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Saber que era uno de esos pocos rebeldes me hizo verle con cierto punto de admiración, por no aceptar el incumplimiento sobre algo acordado y no aceptar la orden de callar y seguir como si no pasase nada. Contestatario de lo que no era asumible por ser gravoso para él y los que le rodean. Su acción de rebeldía posible, significaba enfrentarse al poder fáctico, y le puso en el punto de mira, le etiquetaron como un ser peligroso por oponerse y no plegarse, por no someterse al dictamen de los que ordenaban. Le tacharon de peligro social, de incitador a la ruptura en la convivencia, y responsabilizaron de provocar enfrentamiento entre unos y otros por su postura de insubordinación.

No creo en la anarquía, creo en las normas y que éstas se deben seguir para poder vertebrar los derechos y deberes en la ciudadanía, y la insumisión sin un argumento que razone la negativa o la protesta no entra dentro de mi ideario, pero cuando las decisiones se tornan injustas, o pueden dañar a otros, incluso llevarles a la muerte, o en detrimento del respeto y protección de minorías, o cuando esas decisiones incluso son contrarías a los derechos de las personas, estos argumentos se hacen tan evidentes que no cabe otra posibilidad que alzar la voz y decir: “no estoy de acuerdo”, “lo que se quiere hacer no es justo”, o “no puedo hacer eso”, cuando se nos conmina a ser los actores en ello.

Con su acto, me hizo pensar que yo también debería hacerlo, que debería salir de la cueva y luchar por lo justo, que no debemos ser cómplices del verdugo, que no debemos ser partícipes y mucho menos la herramienta con la que golpear a otros bajo la idea que nos inculcan de que no hay para todos, y así ser nosotros los que hagamos el trabajo sucio pisando a los demás insolidariamente, creando la coartada perfecta para reforzar la insidia de quién nos ordena.

Y su acción me hizo pensar que no ya solo contra las instituciones viciadas debería tener desobediencia, también cuando lo pactado y contratado me sea cambiado y variado, y no aceptar esas modificaciones con conformidad cuando las reglas han sido transformadas y el juego ya no termina según las condiciones iniciales, siendo alteradas unilateralmente y sin pacto alguno.

Pienso en mi actitud y en la de la mayoría de los que me rodean y veo disciplina extrema sin analizar si es correcto o incorrecto lo que se nos inculca y transmite, o a veces sabiendo que no es bueno, nos decimos: “no podemos hacer nada”, “es lo que hay” o “ellos tienen la sartén por el mango”, incluso a veces les respaldamos diciendo: “cierta razón tienen”; y todas estas respuestas que percibo no me gustan, pero dar el paso al frente angustia, y genera temor e incertidumbre. La pasividad contemplativa de muchos se convierte en el motor de transmisión para sentirse a salvo y que ellos lo entiendan como un acto activo de confirmación de sus acciones. Y ese dócil pasivo queda convertido en sumiso activo que da pavor.

La obediencia debida; asusta, da miedo cuando es llevada al fin último. No hay más que mirar al pasado. No alzar la voz, sumisión sin pensamiento. Nos auguran y anuncian el paso a seguir y en una carrera ciega nos lanzamos por la senda aprendida, silentes no dudamos la orden a cumplir cómplices del poder. Olvidamos la lucha y la trasgresión para estar confortables con nosotros mismos. Nos decimos: yo no he decidido, fueron de otros las órdenes, los castigos, los dolores infligidos, los desmanes sociales por otros fueron debidos, no yo, que no decidí, no yo, que sólo actué como me mandaron, como me dijeron que debía de hacer, ellos dijeron que era por su bien, por nuestro bien. Traicionamos lo conseguido, con voluntad rendida, nos refugiamos en obediencia debida. Callamos, asumimos y otorgamos la verdad por otros decidida, bajo el manto de la sumisión nos amparamos para no decir no, cerramos o nos vendamos los ojos para no sentir, y con un balido nos vale para asentir.

Nos quedamos quietos, sin decir ni hacer, acurrucados en el seno del hogar, y las protestas las miramos lejanas, como si ellos, los que las hacen y se oponen, fueran de otro lugar, de otro país, de otro planeta, no vecinos y amigos, ni compañeros ni familia, y los miramos como a niños que tienen pataleta, puesto que los que mandan así nos lo cuentan: “que no te influya”, dicen,  y procuran el desprestigio argumentando el capricho insolidario de aquellos que se manifiestan y se rebelan. Nos plegamos a su envite de sosegada incumbencia, y nos piden transigencia por nuestro bien. Disciplinados aceptamos el mandato de fiel siervo que a su amo debe respeto, si el daño es a otros y a nosotros no nos va en ello, que luchen los demás por conseguir lo que todos perdemos. Perdida nuestra dignidad y nuestra moral, y nuestros principios añicos hechos, que podemos esperar de una sociedad que se esconde bajo el halo del mandato satisfecho.

Cuando con gran excitación le conté a ella lo que había hecho él, y todo lo que había provocado en mí, cómo había revuelto todo mí interior, me miró raro. Llevábamos cuatro años conviviendo y nos sabíamos diferentes uno del otro pero nunca había visto esa mirada. No coincidíamos en muchas cosas, pero sí en la atracción y el amor que nos teníamos desde que nos conocimos, todo bien sazonado con buen sexo, eso nunca nos faltó. Pero esa mirada me puso en alerta, y tanto me movió como la acción de él.

Me había dejado llevar por el conformismo, casi siempre siguiendo las decisiones de ella, y no poniendo nunca en duda que era lo mejor para ambos, siempre evitando la confrontación y guardando en un cajón los temas en los que divergíamos. Ella pensaba en nosotros como un todo, y quería estar en una burbuja, que no nos influyeran las cosas que nos rodeaban, decía que nuestra felicidad estaría asegurada si nos manteníamos al margen de lo que podría perturbarnos. Pero,  ¿cómo se vive al margen de la sociedad que nos rodea?, ¿cómo podemos evitar que no nos afecten los actos de los demás? Esa mirada me descubrió que aunque la quiera no puedo ni quiero dejar de alterarme con las acciones de los otros, pero quiero tener a alguien que me acompañe en ese camino, no quiero la obediencia ciega que estaba teniendo con ella y hacía ella, y supe que por ese camino no me seguiría. Descubrí que la primera rebeldía la tenía que afrontar en casa, decidirme, y no resignarme, ¿cómo convivir con esa mirada? Y fue ver sus ojos en mí y brotar las palabras calladas sin saber que las callaba, fue ver su asombro y su displicencia a lo que le contaba, y surgir con brillo de tristeza en mis ojos la frase que lo precipitó todo: tenemos que hablar.

 

 

 

*Para el texto de hoy la banda sonora nos la pone Supersubmarina con su llamada a despertar del letargo, un mensaje muy próximo al del relato.

El baile de los muertos

Supersubmarina-Santacruz-Frontal

    **En la noche temática “El juego de la muerte” un buen documental (que recomiendo) sobre la obediencia y la influencia del medio televisivo, y que tuvo mucho que ver en que surgiera este texto.

El juego de la muerte

Programacion TV - La noche temática: El juego de la muerte

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