontré ningún indicio que me hiciese responsable o involucrase en aquellas batallas por el oro, la plata y las tierras que allí fueron expropiadas a sus habitantes, que tampoco sé si eran los legítimos o éstos las tenían después de habérselas arrebatado a otros. Lo que tengo claro es que igual que cuando era chaval, el brillo de las armaduras y el esplendor del Imperio, no van conmigo, los nacionalismos, y menos, los exacerbados, no son lo mío.

 

*Algunos sueñan con reeditar ese esplendor Imperial y quisieran ir por aquellas tierras a recuperar lo que creen que es suyo, como en la canción de Los Nikis que nos acompaña.

El imperio contraataca

NA: Lo escrito arriba surge de seguir la idea de Miguel en su blog “Entre el Olvido y la Memoria” de hacer un texto relacionado con Pizarro.

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