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Me dices que no me fijé en tu nuevo peinado, que no me fijo en ti. Pero quedarme en el pelo, mirarlo es mirar al satélite en vez de al planeta. Tu rostro es un imán para mis ojos, no aparto la mirada de tus labios y tus pupilas, y tú quieres que viaje y me quede alrededor cuando lo interesante está en el centro de ese universo que eres. No me crees cuando te digo estas palabras, dices que soy zalamero, que no las siento, y yo me sorprendo. Pusilánime me muestro y me muevo, cuando la duda se cierne sobre nosotros, sobre tus ofensivas palabras, que me echan en cara que no percibo los cambios de tus vestidos. No te das cuenta que eres más que ropas y atuendos, pelos teñidos o cortes de flequillo, moños altos o moños  italianos, rizos alisados o ensortijados. No te veo, eso me dices, crees que eres transparente para mí, sin entender que lo que miro está dentro de ti. Dices que no soy tu héroe romántico, ése que antes era, que te mimaba y hacía especial. Y sigo sorprendiéndome, soy tan naif que esto no me lo esperaba, tan inocente que no lo vi venir, y estas palabras que me dices al terminar se me clavan sin saber cómo debo actuar. Tengo cara de idiota seguro. Todos los bares están cerrando y eso mismo siento que está pasando en mi vida, que una puerta se entorna y me está dejando al otro lado. Y tú sonríes cínica como si fuera un pacto entre los dos cerrar la puerta y decir adiós. Me quedo parado, mirando al frente, mirando la calle adoquinada, mojada por el agua del camión de riego. Brillos en el suelo, refrescante humedad para el caluroso verano. Tú has andado un par de metros y, girándote, me miras con extrañeza, como si te pareciera raro que no asuma lo que a mi cara me has espetado, en esta noche de estío tardío, de calores que comienzan a dejar de serlo, de calor que ahora no siento, me he quedado helado, al entender lo que me estabas contando. Ahora sí que realmente no te veo, eres translúcida bajo mi mirada perdida. Pero has dejado de ser etérea para mí, aunque no te vea ahora igual que antes me pasaba, la diferencia es que ya tampoco te veo por dentro, te has difuminado de pronto. No te veo pero te siento como un plomo que cayó encima y me aplasta. Necesito sentarme para aguantar este peso, y lo hago en el bordillo, quiero pensar pero no consigo centrarme y fijar algún razonamiento. Proyecto imágenes en mi cabeza, recientes, muy recientes, oigo de nuevo tus palabras, tus argumentos de que no es como antes, o así lo sientes y me lo dices como forma de exculpación por el acto de abandono y fin que insinúas y solicitas que pactemos.  Estoy algo atónito, preferiría que me hubieses dicho que ya no me querías, y no argüir que  ya no te miraba con el amor y deseo de antes, que no te sentías el centro que pensabas, que era yo el que cesó de amarte, y me dejaba llevar por la rutina que ves en mi retina. Me miras, y dices que es tarde, que no haga un drama y que sigamos adelante, que la noche ha terminado y que debemos volver a nuestros hogares.  Comienzas a dar unos primeros pasos, y de medio lado me dices vamos y me tiendes la mano, y yo sigo sin verte, solo percibo la luz de los semáforos, y te das la vuelta y avanzas por la calle y guardas las manos en los bolsillos y yo quedo varado en ese bordillo, como colilla tirada, los ojos muy abiertos y con la boca de pasmo, incrédulo, tocando fondo. Y ahora sí veo que estás alejándote, te veo cada vez más lejos. Perdiéndote entre la bruma de luces rojas, ámbar y verdes.

 

*Ruidoblanco nos deja su canción en la que el héroe romántico ha caído, como en nuestro relato, y aunque lo ve, no lo asume y quisiera volver a serlo.

Tu héroe romántico

 

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