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–          Que noooo, que no la cagaste, que fui yo la que empecé…

–          Ya, pero quise ser gracioso, y no fui muy afortunado.

–          Seguramente que lo fuiste, pero yo me lo tomé como me lo tomé por estar predispuesta a ello. Discúlpame tú. Y lo zanjamos, ok?

–           Vale, muñeca, je, es broma.

–          Aunque lo de no quedar, ya sí que va a seguir en pié. No te lo tomes a mal, es una cosa mía. Que me va a costar, pero debo  hacerlo.

–          Tendré que respetar tu decisión, no me queda otra, no te voy a llevar a rastras…

–          Hombre, espero que no… entonces sí que me tomarías como una muñeca, pero de la edad de piedra!!

Lo siento de veras, han sido muy buenos ratos. Pero no tengo otra, me voy a consumir de tanto darle a la cabeza, y no me hace feliz la situación…

–          Ok, si está afectando a tu felicidad, prefiero parar, claro.

–          Gracias.

–          Siento que lo hayas estado pasando mal.

–          Bueno, ahora lo pasaré peor…

–          Seguro que no, como con ello dejarás de darle vueltas a la cabeza como dices, que te estás consumiendo. Te sentirás mejor, aliviada.

–          Ojalá sea como dices.

–          Seguro que sí, apartar lo que te hace infeliz ayudará. Siento haber provocado ese sentimiento.

–          Bueno, también me hizo feliz en muchos momentos. En casi todos.

–          Pero haber provocado un minuto de Infelicidad pesa más…

–          Agradezco tu comprensión, de veras. Eres genial.

–          No lo soy, no soy genial, soy débil, y falso, e infeliz.

–          Bueno, no somos perfectos!!  En algunas cosas no te puedo rebatir, yo también soy débil.

–          Sobre todo de pensamiento, débil y depravado, el sexo me puede, bueno el deseo sexual mejor dicho

–          Bueno, pero del pensamiento al hecho va un trecho, como se suele decir…

El pensamiento es libre.

–          Sí, claro, pero el pensamiento lleva deseo de llevarlo a cabo.

Dices que te consumías, ¿Qué pasaba que cuando te ibas a casa seguías pensando?

–          Sigo consumiéndome, cuando pueda hablar en pasado, ya te lo contaré.

–          Pensé que lo que te consumía, era el haber hecho el acto, el remordimiento de la traición a la pareja.

–          Es más complejo que eso, pero prefiero no hablar de ello.

–          Quizás te venga bien hablarlo, sacarlo de dentro.

–          No, creo que no. Ya me fustigo yo solita.

–          Pues eso, es mejor no dañarse uno por dentro.

–          Ya me lo he hecho, por eso creo que mejor no hablarlo, y menos contigo, no quiero traspasarte mis miserias…  y hacerte culpable de algo que no te mereces…

–          ¿Por qué te has hecho daño?

–          Pues porque sí, me equivoqué desde el principio. Pero ya está hecho, y lo único que queda es esperar a que pase el tiempo, que es lo único que cierra heridas.

Por cierto, tú no habrás tenido todavía ningún bache en tu vida matrimonial, claro…

–          Bueno, quizás uno constante interno, como te dije alguna vez, sobre el tema afectivo.

Yo tengo un problema afectivo, quiero pero en el fondo no sé si quiero lo suficiente.

–          Ese problema del que hablas, yo creo que lo tiene todo el mundo, la verdad.

–          No sé, con el tema de querer, tengo muchas dudas.

–          Bueno, pero eso es normal, nadie está totalmente seguro todo el tiempo…

–          Ya, pero es jodido.

Pensar a veces que engañas constantemente.

–          Ya lo creo.

¿Constantemente?

–          Sí.

–          Nooo, exagerado!

–          Sí, no exagero.

–          Eso no puede ser. Dices que a veces.

–          Bueno muchas veces, me pregunto si quiero a alguien realmente. Rollos míos, no me hagas caso.

–          No son rollos, te entiendo perfectamente. Como no te voy a entender, si soy la reina de las dudas.

–          Ya, pero tú es por un caso en particular, yo es por todo.

–          Ah, que ¿quieres o no a muchas?

–          No, si quiero a alguien, ya te he dicho.

–          Perdona, no te he entendido, y sigo sin entender, lo siento.

–          Bueno, pues que no sé si quisiera estar solo. Algo misántropo me siento.

–          Ah, bueno, pero eso no es lo mismo, creo.

–          ¿Lo mismo que, qué?

–          Tú hablas de vivir sin ataduras

–          Sí, algo así.

Un “bala” perdida, – ja ja –

–          Si, – jaja – … eso está bien, aunque luego, a ver quién te aguanta en la vejez… – jaja – …

–          Sí, claro, pero bueno, no me importa no llegar a muy viejo.

–          No es que te importe, es lo que dures, y como.

–          Y sí es necesario acabar antes, se acaba…

–          Qué fácil lo ves.

Acabar cómo.

–          Suicidándose

–          Anda, anda, ya tendrías que estar muy desesperado, ¿no?

–          Digo de viejo, sin ganas de vivir, no sé.

Bueno no te aburro más.

–          Ser viejo no significa perder las ganas de vivir…

–          No, pero cuando esas ganas no te acompañaron nunca, no se pierden por viejo, si no por cansancio de haber vivido sin ellas, sin las ganas.

Como tú que ya has perdido las ganas de mí…

–          Eres injusto

–          … y por eso estamos con nuestra última conversación, ésta que cerrará una página de nuestras vidas, que debe quedar dentro de un sobre bien lacrado. Palabras

El silencio se apodera de todo después de esta última frase, un silencio tenso, incluso aterrador, de esos que hacen pensar que algo, y no bueno, va a pasar. No sé si esto significa el final verdadero, otras veces ya hubo amagos de acabar con algo que empezó sin casi quererlo, como juego de fuga, de cambio y novedad, algo que se fue enredando y maniatando nuestros actos.

Ella mira al exterior por la ventana, casi en la necesidad de evitar mirarme, con los ojos vidriosos, ojos que traslucen cierta tristeza. Percibo la duda. Duda de parar y no seguir, no avanzar por un camino que se ve sin destino, o de dejarse llevar por esta situación al margen de las vidas cotidianas en la pareja.

Yo miro al interior del café, buscando en qué asirme para pasar este trago amargo, siempre la ruptura duele, aún sabiendo que es necesaria y pone las cosas en su sitio, abandonando una realidad paralela para volver a la tranquilidad de la vida elegida pero no deseada. Dejar el engaño cuesta, cuando el engaño produce más deleite que la sinceridad. Estamos al lado del ventanal y este deja pasar el frío de la calle, o el frío viene de dentro, del interior de nosotros al ir apagándose la llama que nos mantenía caldeados. Poco a poco la historia que habíamos escrito juntos, va introduciéndose en el sobre, se van viendo las últimas líneas, y la solapa se voltea para cerrar aquel pasaje que ya nadie verá. Nos miramos y una lágrima cae para lacrar una misiva sin destinatario, y en su interior solo quedan unas palabras que apagaron ese incendio que llevábamos dentro.

 

*Como siempre la música enriquece el relato dejado aquí. Hoy Ruidoblanco acompañados por Iván Ferreiro nos traen sus “palabras que apagaron el incendio”, igual que la conversación que en el relato parece poner fin a las llamas que dejaron calcinados los corazones de los protagonistas.

Palabras que apagaron el incendio

ruidoblanco - midiendo el tiempo con canciones

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