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Descubrí que no era lo que quería. Era un tipo demasiado limpio, no se entienda mal, no hablo de la higiene, hablo de conciencia. Prefiero la gente que se mancha, la gente que está con los demás y no solo con uno mismo, que está sobre todo con los desfavorecidos. No me gustan los tipos asépticos, los que no quieren mancharse las manos y los zapatos con las desigualdades. Quiero a alguien que le duela el dolor ajeno, cuando ese dolor es venido y sobrevenido por la indiferencia social, por las desigualdades, y generado por aquellos que se lucran de los desheredados, auspiciando que estos últimos están en esa situación porque ellos no han puesto los medios para evitarlo.

Cuando vi que me miraba raro por mis opiniones sobre lo oído en el telediario, empecé a sospechar que no estábamos en la misma onda, que su pensamiento jamás se igualaría al mío, ni el mío se plegaría al suyo. Me despedí dándole mis mejores deseos de que tuviese suerte, que sé en el fondo que no necesitará. Esta gente es la que sabe mejor que nadie girar la rueda de la fortuna para que siempre les sonría a ellos, pese a quién pese, y sobre los demás. Quizás creamos que el amor sirve para limar diferencias, pero no es así, el amor es mucho más, es compromiso, y compartir no solo las caricias y los besos, es compartir las ideas, es comprometerse con el ideario del otro. Lo antagónico no puede convivir dulcemente, no puede fluir sin roces y abrasiones que desgasten las relaciones. El amor empieza con el deseo, y acaba siendo el apoyo para sobrellevar la rutina. Y qué mayor rutina que lo social, lo que aún siendo exógeno a nosotros, nos condiciona tanto, y nos contamina. Mirar la vida, e intentar que nada de lo que nos rodea nos afecte, que la solidaridad no sea un motor de nuestro estar en el mundo, y no digo ni siquiera que sea el principal, solo que al menos entre dentro de los pilares innegociables. Y que el egoísmo mande sobre todo lo demás, es lo que no podría soportar. Y cuando miré sus ojos, vi todo eso que no quisiera reconocer en quién amo. Vi una bonita cara, y un destello en sus ojos hacia mí. Parecía que le gustaba y que podría quererme. Pero yo entendí que jamás podría amarle igual. Con esa condescendencia que exhalaba, como perdonando al individuo de al lado por su ignorancia y pensando que el otro que no piensa como él es un pobre hombre. Me alivia pensar que no he tardado en verlo, en sentir como es de verdad, poder apartarme de sus dulces caricias y su amor, que me lo daba sinceramente a mí.

Tendré que salir en busca de otros brazos, de otras conversaciones, de alguien que sonría simplemente por mi risa, que desee arreglar el mundo como yo. Y que quiera y crea mis utopías. Buscaré una mirada limpia que pretenda la justicia y respete la diversidad. La diferencia de unos con otros nos enriquece. No quiero olvidarme de los otros porque a mí me va bien. Aunque sepamos que es difícil cambiar las cosas, cuando veamos injusticias debe querer salir conmigo a protestar, sin violencia, tampoco quiero a nadie que use la violencia para imponerse, si se manchan las manos con el odio al final no podré pensar que esas manos pueden acariciar con amor, cuando esa piel está teñida de malevolencia. Eso es tan malo como el que usa guantes para no mancharse y sus caricias son falsas, están faltas de piel. Necesito sentir la piel de quién me ame, una piel que nos podamos lavar ambos en la alcoba cuando vayamos a descansar del mundo. Allí nos desembarazaremos de los otros y nos daremos el sosiego y las fuerzas para seguir, y buscaremos el orgasmo con delicadeza, para acabar exhaustos por la lucha y el amor. No será fácil encontrar. Sé que tendré que buscar en los páramos, allí donde los que están no les importa mancharse de barro.

 

*Tulsa prefiere buscar entre el barro para encontrar a su pareja ideal, como nuestra protagonista.

Barro

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