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No podía creerlo, el olor le llegaba perfectamente, le producía nauseas, desde el cubo de basura llegaba aquel olor insoportable. Se lo había dicho desde un inicio, desde que se conocieron e intimaron, y esto era una provocación, sin duda. Ese aroma a falso monte, a simulacro de pino dentro de la cocina. La cosa no iba bien en los últimos meses, pero este acto era directamente una declaración de guerra, la declaración de sus intenciones de molestar y “joderle la vida”. No podía esperar una acción tan ruin por parte de ella. Ahora ya no había vuelta atrás, ni perdón posible. Ahí estaba él, tapándose la boca y la nariz para poder pasar este mal trago. Le repugnaba la idea de acercarse al cubo, pero lo tenía que hacer, tenía que cogerlo y tirarlo antes de que fuese a enfermar. El cuerpo le pedía salir corriendo de la casa, pero la mente le decía que tendría que volver a ella en algún momento y el hedor seguiría allí a su vuelta, con lo que lo mejor era deshacerse de ello cuanto antes. Los últimos días todo estaba degradado, ya casi ni se miraban a la cara, aún compartían cama, pero desde hace bastante no compartían sexo, ni caricias, ni afectos, ni miradas cómplices, contrariamente lo que había era huida en ellas, intento de no cruzarse sus pupilas.

Últimamente, él demoraba su regreso a casa cuando terminaba su jornada laboral que alargaba lo más que podía, y cuando ya no había más remedio, cerraba y apagaba el ordenador. Se quedaba allí sentado, mirando la pantalla en negro, con la mente perdida. Vacío de ganas de seguir con la rutina. Rutina del retorno a la ínsula compartida que cada vez se le hacía más pequeña y asfixiante. Mirando el monitor esos minutos, lo que veía negro, en un pasado no demasiado lejano era todo de colores alegres. Lo que hizo que cambiara ese colorido a la ausencia de color no lo sabe bien, no alcanza a encontrar aquel punto de inflexión en donde decir: “ahí la cosa se marchitó”. Mirando atrás ve que la relación fue perdiendo fuerza y el ímpetu inicial se transformó en desidia y desánimo. El respeto sobre las diferencias entre ambos pasó de ser limado a afilado y utilizado como punta de lanza para dañar al otro, y hoy ella lo ha llevado a su mayor cota.

Cuando se fueron conociendo les parecía que eran el complemento perfecto uno con el otro, compartían aficiones, y formas de ver las cosas, y eso hizo que no demasiado tiempo después decidiesen ir a vivir juntos. En sus conversaciones pasaban de lo profundo a lo más ordinario con facilidad, contándose lo que estimaban y lo que detestaban. Poniéndose al tanto de sus costumbres y manías del día a día, y ahí salió a relucir algo que parecía de lo más corriente y sin mayor importancia y que él asimiló no sin cierta obligación. Ella era amante de los ambientadores por la costumbre arraigada en casa de sus padres, siempre los habían utilizado, y él en cambio los odiaba, no podía aguantar en su nariz lo fuerte y molesto de esos efluvios químicos, que hasta a veces sentía que le hacían daño al inhalarlos y siempre le ponían dolor de cabeza. Ella quería que todo estuviese con aromas artificiales que decía eran naturales, hablaba de tener un ambiente fresco y limpio, del salón al baño, pasando por el resto de habitaciones y llegando a la cocina donde le gustaban las bolsas de basura con fragancias, y él que hacía un esfuerzo en aguantar ese reparto de olores por la casa, no soportaba en ese aspecto el de las bolsas, prefería que allí no hubiese ninguno efluvio que se mezclase con el tufo a basura, generando una mezcla aún peor que el malo proveniente de los desechos. Él decía que si empezaba a oler la basura, pues se tiraba y resuelto el tema, pero ella no estaba de acuerdo. Como en esos orígenes él estaba por el amor, esto hizo que en ese punto cediese a lo que ella quería, llegando a un acuerdo, al menos sería con olor a lavanda. Acuerdo que hoy había saltado por los aires, acuerdo que hoy ella quebró a sabiendas que lo encabronaría. Esa emanación del cubo de basura a lavanda había sido cambiado por el insoportable a pino. Habían quedado en que nunca pondrían bolsas con olor a pino, ese olor lo inunda todo en la cocina, y si al menos hubiesen conseguido el aroma del pino, pero la mayoría de las veces es un olor a eucalipto que tira para atrás. Cuando uno se pone a cocinar se cree que está haciendo barbacoa en mitad de una arboleda que mata todos los aromas de alrededor, es un olor tan intenso que uno no sabe ni lo que está guisando, en vez de ser una esencia agradable se convierte en fastidiosa y revuelve el estómago; pruebas a ver cómo está el guiso de sabor y crees que te estás comiendo el monte. Al menos con las bolsas de lavanda, ese olor se convierte en un vaho tenue y floral, poco persistente que no hace querer salir corriendo de la cocina.

Además con las de lavanda, al menos te imaginas al mirar hacia el cubo que hay una plantita, y no un pedazo de árbol allí, en mitad de la minúscula cocina, creyendo que en cualquier momento te caerá una piña en la cabeza y una ardilla bajará y te quitará el pedazo de queso que tienes en la mano mientras tomas el tentempié antes de acabar el guiso, que no son unas chuletas y no estás con la bota de vino amarrada y bebiendo para no añusgarse, en plan campestre.

Llegado a este punto, y como ya no lo movía el amor sino más bien el odio, se le pasa por la cabeza coger una bolsa de basura con olor a lavanda, con su suave aroma a campiña que les había acompañado hasta el día de hoy en el que ella le jodió con alevosía, y piensa en meter todos sus vestidos preferidos para tirarlos al contenedor de “Humana”.  Nunca se planteó porqué prefería un olor u otro, simplemente era que uno le gustaba y otro no, pero sin duda ya sabe porqué eran mejor las bolsas con olor a lavanda y no a pino, las primeras dejan salir lo mejor de uno, no es un olor agresivo, por ello se vuelve suave y delicado el que lo percibe, sin embargo el pino saca de nosotros al lobo que llevamos dentro y nos arrastra a esos bosques lúgubres, de donde proviene ese olor, y que no dejan pasar el sol y muestran todo sombrío y frío, como él siente el corazón, con irremediable deseo de deshacerse de ella.

 

Madrid 12/12/12 a las 12 del medio día.

*Para el proyecto de “La Tertulia”, me tocó el apasionante tema: “Cuáles son las mejores bolsas para la basura, bolsas con olor a pino o a lavanda”. Claramente las segundas ganan, y como en la canción de El canto del loco, no estar de acuerdo en esto colma el vaso y convierte a la pareja en alguien insoportable.

Insoportable

elcantodelloco- estadosdeanimo

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