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Oír el llanto desconsolado en la habitación de al lado, y no saber qué hacer. El llanto estuvo ahí desde pequeño, fue algo normal, y normalizado en mi vida. La puerta, unas veces cerrada y otras entreabierta, dejaba llegar con más o menos nitidez aquel mudo grito, ruido sordo, suspiro y respiro, y de vez en cuando un porqué. Ese porqué, era la pregunta que yo me hacía una y otra vez, qué podía haber sucedido, qué estaba sucediendo, o qué sucedería próximamente para este derroche de lágrimas, silenciadas tras una puerta, tras las paredes de un cuarto que nos mantenía al margen a los que cerca estábamos, los que pasábamos próximos a la entrada, a los que nos quedábamos escuchando allí, parados, a un metro de la madera que cerraba nuestro paso y nuestra visión de lo del otro lado, de lo que ocurría en una habitación vetada a nuestro acceso. Y cuando armado de valor, ya por tener más años, ya obligado por ser el único que quedaba en el hogar para evitarlo, entraba y preguntaba cuál era el motivo de aquel llanto, la respuesta desconcertante, me sumía en conflicto mental, no entendía cómo era posible, cómo podía ser que no hubiese causa para tal efecto, que la respuesta fuese: “no lo sé”, “no hay motivo para esto”.

La depresión era eso, me dijeron, la tristeza que aparece y todo lo desfigura y nubla, y queda oscuro y deformado, y no se sabe el motivo, ni la desazón que causó ese estado de ánimo. Huída la felicidad y las ganas de vivir refugiadas en una montaña lejana, todo se vuelve sórdido, y aparece una vida sin futuro a los ojos del que lo padece, y quién lo sufre ve un existir sin ganas de seguir, de avanzar en los días, el deseo de desaparecer se torna en la fuerza vital que guía. Y sobreviene la necesidad de liberar la angustia que no deja vivir en libertad, que ata el cuerpo al interior de la casa, y aleja de la luz y el sol y del resto de la gente, el aire libre les parece viciado y es como si se les cayese encima todo el universo, y ese peso no le aguantasen, les hunde más y más. Los demás se tornan en enemigos que no comprenden, e incomodan con sus preguntas y sus ánimos verdaderos o ficticios, y el que está en este trance  se vuelve taciturno y mohíno. Todo, su prisma lo transforma, y el amargor y el resentimiento, son las señas de identidad del sujeto. Y parece que solo su consuelo es el llanto, como si con ello consiguiese sentirse mejor, sacar todo ese desencanto.

Llorar significa desahogo, es vaciar angustias, es que fluya un torrente interior que nos está ahogando, asfixiando, oprimiendo y no nos deja respirar. El llanto es coger aire. Oxígeno que nos falta y queremos encontrarlo en el agua de las lágrimas, que se tragan y dejan un sabor salado a su paso.

El recuerdo desde mi niñez es que el llanto viene y va. Desaparece un tiempo y cuando menos lo esperas aparece otra vez, cuando la felicidad o mejor dicho la normalidad, la “No infelicidad”, es el estado que nos rodea, irrumpe otra vez aquella pena, aquella desventura, la desdicha entra en escena, sin ser invitada, sin ser un actor en esos momentos de la vida, sin problemas aparentes que nos lleven al temor de arrebatarnos la alegría por vivir. Y otra vez ese “porqué” comienza a pulular por nuestras cabezas, y de nuevo la ausencia de respuestas, de motivos que nos aclaren este nuevo capítulo.

Con el tiempo uno aprende a convivir con ese desencuentro que es el llanto, el desconsuelo, el estado de ánimo deficitario, no de cariño, no de afectos, sino de proyectos, de ganas de vivir. Y asimilarlo no significa comprenderlo, pero ayuda a sobrellevarlo, y sobre todo cuando es a uno al que le aborda y le apetece el llanto, lleva ya un aprendizaje que le sirve para recordar que no hay motivo para la tristeza, que uno tiene mucho más de lo positivo en su vida, que lo negativo que le rodea es nimio o está en el futuro lejano. Pero aún así ese estado no se deja vencer y, de pronto todos los desafectos te atacan, los fundados y los infundados, y buscas, y rebuscas dar importancia a los afectos celebrados y por celebrar, y no sirve como terapia, y uno se tiene que apartar del camino y echar todo el llanto, la angustia y la aflicción, y salir limpio, renovado,  como hombre nuevo.  Y en esos trances uno llora y llora sin motivo, y se derrama, y saca fuera todo el ahogo, y busca dejar la tristeza por la alegría. Pero en ese camino, en esa búsqueda, solo el llanto es nuestra compañía.

*Sabina nos deja su intención de abandonar la calle melancolía, y como en el texto, todos quisiéramos seguirle y mudarnos al barrio de la alegría… Esta canción estremece por su tristeza.

Calle melancolía

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