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Tengo buen cuerpo, soy guapa y tengo carácter. Esto queda fatal decirlo de una misma, pero si no me lo digo yo quién me lo dirá. Bueno…, mis padres. Siempre o casi siempre para los padres, los hijos son lo mejor y ganan por goleada al resto de hijos. Aunque hay excepciones en las que los padres son monstruos que asustan  y empequeñecen, que no dejan desarrollarse como persona, que todas las decisiones son puestas en duda, son matizadas. Hay padres que con su autoritarismo no dejan que se sea libre de decidir, y si son hijas con más fuerza y decisión, padres que dicen: -“Qué van a pensar de ti, que van a pensar de nosotros”.

Que dicen: – “¡Qué educación van a creer que te he dado!”,

Que dicen: – “¡Dónde vas así vestida, pareces una puta!”.

Y entonces anulan a sus hijas, siempre o casi siempre a las hijas, no a los hijos, los hijos son otra cosa.

Hay padres que ensombrecen todo. Y cuando digo padres, digo padres y madres. La madre muchas veces es peor aún que el padre. La madre como mujer desaprueba los actos de las hijas, la madre por su educación poco liberal intenta inculcar esos mismo valores encorsetados y opresivos a las niñas, que se le muestran desvalidas y a merced de cualquier desaprensivo, e intentan salvarlas de su inconsciencia, de ellas mismas, de  ser mujer.

La misma madre que hace que el hijo no haga nada en casa es la que despotrica porque la hija toma ejemplo del hermano, y comienza el enfrentamiento entre ambas mujeres por el agravio comparativo. Y para salir el hermano tiene el beneplácito de la madre y la hija tiene mil obstáculos para el mismo fin. Y ante la disputa surge la figura pacificadora y arbitraria del padre que termina por asestar el rejón o estocada final para dar la razón a la madre. Y la hija se cerciora por completo del trato injusto y diferente por ser ella mujer y no hombre y por no tener los mismos beneficios que el hermano que campa a sus anchas por la casa y fuera de ella. Y el padre emerge como figura castigadora, auspiciada aún más por la madre, ungiéndole como padre talibán en el refuerzo y descargo de ella, de la madre.

“Talibán”, palabra muy de moda, pero no hay que irse en busca de otros vocablos en otras religiones u otras culturas para encontrar una palabra que conlleva un comportamiento similar a aquél que nos suena mejor por ser lejano y parecernos que nosotros no somos participes de ello, ese comportamiento que siempre hemos tenido muy cerca y que, quizás por ello, el significado pierde fuerza y se entiende y acepta como normal. Decir: “padre machista”, nos parece menos fuerte que lo otro, cuando es lo mismo. Coartar la libertad de la mujer, la esposa y la hija, como estado natural de existencia, como un ser inferior a él, que domina la casa y la sociedad por ser hombre.

La madre que muchas veces esconde su verdadero pensar, diciendo a la hija que si por ella fuera no sería así, que es mejor no llevar la contraria al padre, pero miente y hace que el odio de la hija sólo crezca hacia el padre y no hacia ambos, puesto que ve a la madre como víctima igual que ella, y aunque hay ocasiones en que esto es así, otras tantas es falso y simulado y la madre está más que de acuerdo con el padre, e incluso con mayor insistencia conmina al padre para que se muestre duro con la niña, que según su pensamiento se le descarría.

Por suerte no tuve esos padres, y mi forma de ser no obedece a una postura contestataria, sino a una certeza de que todos somos iguales, hombres y mujeres, y que estamos aquí para disfrutar y vivir lo más intensamente posible. La vida es corta y es una pena echarla a perder, no dar rienda suelta y aprovechar cada minuto es un delito, es un momento y un tiempo que no se recupera.

Por eso no tengo tapujos, y me gusta hacer lo que me gusta. Tomar mis decisiones con sus aciertos y sus errores. A veces puedo parecer frívola, pero los que me conocen bien, cierto que no son muchos, saben que no lo soy, que debajo de mis vaqueros ajustados, de mis vestidos y mis tacones, de mi máscara de ojos y mis labios pintados, hay mucho más. Que detrás de mis manos perfectas con uñas esmaltadas, hay unas manos fuertes capaces del trabajo manual, del golpe en la cara y de la caricia más sensual. Que me apetezca salir arreglada y bien pintada según la ocasión, no quiere decir que sea tonta, que me miren con recelo ellas y con descaro ellos, no me incomoda. Yo decido en cada momento cómo y cuándo quiero. Y si voy muy escotada y alguno se fija en ello, lo decidí al salir, y es lógico que sus ojos no puedan evitar mirar lo que muestro y dejo a la imaginación, que eso es lo peor para ellos, con eso los tendrás rendidos e hipnotizados. En algunos casos sus miradas son ordinarias y burdas, pero no en todos los casos.

No soy del tipo de mujeres que se pone escote y luego va todo el rato recolocándolo para evitar enseñar lo que ya en casa es evidente que iba a estar al albur de los demás, o esas otras mujeres que se ponen blusas transparentes y después van por la calle o el metro molestas  con las miradas de hombres o mujeres e intentan tapar algo con los brazos esa visión, y ven impúdicas esas miradas y ese interés con descaro de ellos por cierta parte de su cuerpo, como si aquella blusa que deja ver su ropa interior no fuese invitadora a los ojos y miradas de los demás. Tampoco soy de esas mujeres que me pongo minifalda de infarto y luego todo el tiempo pierdo la compostura y elegancia tirando de ella hacia abajo, en esos caso es mejor optar por no ponerla, es mejor una falta corta pero que no se mueva de sus sitio esas que trepan por el cuerpo son incomodas y horrorosas, la dejan a una en una situación ridícula de movimientos y aspavientos de recato cuando vas con una prenda que se da de bofetadas con el recato.

No siempre el mirar de una transparencia o un escote o la falda corta es algo baboso, a veces, muchas veces, es de admiración y placer contemplativo, sobre todo si lo mostrado es mostrado a propósito, y siempre que no sea un mirar agresivo ni irrespetuoso o insidioso, a mí me halaga, para eso lo llevo, incluso si al pasar por el lado de un hombre yo arreglada hasta el tuétano no me mirase pensaría que algo va mal. Si una mujer empezando la madurez no hace girarse a un hombre, o al menos, hace que este mire recatadamente mi presencia, me tendría que replantear si ya entré en ese mundo del estar sin ser vista como un fantasma en un castillo que sólo es presentida por los animales que acompañan a los habitantes de la casa.

La vida está llena de escotes por los que asomarse y unos dejan huella y marcan, y otros solo deleitan la vista, no es lo que se ve si no lo que uno compone dentro de sí mismo para vestir ese escote con nuestra percepción y nuestros sentimientos, y hay hombres que ponen mucho sentimiento en ese mirar y recrearse, y a mí me gusta cuando veo que se hace sin chabacanería, sin ser zafio, con estilo. Hay hombres que saben mirar. Sí que es cierto que la mayoría no, se desbordan en grosería cuando lo que se luce deja ver o intuir o levemente descubrir ciertos encantos, es ahí donde se sabe si un hombre merece la pena, el que observa con delicadeza sin abrumar ni agobiar, el que mira con el deseo contenido y que se lleva tu imagen con él, el que sabes que más que mirar entra en trance, porque no ve solo una parte de carne, ve más allá, ve lo que le gustaría hacerte, ve lo suave que sería estar y entrar en contacto con la piel que ve, y eso se lo veo en la cara, sé diferenciar al tipo que te violaría y al que te trataría con todo el cuidado del mundo, aquél que se preocuparía primero de darte placer, porque él disfruta viendo cómo consigue darte ese goce para luego desbocarse y tocar el cielo juntos, o un poquito después, para asegurase de que tú has llegado plenamente. Veo sus manos, para mí son importantes, y sé si serán delicadas en el roce y el trato, aunque reconozco que algunas veces me confundí y no atisbé, no supe ver a primera vista lo fenomenal que podía ser un amante hasta haber sentido sus dedos buscar donde a muchos ni se les ocurriría, y seducirme con sus besos y con esas manos deleitosas, tanto que solo con ellas, como si de un instrumento musical se tratase han sabido sacar toda la música y gemido contenido en mí.

No tengo pareja, de momento no encontré nadie con el que quiera compartir mi día a día, pero es mi decisión, estoy a gusto en mi situación, solitaria, que no sola. Quizás algunas de mis conocidas hablen a mis espaldas, de mi forma de ser, de mi elección libertaria, de sexo cuando quiero y con quién me gusta. Ellas quizás como esas madres sexistas no lo entiendan, y me vean como una “puta” por hacer lo que a los hombres se les tiene en pleitesía, o quizás es envidia por mi osadía que ellas nunca tuvieron, no ya ahora que encontraron pareja “definitiva” y es más lógica su fidelidad, sino antes cuando a locas se salía en busca de diversión y nunca se atrevieron a llevarla al sexo.

Puede que haya gente  que piense que en la vejez me encontraré sola y me acordaré de los años de locura en los que algunos me ofrecieron la estabilidad emocional que ellos decían ver que necesitaba, pero vivo el aquí y el ahora, no quiero pensar en ser una anciana venerable con su venerable maridito anciano, quizás no llegue a esa edad en la que perdonamos todas las cosas a la gente solo por ser viejos, aunque hayan sido lo peor de lo peor, la peor calaña habida en el mundo. No sé si llegaré a ese momento vital, probablemente sí, pero hasta entonces quiero vivir cada instante plenamente y si un día me enamoro hasta los huesos bienvenido sea, no nos engañemos, cuando eso llega no hay quién lo pare sin sucumbir a la infelicidad en el intento. Y si no llega nadie, seguiré viviendo.

 

 

*La Protagonista del relato no pierde su rumbo como en la canción de Marlango. Se siente exquisita.

Exquisita

Marlango - un día extraordinario

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