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Mi juventud era menor que su juventud, pero los dos éramos muy jóvenes. El lugar de encuentro fue un cruce de caminos, alejado de donde residíamos ambos, el verano hizo el resto. En un pueblo pequeño, muy pequeño, donde todo era paz y sosiego, y el ser que yo era se reconfortaba de la existencia. Las noches eran largas, y corto el amanecer. El sol, el alcohol, la conversación y la amistad se entrecruzaban cada día para compartir la vida, que se nos ofrecía nueva y amplia cada mañana, y se hacía vieja y angosta cada atardecer, cuando el paso de cada jornada se extinguía y el crepúsculo traía la oscuridad, y la diversión nocturna se alargaba incesante. Unos y otros queríamos aprovechar y saborear cada instante, el verano es esa estación del desenfreno de los sentidos, de la inhibición interna, estamos eufóricos, las ganas de vivir se nos agolpan dentro del cuerpo y necesitamos sacarlas, nos hace daño tanta efervescencia contenida, el estómago se nos encoge, nos vuelan mariposas por él, en la garganta la congoja por la dicha nos ahoga, y en los ojos nos aparece un brillo de lágrimas contenidas, que sin querer nos afloran y nos empujan a buscar acomodo distanciado de los demás para calmar tantas sensaciones incontroladas e incontrolables. La vida nos supura por todas partes, somos felices o creemos que lo somos, y todo lo bello nos parece más bello, el campo, el cielo, las puestas de sol, nos transmiten deseos de compartir y querer que otros disfruten lo que nosotros percibimos, y la necesidad de amar se nos antoja misión principal. En este estado de excitación mental y de todo el cuerpo, podríamos llegar a decir del alma, la conocí. Quizás fuese este el motivo del enamoramiento, esa predisposición física y espiritual unida sin duda a la juventud. Cuando somos jóvenes sólo nos importa el ahora y queremos abordar el día a día como si ya no importase el mañana, como si lo que deba venir no interese, puesto que no está aquí, y lo que está es lo que interesa y debemos aprovechar. Y estando en ese estado, su belleza me pareció más atractiva, su dulzura y timidez me fueron ganando poco a poco, y las noches de verano mirando el cielo, tumbados, viendo las estrellas en la más absoluta oscuridad, disfrutando la lluvia sideral, un espectáculo natural bellísimo, hizo que se consumase esa atracción mutua. Alguna de esas estrellas nos cayó encima como meteorito, incendiando nuestros cuerpos, y las bocas se buscaron en lo oscuro, y se encontraron ansiosas una de la otra y los besos se hicieron largos y pausados a veces y voraces otras, y nuestras manos lujuriosas en busca de los cuerpos incandescentes no se cansaban de tocar y acariciar y sentir la piel que se erizaba, por el escalofrío del placer y por el frío de la noche que ya era madrugada, y así una y otra vez, alargando ese verano que no queríamos cesase, que hubiésemos detenido como única estación, pero el tiempo nos quitó la razón y avanzó y avanzó hasta que Septiembre se nos presentó despertándonos de aquel ensueño, de un estío de placeres y delirios, de despedidas aplazadas, apurando cada instante juntos, sabiendo que nos quedaba poco tiempo y que cada minuto era ganado a un futuro incierto.

Luego vinieron las cartas en la lejanía, primero muy seguidas, contando las andanzas y la añoranza de lo pasado, del verano, de los besos y las manos, de los ojos y las sonrisas, de las palabras dichas y guardadas en la memoria para saborearlas en el silencio y la ausencia. Después las cartas cada vez en intervalos más amplios y espaciados, fueron enfriándose y quedando en descripciones simples y áridas, sin la floración del recuerdo. Y la distancia asesinó lo que tuvimos, y el día que me trasladé para visitarla, – en aquella ciudad que ya conocía y que era una de mis favoritas -, ella no apareció, había salido en otra dirección aún sabiendo que iría, y se consumó lo que intuía, el dolor que me afligía en la lejanía, lo que yo no quería saber pero sabía, y me marché de la ciudad sin poder verla aquel día. Y siguieron llegando las cartas, pero ya no sentía. Sus fotos no despertaban la pasión que me trasmitían aquellos ojos brillantes en la oscuridad, bajo las estrellas, esos ojos que me parecían como  aquellas. Y pasó lo inexorable. El recuerdo se quedó en eso, sólo recuerdo querido y mimado durante un tiempo y luego guardado aunque nunca olvidado, pese a que la distancia hizo el olvido.

 

*Efecto Mariposa acompañados de Javier Ojeda, nos cantan que aunque la persona amada nos despierte todo nuestro amor, la distancia hará perecer ese amor…

No me crees

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