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Uno no sabe lo que es la humillación hasta que no ha sido puesto frente a ella o la ha sufrido, aunque a veces uno se expone a ella y la nutre con sus actos o sus palabras y no se da ni cuenta de que se está humillando a sí mismo. Verla de frente, si son otros el objetivo de ella es doloroso y apena y avergüenza, por lo que uno ve, y piensa en la aberración que está presenciando, como cuando uno mira un programa de televisión y el que sale en pantalla es vilipendiado o sirve de diana para la mofa y escarnio de esas personas que le rodean allí si está presente en el plató y si no está da igual, lo denigran y calumnian igualmente, con grandes gritos y aspavientos; o cuando el invitado o entrevistado habla y se expresa fatal por su falta de costumbre ante las cámaras o a veces por incultura y falta de estudios; o todos esos que por la calle responden incongruencias a periodistas o reporteros, y en todos estos casos viéndolo uno se pone colorado por vergüenza ajena y ha de cambiar el canal, y parece que así se libra de ello y descansa de tal turbación.

Y también pasa escuchando la radio, cuando entra en antena una llamada y lo que dice el oyente o escuchante, que ahora dicen, como para darle categoría, no sé ya si a la persona que está al otro lado de las ondas o por vanidad de los profesionales de la radio que se sienten mejor pensando que para quienes hablan les escuchan y no solo les oyen, cosa que me parece horrenda y pretenciosa, aunque lo hagan para darle más empaque a sus seguidores, en el fondo me suena más que es para alimentar su propio ego, no sentir que hablan a la nada, que hablan para nadie. Como decía, también en la radio aparece este sentimiento de bochorno, a veces uno escucha el relato de quién ha llamado a la emisora a dar su opinión entrando en directo o dejándola en un “contestador” y uno intenta pasar de ser escuchante a ser sólo oyente puesto que lo que escucha es penoso, no ya solo por la idea transmitida si no como lo transmite, o se desmarca hablando de algo que no viene a cuento al programa, y es entonces cuando indefectiblemente se va la mano para cambiar el dial y poder librarse de esa humillante imagen que está dejando de sí mismo esa persona, que quizás ni se da cuenta de que se está poniendo en evidencia. Pero en estos casos se es un elemento pasivo, meros observadores y escuchadores, aunque las situaciones nos azoren hasta el punto de intentar desprendernos de aquella visión o de aquellos discursos que nos parecen deleznables para el sentido común, en cambio hay otras situaciones en las que somos participes, protagonistas en esa humillación, no ya impuesta por nosotros mismos ni elegida como algunos de los casos anteriores, si no infligida por otros, unos que creyeron el deber de dar un escarmiento, so pena de limpiar su honor. Un ajuste de cuentas, de unas cuentas que uno no cree deber ni ser moroso de nada para con ese que ahora quiere cobrar para su regocijo y reposición de honra. Invitados como elementos activos de la situación aunque nos reservan un papel pasivo.

De cualquier modo, verlo de frente  y sentirlo si no eres tú el humillado tampoco es lo mismo que si la humillación cae sobre ti, y la vejación se hace en tus propias carnes, y se ceba en tu rostro y en tu dolor y en tu llanto; perdida la dignidad, por el miedo y la indefensión y la repulsión al acto no consentido.

Es un sentimiento horroroso cuando se sufre, quizás difícil de imaginar si nunca has pasado por ello. Lo más próximo a veces es escucharlo de la boca de otros que tuvieron que pasar ese mal trance e incluso les cuesta pensar que la desgracia cayó de esa manera sobre ellos, y no aciertan con las palabras que determinen sus sentimientos, su estado anímico de ahora y de cuando lo sufrieron. El de ahora puedes intentar intuirlo si consigues verle los ojos; bajos, arrastrados por el suelo, van con la cabeza baja, muy agachada como con un gran peso, triste la expresión y el llanto en el borde de los parpados siempre a punto de salir. Pero el de aquel día no se puede intuir ni por aproximación saber si antes no lo has visto, no has visto el rostro del humillado en pleno acto, en pleno momento de ofensa y burla. Pero yo sí lo vi, brevemente o no tan breve siendo sincero; el morbo hace que uno se recree en esas cosas que siempre dice nunca vería, o por las que asegura no se dejará llevar por asco o aprensión y convencimiento de que mirarlo no te hace mejor persona y al verlo formas parte de ello y eres participe de algo nauseabundo, y en vez de apagar o cambiar de canal o de dial como siempre uno hace, o procura hacer y defiende esa postura ante otros, se deja llevar por aquello que resulta hasta desagradable visionar.

Las imágenes no necesitaban grandes comentarios, el sonido grabado era más que descriptivo del trauma acaecido allí.

Parece ser que el encuentro se produjo de manera casual y fortuita, pero llevó a un desenlace grotesco. En aquella discoteca atestada de gente, fue mala pata que el destino hiciese que se pudiesen juntar de nuevo sus vidas, era un local inmenso y con tanta gente que lo normal hubiese sido que no se hubiesen visto, ni haber sabido uno del otro, pero la mala fortuna hizo que él con varios amigos decidiese moverse del lugar donde estaban cerca de una barra para ir a pedir a otra y de paso ver como estaba “el ganado” por otras partes de la “disco”, donde se ubicaban no había chicas accesibles a sus intereses.

Al avanzar entre la multitud, en una zona alta en la que se podía apreciar la pista y gran parte del sitio, vio su cara casi de improviso, y al verlo no le dio gran trascendencia, sólo lo le sonrió y le saludó, pero enseguida se dio cuenta de que su saludo no era bien recibido, al ver como el conocido tensaba la mandíbula y abría ostensiblemente los ojos, y al llegar a su altura le agarró del brazo cuando éste le iba a dar la mano. Él iba el último del grupo, por lo que sus amigos no se percataron de que quedaba rezagado y enseguida lo perdieron de vista. La música estaba muy alta y casi no podían oírse si no se acercaban mucho, el conocido le dijo que cómo se atrevía a saludarlo.

–          ¿Cómo te atreves?

–          ¿Qué dices? – un poco confuso, no entendía ese recibimiento.

–          ¡Cabrón, que sé lo que pasó en la fiesta de fin de año!

(-Ah, era eso, -ya comenzó a comprender esa actitud del conocido).

Era el novio de una amiga suya, y en Nochevieja él no asistió a la fiesta en la que estuvieron, y finalizando la noche con bastante alcohol por las venas de todos los amigos y amigas se enrolló con ella, con la novia de éste que ahora tenía enfrente. Aunque realmente solo estuvieron besándose sin llegar a nada más, dándose cuenta del error absurdo habían decidido olvidar el “percance”.

El caso es que ahora estaba frente al novio y se preguntaba cómo se había enterado él, a no ser que se lo hubiese dicho ella misma nadie más se lo podía haber contado, casi nadie fue testigo de ello, o eso creía. Pero estaba un poco aturdido, no entendía muy bien qué estaba pasando, él ya no iba con ese grupo de amigos, pero  por lo que tenía entendido, ellos ya no eran pareja, como para que viniese ahora con estas cuentas.

Lo que sucedió a continuación, pasó muy rápido.

El conocido le espetó si le gustaba joder a la gente y romper parejas, que qué era eso de liarse con las novias de otros. De repente se vio rodeado de tres individuos más y empezó a ponerse nervioso. 

En todo el rato el conocido no le soltó del brazo, y esto le había mantenido muy cercano a él, por el ruido estas pocas palabras que se cruzaron fueron muy cerca del oído, y como final y despedida le dijo:

–          ¡Anda, vete de aquí! lárgate de mí vista!

–          ¿De qué vas? ¿Quién eres tú para decirme que me vaya?

–          ¡Cómo que de qué voy, lárgate si no quieres que sea peor!

Una amenaza así de chulesca, en mitad de tanta gente,  es más fácil afrontarla, no creyendo que pueda ser llevado a cabo el acto amenazante. En cualquiera de los casos decidió no tentar a la suerte y marcharse.

–          ¡Que desaparezcas de mi vista!

–          Ya, ya me voy, ¡no hace falta que empujes!

El incidente le había dejado mal cuerpo, una situación así es desagradable y además en el transcurso había perdido de vista a sus amigos, dio una vuelta por el local oteando aquí y allá en busca de sus colegas, cerca de las barras era más fácil que los localizase, por la querencia que ésta tenía para ellos, pero tampoco hubo suerte. Pasada  casi media hora de búsqueda decidió marcharse. Se iba algo preocupado hacia la puerta, una sombra de intranquilidad le ocupaba la mente, estaba nervioso, era ya madrugada avanzada, y quizás sería difícil encontrar un Taxi, y temía volverse a encontrar con el conocido y sus amigos.

Los malos presagios ahogan, y él se ahogaba, el corazón le palpitaba en exceso, no sabía si achacarlo a la gran ingesta de alcohol o al suceso. También estaba un poco dubitativo en qué hacer, si debía marcharse sin sus amigos como si les diese plantón, aunque realmente era al contrario, la imposibilidad de encontrarlos le hacía sentirse plantado.

Todo lo siguiente, cuando a uno se lo cuentan no puede dar pábulo sobre su veracidad, por entenderlo exagerado y desorbitado, son esas cosas que uno no imagina que puedan suceder, salvo en las películas en las que se fuerzan los argumentos para generar historias entretenidas e impactantes, alejadas de la realidad, pero que a la gente le gusta ver. Y esto es, ver, lo que ha hecho que sí que crea no ya el relato del interior de la discoteca, si no lo habido fuera.

En la puerta había poca gente y poco tráfico, la zona no estaba muy bien iluminada y decidió cambiar de calle en busca de un Taxi, por allí a esas horas sería demasiada casualidad que pasase alguno. Según avanzaba oyó pasos a su espalda pero no le dio importancia, seguía saliendo gente de la discoteca aunque aún quedaban un par de horas hasta el cierre. Al girar la esquina fue cuando oyó unos pasos rápidos y fuertes como de alguien corriendo, varias personas corriendo, cuando giró la cabeza para mirar qué sucedía, vio como le agarraban cuatro individuos, y dos chicas que les acompañaban eran testigos de ello. Él quiso protestar, pero recibió un golpe en la cara que le hizo caer mareado, debió ser un golpe certero en el mentón, puesto que le dejó atolondrado, y no supo muy bien que pasó seguidamente, puesto que lo que recuerda es que estaba en el parque cercano a la discoteca, rodeado por los cuatro chicos y las dos chicas, una de ellas con un móvil grabándolo todo.

El miedo debe atenazar de tal manera que deja mudo, uno debe pensar que si grita todo será peor, y si no lo hace puede salir indemne de la situación comprometida en la que se encuentra, que los daños que sufrirá serán menores, que el agresor se compadecerá por no crear jaleo ni importunar su acción con alboroto, que el secuestrador lo liberará antes y sin represalia. Qué equivocado se está, en una situación así, todo lo malo que pienses se quedará corto, no da tiempo a pensar en lo malo que puede sucederte porque primero estás intentando ordenar tus pensamientos en saber por qué estás ahí, qué quieren de ti. Y cuando empiezas a entender y comprender ya es tarde y lo que pensabas podía pasarte ya te está pasando.

Oyó de nuevo la voz del conocido, le vio la cara con sonrisa cínica y los ojos brillantes inyectados en sangre, como de ido, un loco frente a él pensó, pero enseguida se dio cuenta de que estaba hasta arriba de alcohol y droga, posiblemente cocaína por el brillo de los ojos, y anfetaminas por la excitación en los movimientos y su hablar frenético, y que esas sustancias le diesen ese aspecto de demente, los amigos y amigas no le iban a la zaga, todos estaban muy alterados y con risas algo histéricas y absurdas, una de las chicas no dejaba de grabar toda esta situación incompresible para él.

Bajarse los pantalones era el inicio de la humillación, era el primer pago de una deuda no contraída o al menos no conocida, como cuando te embargan la cuenta por una multa de tráfico que no te llegó nunca ni nunca supiste de su existencia por no ser notificada, ni consciente de la posibilidad de ella por no saber que se cometió infracción alguna. La humillación se iba envolviendo de palabras y palabras, en las que sobresalían los exabruptos de machote, del tipo:

–          “Si te gusta joder a los demás también te gustará que te jodan”

–          “Te gustaría joderte también a mis amigas, ellas puede que quieran, dicen que eres guapete”

–          “Enseñadle las tetas, a ver si se le pone dura”

Y ellas divertidas le hacen caso y le muestran los pechos desnudos.

–          “Huy, no parece que te engorde la polla”

–          “No parece que como hace años te la ponga dura la novia de otro, quizás necesitas saber que ellas son nuestras novias para excitarte”

–          Ya sé lo que tú necesitas.

Por si acaso quisiera huir, estaba bien agarrado por dos de los cuatro chicos. Uno de ellos parecía más pasivo, sin intervenir, casi como no queriendo participar, aunque sin hacer nada por evitar la situación.

La denigración seguía avanzando y ya eran los calzoncillos los bajados, dejando su sexo al aire, sexo que supuso risitas de las chicas por verlo pequeño y asustado, tanto como el dueño de ese apéndice que casi desaparecía entre el vello púbico.

Las lágrimas ya asomaban y caían por las mejillas, había entrado en pánico y solo balbuceaba: “¡¡dejadme!!, yo no os he hecho nada”. Para evitar que hablase le taparon la boca con un pañuelo sacado del bolso de una de las chicas que al rebuscar sacó también un “consolador” que llevaba en él, algo que provocó las risotadas de todos los chicos, a la vez que le hacían comentarios de poco gusto sobre sus necesidades sexuales y que ellos le podrían proporcionar algo mejor.

La humillación iba subiendo de tono, le hicieron que se arrodillase  y se pusiese a “cuatro patas”, fue entonces cuando aquello se desbocaba sin remisión, tomando un cariz de juego feo, de burla y ofensa depravada, no ya para dar un susto y una lección por una afrenta lanzada en un remoto pasado y de la que se está cobrando prenda y pasando factura. Una de las chicas se subió a su espalda como si lo montase, y le golpeó en el culo cual si fuese un caballo al que arrease para avanzar. La otra chica no dejaba de grabar. La diversión ya no parecía poder ir más allá, cuando el conocido volvió a repetir: “Te gustará que te jodan”,  y se bajó los pantalones sacando su pene flácido, ante la mirada horrorizada del humillado. Unos segundos que se hicieron largos, muy largos, mirando el miembro viril de aquel tipo, a la vez que se movía con violencia para intentar desembarazarse de los que le sujetaban, y descabalgar a la chica.

“Lo malo es que, ¿ves?, no se me pone dura, no me pones, ´maricón´, estás de suerte”. Y un respiro pareció pasarle por la cara bien enfocada por la cámara. El rostro congestionado con el pañuelo amordazándolo, ese mismo rostro que pareció destensarse un segundo, sufrió un súbito cambio y el horror se hizo más patente de golpe, de repente, transmutando en deseo de morirse y desaparecer y que esta pesadilla terminase, cuando oyó al conocido decirle: “O quizás no tuviste tanta suerte”, a la vez que le mostraba el “consolador” bastante grueso con su forma de pene; “Hay días que es mejor no salir de casa, y lanzó una carcajada”.

Cuando has visto la cara de la humillación es difícil olvidarla, ver la rabia, el dolor, la vergüenza, el miedo. El relato no es comparable a la imagen, uno puede pensar que lo que le cuentan es humillante, degradante, uno puede oírlo de palabra por el mismo humillado o por terceros, o leerlo como relato del que lo sufrió o de otro que transcribe ese relato de lo acontecido, y solidarizarse con la persona que crees que no merece haber pasado por ello, haber recibido una tunda por una cuenta pendiente, por un acto de un pasado lejano, por algo habido en la juventud, cuando casi no somos conscientes de la transcendencia de los actos. Y si es impactante la imagen, ésta es aún más cuando va acompañada del sonido del llanto y el grito y el chillido desgarrador del que están desgarrando, y ver la sangre del vejado y la saña del que veja, es algo que difícilmente no deja huella, y uno piensa en cuantas de estas situaciones hay en el mundo que no nos llegan. Y uno no sabe lo que es la humillación hasta que no ha sido puesto frente a ella.

 

*Nos lo canta Vetusta Morla, hay tanto idiota ahí fuera que avergüenza y daña, que solo nos queda el sálvese quien pueda.

Sálvese quien pueda

Vetusta_Morla-Un_Dia_En_El_Mundo-Frontal

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