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Siempre soñó con que alguien le pidiese que no se desnudase todavía, como en aquella canción de Aute; Que se detuviese un momento, allí, bajo una luz que la iluminase tenuemente bella y tentadora para esa persona que estuviese a su lado, con una noche por delante prometedora de deseo, amor y sexo. Impacientándose por las caricias venideras, tras ese instante de deleitarse él la vista. Esas caricias, que ya las sentiría recorrer por su cuerpo y su rostro, simplemente con la mirada cómplice y halagadora posada en ella por el amado. Siempre soñó con delicadezas de amantes laboriosos, de amantes sosegados y pacientes, sin prisas. Calmados y tranquilos en el trato, y amadores pertinaces, aplicados en la búsqueda de dar y recibir placer. Conversadores y compartidores de esencias no tangibles, de complicidades etéreas y terrenales. Siempre soñó. Y pasa el tiempo,  y el sueño sigue estando presente como tal, sin materializarse, si no, ya no sería un sueño, estos lo dejan de ser cuando ya un día te levantas y se hace realidad, se plasma a tu lado y lo vives, alejado de la almohada y el ensueño. Siempre soñadora, siempre esperando lo que de su mente salía, de lo leído y escuchado en las músicas que oía, siempre con mente ansiosa de experimentar la alegría y la felicidad. Irreverente con lo coetáneo, siempre esperando lo futuro, estimando que sería mejor que lo tenido, que lo vivido y ofrecido por los que estaban a su lado. Y pasa el tiempo y se vuelve éste asfixiante por lo angustioso de su inexorable paso, sin detalles de lo ansiado y soñado, que no llega y se dilata en el tiempo su presencia. Como esas otras realidades que se le antojan inalcanzables, expectativas de infancias fabuladoras con vida al borde del mar, como al ver esos cuadros de Hopper plagados de faros y pequeños veleros navegando cerca de la costa, con casitas de madera que generan en su espíritu una paz que quisiera tener y que no consigue para su existencia. Ese otro sueño de vivir próxima al mar, en una casa cercana a la playa, y pasear por ella en los días cálidos y en los días de frío y viento, con ese sabor salino del aire procedente del océano rozando su rostro y sus labios. Y a ratos esas mismas pinturas que tanto le gustan, le deprimen, puesto que entiende que esos mismos faros solitarios son una imagen de ella misma. Los faros son lugares habitados por gente apartada del mundo, como ella se siente, y piensa que su existir en esos lugares imaginados y deseados, serían una sucesión de días intolerablemente rutinarios sin nadie a su lado, sin nadie que le pida que no se desnude aún, o que se desnude y se instale frente a la ventana por donde entra un sol matinal para quedar bañada por aquella luz, como en el cuadro de Hopper  “Woman in the sun”,  ese cuadro que a veces ella misma ha representado por decisión propia, sin esa petición que tan agradablemente aceptaría, y con la vista perdida ha dejado que esa calidez del sol temple su desnudez, y seque y evite las lágrimas que quieren brotar mientras piensa a donde van sus sueños de ahora, lejanos de aquellos de su pubertad. Y como cuando era niña, quiere dejarse mecer por ese oleaje suave que envuelve los barcos de Hopper, en mares sosegados e invitadores de recreo compartido, de élites a las que ella nunca pertenecerá. Y abriga en ese posible recuerdo añorado y soñado, aun no existiendo ese paseo por el mar, que alguien la acompañará hasta la casa, hasta la alcoba y después de mirarla detenidamente, con toda su ropa, le quite despacio el vestido para mostrar sin pudor un cuerpo que espera y necesita amor.

 

*Aute nos deja en su canción ese sentir delicado que tanto añora nuestra protagonista.

No te desnudes todavía

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