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A veces la cocina le salva de un día depresivo, sin expectativas, de un gris oscuro tirando a plomizo; por ello, quizás con ese matiz del color, le parezca más pesado aún ese horizonte que se le cae encima en esos días. Días en los que la lágrima quiere ser protagonista, húmeda y silente, casi furtiva, tomando con sigilo el mando de la situación. Y para luchar contra ello ocupa su mente en guisar platos con los que deleitarse en la mesa. Mira por la ventana de la cocina mientras prepara los ingredientes y ve la arboleda del pequeño parque que queda a su vista, con los colores ocres otoñales de la foresta, amarillos y naranjas predominantes sobre verdes que pierden su vigor y su brillo, y el marrón gana terreno en ramajes que son abandonados por sus hojas y quedan desnudos en espera de los fríos. Y estos colores la llevan a pensar en sus paseos por París, aquel otro otoño de un pasado que le parece remoto, por donde recorrió esos lugares que Hopper plasmó con esas mismas tonalidades, y visualizar esos cuadros del pintor es llevarla otra vez por esas calles que ella pisó, es revivir aquellos momentos. Paseos por la ribera del Sena, sentarse en las terrazas de los Bistrós, entrar en los cafés, acercarse a Notre Damme desde el barrio Latino, cruzar todos los puentes sobre el río, y pararse delante de “Pont Royal” con el Louvre allá al fondo, para tener la misma perspectiva que tuvo Hopper en su pintura y sentir que el tiempo no ha pasado desde aquel año en el que él lo pintó.

Mira desde la ventana los edificios cercanos tan diferentes de aquellos parisinos coronados por esos tejados negros abuhardillados tan típicos y que son seña de identidad de la ciudad, y recuerda la pensión o pseudo-hotel, donde se alojó, con aquella escalera decrépita, igualita a la trazada por Hopper en “Escalera en el 48 rue de Lille, Paris”. Suspira y sigue con la mirada perdida, mirando sin mirar, viendo sin ver, pero sintiendo el frío del Paris otoñal que se le introduce en el cuerpo, percibe la humedad del río que se mete dentro de los huesos y destempla, siente esa sensación allí vivida, pero que en este instante no debiera, donde está ahora no hay río, y menos aún el abrazo que entonces la calmó y dio calidez, con ese arrullo de brazos estrechando su cuerpo camino de un restaurante en busca de una sopa de cebolla que templase los cuerpos. Y piensa en la gastronomía disfrutada en ese viaje compartido con alguien que ya no está y que prefiere intentar alejar de su mente, y da la espalda a la ventana para borrar su imagen y para terminar de ordenar los utensilios  que va a usar en la preparación del guiso del que quiere hoy servirse como tabla de salvación contra la tristeza. Tenía pensado hacerse una ensalada templada de pasta y pollo, pero este frío de espíritu le pide cambiar y se presta a la sopa que antes recordó del Paris vivido como una fiesta, como diría Hemingway , así cuando corte la cebolla podrá llorar tranquilamente con la excusa de que ese lagrimeo viene dado por la hortaliza y no por su estado de ánimo, o mejor dicho, de desánimo que la acecha, y que con el delantal puesto quiere capear y olvidar la soledad, y solo pensar en la delicia de un plato tan sencillo.

 

*Cuando París era una fiesta, lo recuerda nuestra protagonista aunque intentando distanciarse de esa imagen, pero como en la canción de La oreja de Van Gogh es difícil y quisiera en el fondo volver a pasar una tarde más con él.

Paris

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