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Compartimos todo, compartimos la adolescencia iniciática, compartimos locuras, compartimos planes futuros, y cuando creía que nos comeríamos el mundo desapareciste excusándote que te ibas de viaje, y yo quedé anclado y varado esperando que me pidieses llevarte el equipaje. Nunca supiste encontrar tu sitio, dando tumbos de un lado para otro. No fuiste mala estudiante, pero tampoco brillante, siempre con pájaros en la cabeza, pero quién no los tiene en esa época. Poco a poco te fuiste dejando llevar, las amistades por ti elegidas me hacían temblar, no podía seguirte hasta donde me querías llevar, entiende que el precipicio daba angustia solo con mirar, y no invitaba a querer saltar. Antes de esto, cada día pasaba por delante de tu ventana que con la persiana a medio bajar me impedía verte, pero no cegaba tu visión de mi paso, y rauda salías a la puerta de tu casa, y yo me giraba al poco de rebasarla esperando encontrarte allí postrada, apoyada en la jamba con tu media sonrisa, pícara e invitadora. Bajaba por la calle sin asfaltar, sin adoquinar, calle de arena, calle de pueblo aún estando en la ciudad, calle que me llevaba hasta donde debía estudiar, como río repleto de peligros en las orillas. Orillas formadas por casas bajas,  chabolas, que eran el escenario que nos envolvía, cualquiera diría que era lógico acabar mal, por aquel entorno original, por esas casas que escondían fuego para las venas. Más adelante, ya no fueron solo miradas, llegó la amistad y algo más. Disfrutábamos tanto juntos que quizás no estaba viendo que te estabas alejando, no supe ver que preferías vuelos a los que nunca te acompañé, que me estabas cambiando por otros placeres que yo siempre evité. Y fue ya tarde cuando te vi perdida y esos placeres que no pude comprender ya te estaban arruinando la vida. Y el dolor por verte sumida en esta decrepitud y despojo, en lo que te has convertidos no ablandará mi corazón. Tantas veces te vi este tiempo, siempre con mirada ausente, con la cara embotada, y un andar tambaleante, haciendo cualquier cosa por volver a hincarte esa lucidez, y evitar ese frío que te mata cada amanecer. Ha pasado tiempo y tú me insinúas volver. Te veo con la sonrisa partida, con la mente desvariada, y todo por dejarte llevar por compañías extrañas. Cada vez que te miro me pregunto cómo ayudarte, pero enseguida me digo que es demasiado tarde, y aunque me pese verte así, no puedo arriesgarme, me dejaste herido cuando me abandonaste, todo se estropeó cuando tomaste la decisión de dejarme, por buscar por los descampados una felicidad ilusoria, que era breve y efímera, tan frágil que apenas duraba un suspiro, el rato que con el gesto perdido y desencajado, babeante y espumoso, volabas fuera de ti, y te sentías en otro mundo, un mundo lento, en el que los movimientos parecen nunca llegar al fin. Esos insignificantes instantes que perseguías tras esquinas inmundas, compartiendo con amistades de nieve, en la soledad. Y ahora no hay una puerta de salida a la estupidez que llena esa vida de búsqueda insatisfactoria, ahora es demasiado tarde. Y te estaba contando todo esto, cuando se me acaba de helar la sangre, veo en el diario tu foto y tus iniciales. Descubierta caída en la calle, con la acera de almohada, sin halo de vida, toda tú, apagada. El brillo lo perdiste hace mucho tiempo, pero hoy ya no queda nada, ni la esperanza de cambiar tu destino, un destino que te alcanzó antes de lo previsto, y llegaste al fin cuando aún te quedaba tiempo para vivir, tiempo desaprovechado y arruinado, volatilizado, alzado en vuelo eterno, como tú querías. Volaste para no volver más.

*Hoy agarro las canciones de Sabina y de J.B. Humet para sonorizar la dura realidad de toda una generación rota por las drogas.

Princesa”                                         “Clara

 

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