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Ver con nuestros ojos lo que ya era evidente, ver una vez en directo el olvido, es mucho más duro, es más doloroso que las cien veces que lo hemos imaginado y recreado, desde el abandono sufrido o del por nosotros realizado y decidido. Quieres o crees que quieres, nunca es seguro lo deseado, se duda si es deseo de novedad o simple cambio por el hastío de lo hallado en nuestro camino, de lo que tenemos estamos cansados y precisamos cambios que nos incentiven el avance de otras aspiraciones diferentes, que nos impulsen a lo desconocido y que queremos conocer. La vida se nos muestra aburrida y sosa, sin alicientes, sin chispa, sin ese chisporroteo de brasas incandescentes, sin esa llama que devore situaciones y experiencias, sin el fogoso fuego del deseo. Todo nuestro entorno se nos vuelve en contra, o eso percibimos. El trabajo, el ocio, la familia, los amigos, se nos hacen una carga, bultos incómodos que nos apetece dejar a un lado. Y la pareja se nos vuelve insoportable, asfixiante, y pretendemos un espacio limpio, precisamos de una bocanada de aire, y urgimos al otro que nos deje respirar, que entienda que lo mejor es echarse a un lado, que el camino a seguir es mejor hacerlo separados, que en nuestro estado no somos buenos compañeros de viaje, que lo mejor es parar y no hacernos daño. Nos imaginamos vidas diferentes, futuros nuevos sin lo que tenemos alrededor, sin los que tenemos a nuestra vera, que nos parecen agotados, sin la energía vital que demandamos nos deben inocular, y les apartamos como baterías desechables sin carga, sin nada que aportarnos. La confusión apoderada de nosotros nos empuja, no pensamos racionalmente unas veces, y otras sí sopesamos todos los avatares habidos y por haber, aunque dudamos si es por la insatisfacción, la que guía las decisiones, o si el inconformismo con una vida no plena es lo que aboga a tomar resoluciones, a veces meditadas, otras espontáneas y poco estudiadas. Y somos implacables ante la demanda de motivos por parte de los otros y más si esas cuestiones nos vienen de la pareja, que no lo esperaba, no lo vio venir, y asombrada y dolida por la situación nueva, nos repudia. Y en ocasiones el llanto y la congoja, el chillido y alarido le suceden y nos lo lanza con súplica de respuestas a sus preguntas, pero otras el estado de aturdimiento lo acalla todo y el silencio se apodera del lugar y solo quedan gritos callados, mudos reproches de miradas llenas de lágrimas por brotar. En otros trances, es esperada esa ruptura por el otro y no hay reproches, solo musitados adioses, dolores por el fracaso pero con nuevos horizontes. Y otros casos aunque esperado el final, la crítica y censura por lo pasado surge, y la mirada se tinta de rabia y sin perdones, y se lanzan a la cara mil errores, mil situaciones desveladas por el odio desatado por el anhelo nuevo. Hoy, pasado el tiempo y conseguido el olvido deseado para la nueva vida que tenemos, ese olvido argumentado hacia el otro que no entendía que quisiéramos eso. Hoy duele ese olvido, siento cuan olvidado he quedado en tu vida, hoy que te vi con la risa desenfrenada y la alegría desbordada, hoy vi a otro a tu lado, al que hoy envidio, por lo feliz que te vi, y aunque me aparté para no traicionarte, para que tu vida no fuese una mentira por mi caída, e hice que mi recuerdo en ti de odio pleno lo llenases, hoy me di cuenta cuanto te amé y para no llamarte me aparté. No sirve de nada haber sido el que decidió la separación, uno nunca queda preparado para verse olvidado.

 

* Como en el texto, Bunbury confiesa que la sigue queriendo pese al olvido por él propuesto.

Confesión

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