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El teatro es una de sus distracciones preferidas. La capacidad de interpretar personajes por parte de los actores y de hacérselos creíble le parece una de las actividades artísticas más complicadas de llevar a cabo. La dificultad de enfrentarse al público, -con un cara a cara-, sin la posibilidad de rectificación, le merece un respeto hacia los artistas que profesan ese oficio que raya la idolatría, pensamiento del que ella está muy alejada en general. No cree en los ídolos. Pero en este caso su admiración hacia los “cómicos”, está basado en esa capacidad para memorizar y dar vida a lo escrito por otros, que le parece fantástico. Igualmente la labor de los directores le asombra, idear e imaginar toda la escenografía, levantar las palabras escritas del papel y ponerlas en pie, llevarlo todo a la tridimensionalidad y conseguir que los actores recreen el texto como ellos lo han visualizado, lo ve soberbio.

Asiste menos de lo deseado, no pasa apuros económicos, pero las entradas de teatro se han ido encareciendo cada vez más, y muchas veces las obras coinciden en el tiempo y están poco en cartel, con lo que no puede ir a todas las que hubiese querido en ese momento por el coste que le supondría. Otras ocasiones, si se despista con la cartelera, las localidades vuelan de la taquilla y al ir a sacar entradas se queda sin la posibilidad de ver la función por el reducido tiempo que permanece representándose la obra. Suele ir sola, es un acto de introspección, es un momento casi iniciático cada vez que está a las puertas de un teatro. Al traspasar la entrada, se ve en un mundo de murmullos y conversaciones a media voz, un “sotovoce” que le eriza la piel cuando se dispone en el hall a entrar al patio de butacas, en algún caso demora ese paso hacia los asientos y se ve como en aquel cuadro de Hopper “Teatro Sheridan” saboreando ese entorno, respirando la atmósfera de ese lugar mágico, donde para ella el mundo cambia y se transforma un una evasión de la realidad que tanto daño le hace, de la que quiere huir por no encontrar su camino, por creer que la felicidad le es esquiva, aunque no hay motivo para sentirse infeliz. Antes de tomar asiento, siempre se toma un minuto y se la ve ausente y pensativa,  como en aquella pintura de Hopper “Cine en Nueva York”, y se le mueve un gusanillo en el estómago, un tono de sincretismo y comunión lo rodea todo, hay en el ambiente un halo especial, percibe unas sensaciones de que algo extraordinario va a pasar.

Y en algunas ocasiones, cuando se sienta y lee el programa de mano, y observa a su alrededor, ve sentarse a una pareja, y se le aparece en ese instante el reflejo de lo plasmado por Hopper en “Dos en la isla”, ella misma y la pareja allí en el teatro dentro de ese cuadro,  aunque claro, sin ir tan ataviados de gala, y siente un golpe del pasado llegar a sus ojos, y rememora cuando durante un tiempo venía acompañada por él, también amante de las artes escénicas, e igual que la pareja que ahora ve, se despojaban de los abrigos para tomar asiento sin los ropajes contra el frío traídos por ser invierno, y comentaban y miraban alrededor deleitándose con la decoración de la sala. Y se pregunta qué hubo en la relación para deteriorarse, que sucesos se sucedieron uno tras otro para que la euforia inicial se fuese apagando tan rápida como llegó. Ella estaba enamorada, o al menos lo creía, pero quizás lo que pasa es que no sabe realmente lo que es el amor. Siempre se echa la culpa del fracaso como buena depresiva que es, y no encuentra la respuesta a qué hizo erróneamente para llegar a la ruptura, a un adiós, para no verse más.

Pero al fin suena la campanilla y la función comienza y comienza su vuelo a otros lugares, a otras vidas ajenas a su existir. Unas veces al término de la obra se siente satisfecha por lo visto y oído, en otros casos no tanto por su espíritu crítico tan marcado, que hace que no se conforme con cualquier actuación, si bien es una fan del teatro, quizás por ello mismo, tras haber visto tantas obras distingue lo bueno o mejor dicho lo que le gusta y lo que no, con un fuerte acento. Pero de cualquiera de las maneras, siempre que los actores salen a recibir la ovación, no puede por menos que pensar en esa imagen de uno de sus pintores favoritos, y ver allí arriba aquel último cuadro pintado por Hopper, “Dos comediantes”.

Cuando ya todo ha concluido espera a que se vaya todo el mundo, y queda allí sentada, solitaria como en aquellos cuadros de Hopper, en las que queda una figura solitaria en el teatro, dando fuerza a la soledad de ese personaje con los asientos vacios alrededor de la protagonista . Y mientras espera, vuelve a pensar en ella, en su soledad en ese lugar, piensa si siempre será así, si no podrá tener a alguien al lado con quién comentar lo visto, la escenografía, las actuaciones, la dirección; unas veces para congratularse de lo bien que lo hicieron y otras para dejarse llevar por los comentarios de desilusión, por no haber llegado a la cota esperada, por no conseguir cumplir las expectativas. Como su vida, que no cumple lo deseado y esperado.

*Nuestra protagonista como en la canción de Héroes del Silencio, siempre se ve en el mismo teatro, solitaria por la herida abierta del abandono y la ruptura.

La herida

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