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Su casa, situada frente a un pequeño hotel, le proporciona al caer la noche vistas de la intimidad de los huéspedes, cuando estos no corren las cortinas y con la luz encendida se le muestran en sus acciones sin sentir que son observados por ella. Allí ha visto un poco de todo, desde un jovencito saboreando el miembro viril de un hombre mayor, otro sodomizar a su pareja masculina observando cómo se tensa su espalda en cada envite, unas piernas de mujer bien alzadas hacia el techo para recibir las embestidas del hombre que la acompañaba, hasta otras muchas parejas en pleno acto sexual, culos de hombres moverse con rapidez en el vaivén de la penetración a sus pares, y bastantes desnudos, de hombres con cuerpos fofos, de penes bajo barrigas incipientes y vientres colgantes, y mujeres con pechos caídos al desprenderse de sus sujetadores. Muchas de estas visiones han sido breves, incluso de segundos, pero lo suficiente como para a veces excitarse con lo visto a hurtadillas, pero sin esconderse. Ella está en su casa y no espía,  se dice, solo mira por la ventana y es lo que se encuentra como paisaje. Se sorprende de que la gente no corra las cortinas en esas horas y en esos momentos de desvestirse y fornicar, bueno, algunos sí que lo hacen desde el principio y otros al darse cuenta de la posibilidad de ser vistos al ver luz en las casas de enfrente, igual que ellos ven, pueden ser vistos. Cierto aire de exhibicionismo detecta en esa gente o quizás simplemente que esa desnudez no les importa que sea vista por otros, pensándolo bien, a ella misma, no le importa demasiado ser vista sin ropa, o incluso no le importaría ser observada durante el acto sexual.

Mirar por aquellas ventanas es como ver tantos cuadros de Hopper de mujeres desnudas en habitaciones de hotel o de hogares solitarios. Algunas veces, como hace poco, ve a una mujer desvestirse en la soledad que arropa una habitación de hotel cuando se viaja sola, y allí un tanto ausente de lo que le rodea, con la última prenda quitada entre las manos, como en esa pintura de Hopper  – “Mañana en la ciudad”-, se queda quieta observando algo que ella no ve, pero intuye que es alguna imagen en el televisor que está encendido. Otras veces ve mujeres yendo y viniendo por la estancia, hacia el baño, hacia la cama, al lugar donde dejó la maleta. En busca de ropa, con una toalla envolviendo su cabeza para secar el pelo y otra alrededor de su cuerpo que dejan caer al conseguir la prenda deseada, de la maleta o que ya yacía sobre la cama, y en ese momento compara su cuerpo con el de esa huésped del hotel. Ella tiene un bonito cuerpo, ya no es joven pero está firme, no muy delgada, quizás con algo más de peso del deseado, pero en el fondo se ve mejor así, con curvas. Y al ver el cuerpo desnudo de otras mujeres se congratula de que no está nada mal y en la mayoría de los casos sale airosa e incluso ganadora en la comparativa.

A veces fantasea con los hombres que ve en el hotel, con los que asomados a la ventana al llegar a la habitación parecen agradables a la vista y prometen tener un cuerpo aceptable, o con aquellos otros a los que ve ir en ropa interior por la habitación, viendo ya claramente que sus cuerpos, sin grandes alardes son dignos para disfrutar con ellos. Imagina que le mandan un mensaje, o le hacen una seña invitándola a cruzar la calle e ir a la habitación. Incluso ella ha pensado en hacer esa locura, que fuese a la inversa y ella ser la invitadora, y que subiesen a su piso. Y cuando tiene estos pensamientos, no puede evitar tumbarse en la cama y fantasear, dejando volar su imaginación y sus manos por el cuerpo, deslizándose hasta el breve vello púbico, jugando con él, y rozar la suavidad de la parte interna de sus muslos, que rápidamente hace que tenga la piel erizada, mientras sus dedos avanzan, hacía su vagina, y pasa suavemente los dedos por los labios, para seguir hasta su clítoris, y su mente ya piensa en un “Adonis” que brevemente le acompañe, que le sirva durante unos minutos, que le de el placer de la penetración sin otra atadura, sin otro fin que el del orgasmo, y ya su mano está masajeando todo su sexo, y así ardiente acaba sintiendo en su cuerpo como entra un sexo masculino imaginario que pareciera se hace real cuando ya no aguanta más y se derrama con un leve grito, casi susurro, de placer, y se siente ya vacía y derrotada  como en el cuadro de Hopper “Verano Interior”, ya otra vez con la soledad como única compañera.

 

*Los Romeos nos trasladan a esos momentos en los que en soledad uno se recorre el cuerpo palmo a palmo dejando volar la imaginación, como nuestra protagonista.

Palmo a palmo

 

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