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Viajamos mentalmente por la fascinación de lo desconocido, un no sé qué nos empuja a ello. Una foto, una canción, un libro, o algo de lo que nos han hablado y narrado o descrito, nos activa el deseo de estar allí. Una añoranza de ver aquellos lugares, que no se pueden añorar puesto que nunca se vivieron ni se vieron realmente con los ojos, y sí más con la mente. Cuando era joven y aún no viajaba, escribía, garabateaba el papel, plasmando melancolías, por lugares no transitados, por ecos no oídos, por vientos no sentidos en el rostro, e incluso se generaba un nudo en la garganta, un brillo en los ojos, y una tristeza, por creer que nunca podría “volver” a estar y pasear aquellos lugares, como si no fuese un primer viaje el ansiado y sí una evocación de algo ya vivido. Con las mujeres pasaba lo mismo, en el papel quedaban los anhelos de ellas, de volver con ellas, cuando nunca fueron el lugar a regresar, nunca habían sido el destino al que se llegó. Ellas también eran un viaje a lo desconocido, un mundo que esperaba ser descubierto, para deleitarnos con su presencia, con sus palabras, sus gestos y sus caricias, que soñaba compartidas.

Hoy ya no tan joven, iniciados algunos viajes por lugares y mujeres, se mezcla todo aquello. Ya si hay recuerdos de vivencias, y sí que las añoranzas son reales, se rememoran paisajes y calles, y rincones y besos, y miradas, y frases, dulces unas veces y lacerantes otras. Sigue habiendo tanto mundo que recorrer y conocer que cada día surgen tierras deseadas y nuevas añoranzas, aunque con los años quizá se desmoronó o se aplacó ese otro viajar en busca de mujeres, en busca de descubrir sus enigmas, o quizá pudo ser que uno ya encontró un lugar donde estar y residir, un corazón acogedor, y unos ojos en los que perderse y por los que viajar eternamente. Esos ojos que brillan cuando me miran, igual que los míos cuando los miran, me recuerdan los anhelos, algunos cumplidos juntos, y traen esos escalofríos sentidos en la juventud, cuando queriendo estar en lugares lejanos, sintiendo otros aires, brisas de mares, escribía en los papeles bajo la luz tenue, apesadumbrado, por no poder conocer otros sitios, ilusamente amados, y comparados con mi lugar habitado. Y la música que me transportaba en esa época, lo vuelve a hacer hoy, ya conocidas aquellas ciudades soñadas, pero la música no me lleva solo a ellas, me lo junta todo, aquellos años iniciáticos con lo visto después, me lleva a antes y a después, cuando uno trae a la cabeza lo ideado y lo realizado, lo que  imaginaba y lo que con el tiempo vio, allí, en el Morro, o en el muro, sintiendo como en la canción, un poco de muerte, y se eriza la piel al volver a traer aquellos versos de casi niñez, emulando a poetas.

 

(LH)

Habana.

Añorada Habana.

Tan leída, tan sentida,

desde el malecón

a la Habana vieja,

que ahora es

Vieja Habana.

Decadente,

cae a trozos,

trozos de Revo

que nadie para.

No veo el momento de ir

a la Vieja Habana.

(BA)

Soñada Buenos Aires,

no estoy acá

sino allá,

siempre quise ir Buenos Aires,

tangos y arrabales,

sucios arrabales.

Solo, en la soledad,

te añoro sin verte,

sin conocerte.

Quizás, en otra vida fuese

Bonaerense.

Río de la Plata,

que como Madrid,

me mata.

(M, BA, LH)

Madrid, Buenos Aires, La Habana

tres ciudades hermanas,

peculiares,

lejanas.

Sólo conozco Madrid,

y añoro La Habana.

Sólo soy de Madrid

y Buenos Aires me mata.

¿Cuándo visitaré Buenos Aires?

¿Cuándo visitaré La Habana?

    *Acompañando el texto de hoy, esta canción de Silvio que siempre me trae un punto de melancolía aflorando esos recuerdos. Ya conocí aquellos lugares soñados, pero otros muchos aparecieron en el camino, y otras canciones y otras músicas los evocan.

Esto no es una elegía

Silvio Rodriguez - Mujeres 1978

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