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Cartografié tu cuerpo y me fui por la deriva equivocada, por la derrota que me llevó a la derrota, y me dejó con un rumbo dudoso. No supe navegar por tus escollos. Rutilante te veía y pensé que sabría seguir esa luz, que sabría moverme guiado por tus destellos, pero me estaba equivocando. Eso mismo me debió cegar,  o al menos, dejar la atmosfera cargada como en un desierto, de tal manera que no supe adivinar los caminos a seguir, los buenos, los que me llevasen por la vía del entendimiento. Todo se turbó en espejismo que me desviaba de la senda buena.

Y el recuerdo de ese cuerpo que tanto admiré, por el que tantos días vagué y recorrí, perdiendo la noción del tiempo, con mis dedos, mis labios, mis párpados, mis brazos, mis piernas y mi sexo. Mi duro sexo que no podía evitar derramarse tras ese paseo de deleites táctiles y visuales, de edén aromático por el olfato guiado, con los ojos cerrados cuando tanta belleza no se hacía soportable a la vista, cuando ya no podía mantener mis pupilas navegando por dunas de bello erizado, contornos dibujados en un horizonte de sábana y almohada. Luz tenue entrando por la ventana en mañanas de estío, luz cálida de lámparas en noches de frío invernal. Dulce brisa, en siestas primaverales, y escalofrío de ráfaga otoñal. Todas las estaciones eran una en tu cuerpo, en tu vaivén, en tu sonrisa, todas las estaciones eran una, eras mi estación, donde el frío y el calor se aúnan, donde el sudor y el escalofrío se juntan resultado de un sol abrasador que destempla al cuerpo, como al cuerpo que a ti se arrima.

Todo ese mapa de sensaciones y sentimientos queda arrugado y deformado por el tiempo, ya no sé cómo interpretar aquellos signos que marqué en otro momento, ya dudo del camino de vuelta que me llevó a lo lejos, perdido de ti, como en un descuido azaroso, errando el destino, errando la senda, por márgenes de barrancos y desatinos. Había trazado cada curva, cada margen, cada sima en mi mapa interno, cada giro bien marcado y balizado, para no despeñarme en el duro paso hacia un futuro que nos llevase al paraíso y no al infierno. Purgatorio no hay, solo camino angosto, y me encuentro desterrado a la vereda, por buscar atajos que simplificasen el paso por acantilados que surgieron en el trato incómodo, del día y la noche que se nos hicieron insalvables, deslumbrados por lo cotidiano y el cansancio de lo rutinario.

Te lo digo ahora que miro y no veo el brillo de esa luciérnaga en nocturnidad que siempre aparecía en las noches sin luna. Desde este reducto donde me encuentro, me ahoga el paso presuroso por no ser el paso cierto, el bueno, el que me acerque a lo que el trazo de mi mano hizo bosquejo, para un día volver sin demora a navegar por tus pechos. Casi despeñado, casi perdido por completo. Te lo digo, y no sé si lo entiendes pues te fuiste lejos, tan lejos que percibo que no quieres ser faro para dar luz para un regreso. ¿Realmente lo creo?, ¿creo que seas tú quién esquiva darme luz o brújula o sextante? ¿O soy yo el que borra el trazo en el mapa de mis sentimientos? Ya dudo, lo dudo todo menos de lo que fue cierto, los arrecifes de coral que era todo tu cuerpo. Pero las líneas cinceladas en mi mente para no desperdiciar el tiempo en pos de un camino turbulento, han quedado erosionadas y corroídas, difusas a la interpretación, dañadas por el tiempo y el cansancio y la distancia que me dejaron fuera, aislado de lo que será tu futuro que ya no centellea para decirme vuelve, que ya no refulge para mí.

 

 

*El camino marcado en los planos imaginados e imaginarios de nuestro protagonista quedaron difusos y borrados como en la canción de Quique González.

Deslumbrado

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