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Mira las pinturas de Hopper y se siente arrebatada, siente esa soledad, esa languidez, ese estar solitario aún estando en pareja, aún estando en grupo.

Un grupo de gente y cómicos en un bar. Un hombre lee el periódico y una mujer juguetea con las teclas del piano. Observa a mujeres. Mujeres en hoteles solas y solitarias, mujeres en camas con ventanas por las que mirar y sentir cómo pasa el tiempo. Ventanas por las que entra la luz y se mira hacia fuera. Ventanas por las que se cuela a la cotidianidad de otros, como a ella le gusta, como cuando pasea y mira con deseo de saber, al encontrar ventanas sin cortinas que tapen y guarden los secretos de familia.

En este país se es celoso de mostrar impúdicamente lo que hacemos en nuestros hogares. No como cuando paseaba por Amsterdam y podía ver todo ese mundo interior de las casas, estrechas y alargadas pudiendo recorrer todo ese espacio con una mirada, un breve vistazo, que dejaba vislumbrar las estancias y su decoración, pero faltaban ellos, los habitantes. Cuando ellos estaban presentes no se atrevía casi ni a mirar, si cruzase su mirada con las de ellos, se sentiría como espía, como si le hubiesen cogido en falta. Parecería que se inmiscuía en sus vidas, vidas abiertas sin nada que esconder, por su educación protestante en la que las cortinas están mal vistas.

Las escenas denotan la cotidianeidad, el tedio, el aburrimiento, la rutina. Paisajes urbanos y rurales, carreteras, gasolineras. Edificios y casas solitarias. Todo le parece que rezuma soledad, o es su estado anímico lo que transforma los cuadros en visiones próximas a su sentir.

Tiempo hace que se siente desubicada, quizás siempre lo estuvo, quizás nunca encontró su lugar en el mundo, o al menos en el mundo que le rodeaba y le sigue rodeando. Constantemente esa sensación de estar sola que no sabría cómo explicar a otros, cómo plasmar un sentimiento difícil de explicarse a ella misma. Hopper le hace ver su interior, allí donde normalmente no quiere mirar, ese lugar que ella siente y ve sombrío, que ve decadente, como una ciudad portuguesa, con las paredes con desconchones a la espera de reformas que no llegan, y así se percibe, con la necesidad de reformarse, de remozarse y mostrarse lustrosa, pero para qué, se dice, ¿para quién?, ¿para ella misma? No siente el ánimo suficiente y necesario para buscar motivos por los que mejorar sus habitaciones interiores y menos las exteriores, el mundo se le hizo hace tiempo hosco y no ve la necesidad de salir a él y menos esforzarse en aparecer renovada, porque sabe que solo sería apariencia y no quiere jugar al juego de la perfección, de que todo está bien y es fantástico en la vida, cuando interiormente no lo siente, y se diluye en ese pensamiento, por donde ve pasar su vida.

 

 

*Iván Ferreiro nos deja el buceo interior en su coco, para arropar con su música el estado anímico de la protagonista del texto.

Mi Coco

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