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Cruzo mi mirada con la tuya, y veo tus ojos, tus pupilas abiertas, veo un brillo que me estremece, me miras como si me escrutaras, como si quisieras penetrar en mí, me miras para verme internamente, y yo te pregunto qué miras, y tú dices, nada. Y yo siento un escalofrío, tu cara desmiente tus palabras, piensas y repiensas. Y te miro dentro, tus ojos son translúcidos, es más, los percibo trasparentes. Y veo tu interior, muy adentro, en lo profundo de ti, y me da miedo. Veo tus dudas sobre mi amor, veo tus miedos a que no te quiera, veo tu dolor, y me angustia. Temo tus temores y me sobresalto, la garganta se me anuda, y me falta el aire, y siento en mis ojos una humedad interior, y siento como se inflaman y llenan de lágrimas que fácilmente se harían paso si se lo permitiese, y bajarían lentamente por mi mejilla llegando a mis labios y mi boca y las sentiría saladas, muy saladas, amargo llanto. Estoy estupefacto por pensar que dudas de mis caricias, de mis sonrisas, de mis palabras, de mis afectos, de mis “te quiero”. Aterrado por esa mirada que me pone en cuestión, que lanza un mensaje de alarma, que trasciende todos los umbrales que podría haber entre ambos, que pasa hasta el fondo de mí, y que lacera allá en lo hondo. Me pregunto de donde surgen las vacilaciones, de donde te viene la fiebre, de donde te vino la lanza que abrió la herida, qué causó ese titubeo en tu pensamiento, que no en tu sentimiento que sé que no lo acompaña, o eso deseo. Y el reparo que veo en tus ojos, me hunde en un pavor desasosegante, en un encogimiento de estómago. Siento todas las vísceras apretarse y me enferman, y es a mí a quién viene la fiebre y el calor, que sube por todo el cuerpo, y llega a la cabeza en la que aflora el vértigo y produce un vahído, que agrava el malestar, y cierro los ojos para no vomitar. Pensar en tu falta, en el abandono, me deja doliente y abatido. Aquejado de un mal desconocido por no saber el porqué de esta situación, si son mis actos o la ausencia de ellos, mis escritos, mis palabras o mis silencios, cuál es el detonante de este sentimiento que brota en tu mirada o es mi imaginación, y no es cierto lo que veo, o creo que veo. La luz de tus ojos, tan cálida siempre, manda destellos de hielo. Paso de la calentura al frío, quedo helado y triste, y me asusta y me turba la idea de que no estés a mi lado al despertar en cada mañana de los próximos años. Me mata descubrir en tu mirada el recelo y la sospecha infundada. El desconsuelo de lo que pueda venir sin ti, me muestra un horizonte sombrío, y la inquietud de que no acudas a mi lado y salgas andando hacia otro lado, me llena de congoja. Y quisiera saber que hay dentro de tu cabeza cuando me miras a los ojos y recorres todo mi rostro de un vistazo, quisiera que te abrieras para ver, aunque sé que dirás que no hay nada encerrado. Pero yo no te creo y barrunto y pienso, y la opresión es creciente y como un paciente agonizante empiezo a desesperar, y poco a poco siento que puedo morir porque tu desamor pueda llegar, y si ya no estás, para qué seguir, para qué vivir. Y sigo mirándote y las palabras se agolpan en la cabeza y no manan por mi boca, quiero decirte muchas cosas y mostrar todos mis sentimientos, pero solo acierto a decirte: no dudes, mi amor.

*Esta canción de los Hombres G, nos sirve para acompañar el texto en el que el temor a los celos infundados y el consecuente desamor por ellos angustian al protagonista.

Si no te tengo a ti

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