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Esta madrugada desperté, y tú estabas junto a mí, cuánto deseé que te marcharas, o que hubiese otro cuerpo ahí, o quizás que no hubiese nadie. Deseo la soledad desde hace tiempo, no eres tú el problema, creo que el problema está en mí, que perdí el deseo de vivir. Nada me llena, todo me resulta vacuo, todo es angustia y tristeza, inquietud y congoja, por no entender esta infelicidad, esta desafección al mundo que me rodea, y en ese entorno estás tú, y temo hacerte daño y que el amor se convierta en odio y desprecio y desesperación por no comprender qué sucede, a qué se debe esta depresión vital, esta desgana de vida, esta ausencia de dicha, que tú te esfuerzas cada día en transmitirme y hacerme ver y sentir, juntos.

El delirio en el que me sumo, y me consumo, no tiene sentido. La vida es bella, pero la oscuridad se cierne sobre mi cabellera como águila que quisiera llevarse una presa, arrastrarla y alzarla al aire para dejarla caer y despeñarla. Y así me siento, en caída libre, volando hacia un abismo, oscuro y tenebroso, que se acerca y aproxima a gran velocidad, pero a la vez, contradictoriamente, lentamente, como si estuviese en un estado de evasión mental y alucinación, desconectado de una realidad huída por un mareo y vértigo que no permite pensar, que genera cierta inconsciencia, y deja el cuerpo varado en un lecho del que no puede levantarse. La angustia de este vahído, muestra al individuo que soy descompuesto, como trapo viejo olvidado y ovillado, con la bilis subiendo por la garganta, y provocando la arcada y el vómito. Y en el intento de auparme y avanzar, el cuerpo no mantiene la verticalidad, se cimbrea y mueve sin control, dando pasos adelante y atrás, pasos inconexos que dan lástima, pero la necesidad de llegar al baño me empuja y lanza hacia las paredes que se muestran lejanas y cercanas a cada paso descompasado. Y con la tez blanca y sin color, sin rubores de vitalidad, con la palidez enfermiza que llega dada por la lipotimia mental, que transformó el organismo en vehículo para un malestar que naciendo de la cabeza se perpetúa en el estómago, que se tuerce y me retuerce, me muevo por la casa. En este instante, es cuando más deseo desaparecer, la mente no domina los sentidos, las sensaciones son desagradables y desasosegantes, los placeres mundanos se muestran lejanos y se transfiguran en dolores que lo cubren todo y la vida se ve por ese prisma de molestia y fastidio y solo se presenta la insustancialidad de la misma. E irrumpe el deseo de velarse, hacerse nada y descansar.  Y en este deseo de esfumarse y borrarse de esta efímera eternidad, lo que más daño hace es pensar que puedo dañar. Y para no hacerte daño, para no hacerme más daño con este pensamiento de mortalidad, que me rompe y enloquece y mata por no matar, me alejo y pongo espacio entre ambos, y te dejo una nota: “te quise tanto, que el amor se me ha vuelto llanto”.

*Enrique Urquijo (y los Problemas) nos traen todo su desencanto, para acompañar la desilusión y tristeza de este relato.

Amor se escribe con llanto

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