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Se zambulle en sus pensamientos. En la cama, incorporada, con las piernas encogidas y rodeadas por sus brazos,  mirando al frente, mirando nada, como en aquel cuadro de Hopper que tanto le gusta, con el sol entrando por la ventana. Igual que aquella chica que parece ensimismada, ella se encuentra hoy. Recordando y recreando su imagen en un aciago día, esperando cruzada de brazos como en aquella pintura de Hopper de una mujer vestida de rojo a la puerta de una casa en actitud de espera, con aire de enfado y desafío a la vez. Y se vuelve a repetir las palabras que se dijo a sí misma como si se las dijese a él, al regreso de aquel instante.

– “Perdí. La apuesta salió mal. Quería evitar que fuese el último día, pero me equivoqué, el último día ya había sido. En la espera crecía el deseo, y el deseo quedó solo en ello, en algo en la mente que nunca produjo un final con coito. Allí oyendo los pasos, que nunca eran los pasos que te acercaban a mí. El corazón latente, cada vez con más fuerza, fue parándose, al ver los minutos avanzar y entender que no habrá más, que todo ha quedado en recuerdo y olvido, que el delirio tuvo su fin, que la angustia vivida, sería ya angustia eterna, deseo que nunca será colmado. Ya no habrá más besos ni más roces hurtados a la casualidad del encuentro, al cruce de caminos que a veces nos llevaban a un destino próximo. Ya no habrá lo esperado y querido, ya todo será tedio y silencio, sin palabras, solo mirada sin futuro concupiscente. El ruido de puertas que se cerraban hacían creer que habías emprendido el camino hacía el encuentro.  La tortura de la espera, autoflagelación, insistente aun habiendo recibido un no. Creí que no me equivocaría, que habría sido lo suficiente persuasiva para volver a estar juntos buscando nuestro camino, una última vez, una última oportunidad de enmendar, que la llamada sería escuchada y atendida y no recibida con pensamiento de huída evitando la venida a mí.

Ya no te espero, sé que ha sido la última espera, y desesperanzada me cayó toda la tristeza de algo desbaratado, de ruptura impensable minutos antes, cuando me dirigía al lugar elegido pensando que sería parte del idilio contraído y no la ausencia de tu cuerpo delicado. No pensé que llegase el momento del retiro, del abandono de la partida a medio jugar, cuando aún no se atisbaba el final, cuando por sorpresa hiciste un aparte donde descansar y ya no quisiste volver a jugar. El cansancio de no ver donde llevaba la situación te hizo despertar de un sueño absurdo según tú y que yo no quiero entender, como tal. No quería creer tu “no”, transformándolo en un “sí”, y falsamente me engañé. Tu dijiste que es mejor hacer las cosas bien, dejarlo a tiempo es mejor que seguir haciéndonos daño, y vernos las caras más tarde, largas por el dolor infligido, por la desdicha de no ser felices separados pero tampoco juntos. Y no lo quise ver. Allí parada oyendo sonidos de la calle, de andares que no avanzaban en la dirección deseada, y que fantaseé eran el preludio al orgasmo venidero, principio de un placer demorado por la tardanza en el viaje, que aún pensaba habías comenzado, y las manecillas del reloj me atestiguaron que no habías iniciado. Y sola, en silencio, salpicada de leves sonoridades que lanceaban mi costado puesto que no eran los sonidos esperados, me fui derrumbando y asimilando que todo era el fin, que no queda nada de las primeras intenciones”.

 

*Ruidoblanco nos canta que ya no queda nada de lo primero que hubo, como recuerda haber vivido en sus carnes nuestra protagonista.

Octubre

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