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Me golpeaste la vista con tus letras, me desprendiste la retina con tu texto, tu mensaje en la nevera me dejó ciego. Ciego de rabia, ciego de odio, de amor ciego. Aquellas frases, cortas, breves, una pequeña nota de post-it no da para mucho más en escritura, pero sí en sentido, sí en significado, sí en futuro cercenado, aquellas palabras fueron las causantes de que me quedase durante bastante rato, quieto, muy quieto, como si por no moverme lo que estaba viviendo no fuese a ser, no se hiciera realidad. ¿Inesperado?, no lo sé, me hago esta pregunta, pero no logro contestarme. La mayoría de las veces el enfado nos sobreviene por no habernos adelantado a lo que vendría, no anticiparnos a un hecho consumado, es lo que nos solivianta más que el mismo hecho definitivo. Lo que ya está acabado, lo que vemos que ya no se puede cambiar, ni variar, nos sume en un malestar, que nos reconcome, y pensamos, y cavilamos, sobre supuestas decisiones que nos pudieron empujar a estar donde estamos. La reflexión y el razonamiento, se quieren abrir paso en la mente, pero el enojo y la irritación no nos dejan especular con todos los posibles motivos de este acto en el que somos actor principal. Miras y no ves, observas retrospectivamente y no captas pistas de aviso, de advertencia. Nada de lo que rememoras te acerca a un dictamen claro, al contrario todo se emponzoña y queda más viscoso, menos fluido ese meditar que nos acerque a la verdad y no a la invención interesada. Invención que te exonere de la acusación que llegó a la retina primero, y después al entendimiento, y la comprensión de lo leído, de lo denunciado, del hecho imputado. Y quisiera encontrar justificaciones y excusas, que debiliten aquello atribuido en el papel frío y a la vez tan bochornoso, pero es difícil no enmascarar los sucesos con imágenes interesadas que distorsionen lo pasado en beneficio de nuestra conveniencia, y que los lances acaecidos, se desvelen favorables y desplomen tu argumento, que yo quiero sentir insidioso para exculparme de la tacha que me endosas y que no quiero asumir. Y repinto los recuerdos, deslizando ciertas falsas verdades, para cimentar mi odio injustificado, afianzar mi victimismo con el que disfrazar la humillación de sentirme culpable, y no mártir de una traición y asechanza.  Y no quiero ver que el responsable fui yo, que no hubo emboscada de otros, que la trampa fue puesta por mí mismo, que jugué con fuego, y ahora no hay calor, solo hielo. Y tu nota, con cuatro leves, pero demoledoras frases: “Lo sé todo. Disfruta la vida lejos de mí. Vive la otra vida que tú quieres. Ya eres libre para no seguir.”, que fue certera, dándome la libertad que quizás no quería, pero haciéndome ver que no sabía lo que quería. Y hoy me digo que no entiendo nada, cuando sé que lo entiendo todo, que ocultarme tras vagos ensimismamientos, no van a solucionar nada, sino que harán daño, a mí y a ti que eres la verdadera herida, y no yo, que soy el verdugo y detonante de este descalabro del amor, de este amor que se apagó y que hoy me tiene ciego.

 

*Ivan Ferreiro nos canta su amor que se apaga, como se extinguió el amor en el texto, con una nota brusca que dejo ver lo que ya no estaba.

Extrema pobreza

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