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Tenía la costumbre de escribir notas, poemas, palabras hiladas que regalaba a desconocidas. Le gustaba imaginar qué cara pondrían cuando descubriesen el papel dentro de su bolso, o su bolsillo, o donde lo hubiese conseguido deslizar. Unas veces lo llevaba ya escrito sin saber quién sería su destinataria, quién sería la que se ajustase a lo escrito, y otras impulsado por la visión de alguna mujer, se lanzaba a garabatear rápido y compulsivamente unas líneas delicadas y bellas. Suerte que tenía una letra bella y muy legible, y aunque escribiese con premura quedaba el papel como si lenta y sosegadamente lo hubiese escrito. Él escribía cosas como: “Tu piel nacarada,/ refulgente,/ me ha invitado a soñar,/ soñar con atardeceres a tu vera,/ rozando nuestras manos,/ en silencio atronador,/ sin otro placer,/ incomparable placer,/ al de estar a tu lado.”

En su interior siempre bullían palabras que decir y obsequiar con sigilo. Estando en su casa, en el transporte público, en el trabajo, siempre, constantemente dándole vueltas a expresar deseos y lisonjas con dulces prosas o versos. Algunas veces volvía a ver a alguna de sus “victimas” y se preguntaba si ella estaría expectante y vigilante, observando a su alrededor en busca de la persona que le posó  ese retazo escrito. Se preguntaba si quizás se lo habría tomado como afrenta u obra de un loco y obseso que la pudiese atacar. En esos casos se sentía mal, pensar que ellas podrían sentirse amenazadas le hacía incomodarse, esa imagen estaba muy lejos de su deseo, que era dar rienda suelta a la necesidad de alabar y decir lo bello que le resultaba esa visión. Muchas veces estos textos se los ofrecía a mujeres que no resultaban llamativas a primera vista, englobadas más bien en la normalidad, las veía tristes, apagadas, pero él las descubría entre la multitud y veía algún halo que le empujaba a escribir, y era en esos casos cuando casi más le gustaba y disfrutaba con lo que hacía. Se veía a sí mismo como una especie de Robín Hood al rescate de mujeres con falta de autoestima, mujeres a las que se les robó su amor propio. Él escribía cosas como: “Tu pelo azabache,/ el aire con caricias ondula,/ al viento enamora./ Melena negra para rostro gitano,/ morena belleza cordobesa,/ ojos negros,/ de antiguo reino de Taifas./ Tú enamoras con simple mirada”.

Sus frases y versos de colegial le hacían sentirse bien, y pensaba cuánto tiempo haría que esas mujeres no eran el centro de piropos, de floreo y adulación. Quién sabe si lo fueron alguna vez. Y en su delirio, imaginaba que ellas al salir de casa la próxima vez irían más altivas, sabiéndose de belleza atesorada durante mucho tiempo, y que alguien al fin descubrió, y van por la calle sin la frente marchita de días pasados.

Y esas palabras que él vertía en los papeles, con todo el amor destilando por el bolígrafo, tinta venida de su corazón, hacían que cada vez se le fuese quedando más seco. Todo lo daba, todo fluía de él, pero nada lo llenaba, salían palabras pero ninguna lo alimentaba, nunca recibió esas mismas frases que lo fortaleciesen como él las daba para reforzar sentimientos de mujeres, bellas y no tan bellas, y en su afán de dar no percibía o no quería percibir que nadie se las daba, que nunca nadie se las dio.

 

*Aunque la canción ya la he utilizado para otro texto, hoy la retomo, esta vez en su versión original de Cecilia, creo que expresa muy bien el sentimiento del protagonista del relato de hoy. Una nota perdida, una palabra vacía en un poema… Nada de nadie.

Nada de nada

Cecilia-Cecilia-Frontal1

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