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Ellas no entendieron su respuesta, se miraron sorprendidas, y se rieron como si hubiese sido una ocurrencia graciosa, que a ellas se les escapaba, y le pidieron que aclarase lo que quería decir. Él rectificó, pidiendo perdón, excusándose de que estaba pensando en otra cosa. Reculó, se acobardó, no se atrevió a descifrarles el sentido de lo dicho, y pidió que le repitiesen la pregunta, diciendo que no la había asimilado, y esbozó una sonrisa para hacer más agradable y simpático el despiste con el que quiso vestir su respuesta insólita. A su pareja no le sorprendió la situación, él era despistado de por sí, ella se lo comentó a su amiga, le contó que esto era habitual, que se despistaba con facilidad, se le olvidaban cosas. Salían a veces a la calle y él tomaba el camino equivocado, puesto que se le había difuminado el objeto y objetivo de su salida. Cuando iban a la compra al mercado, al salir del portal, él se disponía a elegir el camino del supermercado, que era el lugar al que se debían acercar más tarde a comprar el resto de cosas, y ella le conminaba con una risa cómplice, diciéndole “¿pero dónde vas?”. Y él, sonreía, proponiendo cualquier excusa falsa muy evidente, para carcajearse los dos juntos. Entonces ella le decía que le alucinaba su capacidad para extraviar la mente por caminos que ella no adivinaba. Al oír estas palabras de ella, él se removía en su asiento, esto que contaba era real, tan real que era doloroso para él, al sentir como lo narraba, con sonrisa abierta, y feliz de contárselo a su amiga, no intuyendo ella el pensamiento despegado de él en este momento, este presente que ya no era ese presente que ella contaba como presente habitual. Se dio cuenta de que ella no parecía en ese instante querer dejar de ser su presente, o quizás disimulaba muy bien, se sintió por un instante un traicionero hacia ella, hacia la causa común de ambos. Esa traición que vio en las palabras de ella compartidas para con su amiga, esas que a él le habían estado haciendo daño, pareciera que para ella no fueran flechas lanzadas contra él. ¿Será verdad que ella no se haya percatado del daño que estaba haciéndole con su perorata, con su presente pasado, con lo no compartido? Y duda. Duda de que estuviese en lo cierto en su pensamiento, duda de que el ensimismamiento en el que se había encontrado toda la tarde le hubiese llevado a tomar conciencia de una falsa realidad, una realidad que quizás no era como él la veía, y que tamizada por su cerebro, después la decantaba convertida en hiel.

Con la explicación de su pareja a la amiga, puede tomarse un par de minutos para pensarse qué poder decir, ante la nueva pregunta, olvidando sus interrogadoras, la anterior, que de momento no le vuelven a espetar. Ahora le demandan que les diga en qué estaba pensando, que pensamiento podía llevar a una frase como la que había salido por su boca. La amiga de su pareja, encontraba muy divertida la situación, no dejaba de reír abiertamente y su mirada fulguraba. Él evita explicar aquellos pensamientos feroces, de lobos en jauría, acorralando y destrozando lo que tuvieron, con dentelladas a este presente que se le convierte en presente incierto, de pesares por lo que cree haber descubierto. Él insiste en que estaba abstraído por completo, que no tiene importancia lo dicho, que estaba recordando algo de la casa y estaba pensando donde colocarlo. Algo que en el fondo no es mentira. Aunque no es un enser, y a ellas no les dirá que es algo intangible, y que no está en el hogar, si no allí, muy presente. Y que, a lo que se le ha revelado hoy, tiene que buscársele un lugar donde ubicarlo, sobre todo para que no haga rozadura y no se enganchen con ello cuando pasen cerca.

El rubor ha subido a su rostro, siempre le pasa cuando algo le azora, o es pillado en falta, o es sorprendido no ya en falta, pero sí en una acción de la que no esperaba ser descubierto por otros, aunque sea algo sin importancia. Es vergonzoso, aunque actúe con arrojo muchas veces para afrontar esa timidez. Y en este caso, se dice así mismo que necesitará mucho coraje para ser directo y franco. Las miradas de ellas insistentes, coactivas, en espera de respuestas menos peregrinas de las dadas hasta el momento, le ponen nervioso.  El cuerpo le pide mirarles a las dos y preguntarles,  si añoran aquella vida, aquel presente, que hoy se hizo para los tres y del que él se siente convidado de piedra. Se siente como si estuviese en un trío y le hubiese tocado ser sólo observador mientras ellas disfrutan y se deleitan con mil placeres, que a él le duelen más por no poder practicarlos, ni sentirlos, que él no quiere ser un simple voyeur. Desea dar y recibir esa plenitud que ve en ellas, en sus intercambios de palabras, de frases, de risas, de miradas dolorosamente cómplices, de silencios de los que desapareció por completo la incomodidad; Es más, ahora son buscados para acallar comentarios que deben ser silenciados por pulcritud para con los oyentes no implicados en lo presenciado, que en este caso es solo él. Pero le falta la valentía para gritarles: ¡Porqué! Con qué derecho le han mostrado este presente inesperado, cómo encaja todo lo nuevo con lo ya existente en su vida, en su memoria, en sus proyectos. Porqué de repente nos encontramos entre dos tierras.

 

*El protagonista se siente entre dos tierras; la suya, su presente pasado y la de ellas, su nuevo presente. Ambas se le vuelven movedizas, y al igual que Héroes del Silencio, quisiera gritar. Y si se echa atrás tendrá muchas huellas que borrar.

Entre dos tierras

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